lunes, 24 de agosto de 2009

BOLITA DE CRISTAL, JUEGO DE NIÑOS

Por: Saúl S. Mandujano Mieses

Un niño de 12 años del quinto grado a mi cargo previo al inicio del partido de fútbol con la otra sección, se acercó a mí y me enseñó una bolita de cristal en su mano derecha y me dijo: “¡profesor mira, los alumnos de la otra sección han puesto esta bolita en el arco y lo han mojado con algo!; ¡los varones son brujos profesor!”.
Sus ojitos denotaban cierta preocupación y un susto casi incierto que buscaba su reflejo, la confirmación en mi mirada.
Una sonrisa oculta intentó escaparse de mis labios pero solo afloró una tristeza imperceptible disfrazada de indiferencia ante el pequeño.
Me enfurecí y le dije: “te lo comerás pues y si encuentras un huevo de pato, mejor”, sonrió con desconcierto como si lo que esperaba era una respuesta recíproca para con el equipo contrario. Nos acercamos al equipo del salón y les dije: “salgan al campo y esfuércense, no quiero ociosos en el campo sino se las verán conmigo”; “la brujería es cosa de ignorantes, es propio de los primitivos seres humanos”, “¿ustedes son primitivos como los de las cavernas que ya estudiamos?”.
En medio del asombro y una incertidumbre punzante asintieron un “no” con la cabeza y antes de entrar a la cancha en formación les dije: “entonces sáquenles la miércoles pues”.
Ya durante el juego, atacaron constantemente, sin cesar. Ejecutaron un penal, la pelota chocó en el palo horizontal, entró, pero se regresó por el efecto, el cual no vio el árbitro por estar en otra posición. Le hice la observación pero no reclamamos y vinieron los penales ante el empate. Hicieron los tiros reglamentarios y ganamos por la acción decidida de nuestro arquerito.
Los jugadores no hicieron alaridos ni festejo del triunfo excepto los demás compañeros y principalmente compañeras del aula que lanzaban insultos a los alumnos de la otra sección. No hubo comentarios, solo recibieron las naranjas del premio y las exprimieron hasta la ausencia de su agua dulce que sabía a verdadero premio.
Yo estaba seguro del triunfo, y de la derrota también, que ni uno ni otro me importó más que solo la mirada presuntamente fija del niño y de los demás niños en su afán de ganar o quizá más de perder por causa de una bolita de cristal.