miércoles, 5 de agosto de 2009

CAÍDOS EN EL MISMO HUECO

Por: Saúl S. Mandujano Mieses

Erase los días en la universidad en que las controversias, riñas y discusiones entre idealistas y materialistas acerca de la esencia del ser y de las cosas, era y sigue siendo el común denominador de siempre. Todos creen tener la verdad en sus palabras, desde los más novatos hasta los más versados.
Fue así que de una discusión iniciada en una charla de café, un doctor idealista y un doctor materialista, ambos renombrados mundialmente y entrados en años, con abundante cabello blanco, con la verdad en sus palabras, terminaron finalmente casi como llevados solo por sus pies en las mesas de un auditorio discutiendo acaloradamente sobre si el Dios creó a la materia o si el pensamiento así como el Dios son producto del movimiento complejo y sistemático de la materia el cual existe externa e independientemente del concepto, de la idea o de la percepción que tenga el hombre acerca de la materia.
El debate parecía prometedor más aún porque raras veces se presentaban ocasiones como ésta en que los personajes en cuestión eran doctores en filosofía, y ello le serviría a los estudiantes para que cada uno afiance sus posiciones sobre la vida y la materia, cimentando así aún más sus convicciones ideológicas. Mucha gente, entre interesados investigadores, ingenieros, magísteres, licenciados, doctores, estudiantes, trabajadores y entre otros curiosos se arremolinaron alrededor de ellos y cada uno manifestaba su simpatía al defensor de sus similares ideas.
El doctor idealista argumentaba convencido: "la materia es reflejo de nuestra experiencia humana, es producto de nuestro pensamiento; algo existe fuera de la naturaleza, fuera del mundo material; algo es el creador de la materia, de este mundo, y ese algo es Dios. Algo nos anima, nos mueve, y ese algo es nuestro espíritu, el alma". Y así el idealista se explayó en su discurso, algunas veces con argumentos redundantes pero convincentes, lógicos, racionales, morales y sensibles.
Finalizado su disertación, el materialista replicó y dijo: “la materia existe y existirá independientemente de los conceptos que tenga el hombre hacia ella; el pensamiento es el resultado, es producto del movimiento complejo y sistemático de la materia. No hay nada más allá de nuestra muerte, solo queda la descomposición orgánica, nuestro reciclaje a la naturaleza después de la composición de los átomos de la materia en los genes de los seres vivos en general".
La discusión tuvo sus altos y bajos, por momentos acalorados y por otros muy calmados, tolerante dentro de lo permisible por ambas partes.
Los doctores en idealismo y materialismo ponían sobre la meza de debate todas sus máximas elucubraciones mentales forjadas durante gran parte de sus vidas dedicados al estudio, a la investigación empleando su lenguaje de carácter bipolar. El debate presentó momentos de descontrol y algunas veces intentaron agredirse físicamente entre los dos pues se argumentaban cuestiones muy ofensivas por ambos lados desde el punto de vista de cada uno y desde la apreciación de los asistentes al auditorio.
Tal fue el calor del debate que en determinado momento los asistentes se ubicaron en lugares opuestos dado que era incómodo e insoportable el no hacerlo, y más aún si no se mostraban evidencias contundentes que confirmaran la supuesta veracidad de sus argumentos. Algunos de los curiosos asistentes que no entendían mucho de los argumentos del debate solo atinaban a reírse de los desvaríos emocionales que experimentaban aquellas personas a los que supuestamente los consideraban como ilustrados, muy bien preparados, doctos, cultos.
Serenos los idealistas pero algo mortificados e incómodos, parecían más convencidos y seguros de lo que decían puesto que argumentaban que todo lo que ellos expresaban lo podían sentir muy dentro de sí mismos. Los materialistas mucho más irascibles, sectarios y dogmáticos en sus argumentos, no daban muestras de comprender la situación generada y que finalmente asumían similares posturas que la de los idealistas aunque no lo pareciera.
Cuando en cierto momento parecía agotado el debate, definidas las posiciones y no habiendo llegado a conclusiones concretas más que polarizar aún más sus actitudes y posturas ideológicas, su distanciamiento personal y social; es que uno de los asistentes que había pasado desapercibido entre los curiosos solicitó intervenir en el debate. Este era un joven estudiante universitario de unos veintidós años conocido por los idealistas y por los materialistas como un hombre muy reservado, algunas veces demasiado introvertido y tonto, de mala gana le permitieron que tomara la palabra solo para cumplir con las formalidades.
Él, haciendo gala de una cortesía que no era propio de sí, planteó lo siguiente: "señores doctores, asistentes todos, tengan mis saludos muy cordiales felicitándolos por estar hoy llevando a cabo tan trascendental debate en bien del conocimiento y de la búsqueda de la verdad; sugiero que esta discusión lo sometamos a la práctica, a su comprobación, a su verificación y esto se logra pues experimentando tantas veces como sean necesarias. Al final verán que el problema en cuestión solo es cada uno de ustedes". Tal como siempre lo habían hecho con él, muchos de los asistentes entre idealistas y materialistas se rieron de lo que acababa de decir el estudiante, unos descaradamente y otros entre dientes, pero todos al menos coincidiendo en algo y dada la sabiduría popular asintieron a seguir oyéndolo pues no había nada que temer o qué perder y serviría para saber de qué lado estaba así como para bajar un poco la tensión del momento.
El joven estudiante se acercó hacia el estrado y pidió que los doctores se pusieran de pie a la que ellos accedieron respetuosamente y juntos lado a lado se ubicaron más o menos a dos metros en frente de él. Mientras todos estaban absortos en los preparativos de acomodarse y tomar algún refresco, el joven rápidamente extrajo una pistola automática de nueve milímetros y le descerrajó un certero disparo en la cabeza del doctor materialista que cayó muerto al instante sobre el piso y el estudiante inmediatamente replicó ante él en voz alta sin siquiera inmutarse y con una frialdad desconcertante: "es cierto señores, para este materialista que ya no piensa ni pensará más, la materia existe independientemente de su pensar puesto que ahora solo yace un montón de carne y huesos", lo miraba y entre sí se decía: "pobre materialista, ahora se lo comerán los gusanos".
Todos los asistentes aún no salían de su asombro, el impacto había sido tan inesperado que permanecían como entre horrorizados y petrificados. Fue tan rápido el segundo disparo que impactó directamente sobre el corazón del doctor idealista que cayó también muerto al instante sobre los brazos del estudiante, quien sujetándolo y apoyado sobre una de sus rodillas les replicó a los demás: "si el Dios existe, entonces que le devuelva la vida", y tomando el rostro del idealista muerto, dándole suaves palmadas en ambas mejillas le decía: "idealista, si tu alma existe y está frente a mí, óyeme. Despierta a tu cuerpo, levántate, mira, date cuenta de que estás muerto; respóndeme", lo miraba y ante el bullicio generado se decía a sí mismo: "pobre idealista, ahora a éste también se lo comerán los gusanos". Sus pensamientos corrieron muy rápidos, ante su idea apresurada presintiendo su destino pensó como diciéndole al cadáver: “idealista, el infierno que me he asignado hoy solo está en mi cabeza y en mi corazón y no en ninguna parte como te lo imaginabas, al igual que tu cielo”.
Por ese breve lapso, en algunos hubo un silencio sepulcral puesto que aún no salían de su asombro; pero uno de los asistentes que se hallaba próximo a la escena rompiendo el silencio por temor a ser herido alcanzó a decir: "asesino, asesino, asesino,..." y los demás simultáneamente empezaron a corear la misma palabra. Algunos asistentes salieron despavoridos del lugar y otros que habían permanecido callados y que aún no salían de su asombro, fueron los que lograron detenerlo, desarmarlo e intentar llevarlo a la comisaría más cercana para evitar que fuera linchado por toda la turba de idealistas y materialistas desorbitados, desorientados y furibundos que veían que dos vidas tan valiosísimas, ilustres y de reconocido prestigio mundial eran eliminados de una manera tan absurda por un simple idiota. Algunos asistentes intuyeron lo que le iba a suceder a aquel joven y se decían entre sí: "pobre hombre, ya se jodió, ahora se lo comerán los gusanos”.
El estudiante que aspiraba ser un investigador autodidacta, tuvo que ser juzgado bajo el cargo de homicidio sentenciándosele a cadena perpetua por haber actuado con alevosía y premeditación (no había la posibilidad de la pena de muerte en aquella legislación vigente aunque muchos la deseaban para él). Él en su defensa argumentaba que lo único que quería hacer era la demostración ante los idealistas y materialistas sobre la veracidad o validez de las posturas de ambos doctores en discusión, en conflicto. Sus abogados defensores querían recurrir al recurso de catalogarlo como demente para convertirlo en inimputable por la justicia ante lo que el estudiante se opuso y demostró su lucidez, lo cual fue inevitablemente en contra suya.
Todos los ciudadanos, absolutamente todos sin excepción entre materialistas e idealistas o no, estuvieron de acuerdo con el fallo e incluso la Iglesia se pronunció diciendo que aquello no podía hacerse, no debió permitirse puesto que se había matado a dos hijos de Dios y que por ello el estudiante habría de cumplir su condena con sufrimiento de conciencia y buscar el arrepentimiento para ganarse en el cielo el perdón de Dios.
Los medios de comunicación lo tildaron de loco, dijeron que si él pretendía comprobar alguna teoría suya habían otras maneras de hacerlo, otros medios disponibles sin tener que atentar contra la vida de ningún ser humano. Un Diario Chicha tituló: "Chancón asesino se volvió loco" e hicieron escarnio público de él en todo el mundo para evitar así que otros intentaran hacer lo mismo e inclusive se preguntaban de que quién pudo haber sido el monstruo que construyó a este pobre hombre, sospechándose así de que había más de un responsable y que debería de investigarse a las autoridades, a los maestros, a los trabajadores y al alumnado universitario.
Fue puesto en la cárcel entre los demás presidiarios; pero cuando los internos y personal de seguridad del penal se enteraron de su proceso, idealistas y materialistas le reprochaban su actitud y desde ese momento le comenzaron a guardar recelo, a temerle por considerarlo demente; nadie quería conversar con él, lo evadían y preferían seguir discutiendo y peleando entre ellos pues así se sentían vivos, auténticos, con una posición definida, con una identidad personal y filosófica, con el dominio de sus verdades y de la sabiduría. Sin quererlo, se convirtió en el apestado del mundo.
Ante la presión de los demás internos que se sentían incómodos con su sola presencia, las autoridades penitenciarias previendo cualquier situación contraria a la tranquilidad del penal, decidieron aislarlo ubicándolo en una celda muy oscura y recóndita del que muchas veces los carceleros hasta olvidaban llevarle sus alimentos por periodos muy largos en los que el estudiante se veía obligado a comer insectos y algunos que otros roedores, a veces sus excrementos, a beber su orina y de las cucarachas que merodeaban por su celda. Así, después de diez años casi totalmente aislado hasta de sus familiares, en esas condiciones perdió la razón, se volvió loco totalmente.
Cierto día, cuando se renovó la dirección del penal, las autoridades hicieron una inspección ocular y solo recién allí se recordaron de aquel hombre del que en un momento se dudaba sobre su existencia. Lo encontraron hecho una piltrafa, como un endemoniado que provocó un gran susto entre los veedores.
Ante esas circunstancias, las autoridades deciden trasladarlo a un hospital psiquiátrico, a un manicomio. Allí como por arte de magia se sintió más tranquilo; convivió con los demás orates que no veían la necesidad de aislarlo, de marginarlo, de excluirlo y él al percibir aquella sensación se sentía más tranquilo, más a gusto y permaneció allí hasta sus últimos días deambulando como un fantasma que no quiere abandonar el lugar de su libertad.
Y llegó el día; no sé si trágico o esperado, en que este hombre estúpido e ingenuo falleció. De las causas no se supo, a nadie pareció importarle; en fin, qué sentido tenía. Dicen aquellos que lo vieron, que murió con una sonrisa a flor de labios como si hubiera vivido enamorado del manicomio, de sus locos, de sus dementes y finalmente su cuerpo fue arrojado a una fosa común. Nadie de los de afuera llegó a enterarse (nadie hubiera querido) quienes siguieron con la vida que habían asumido, que consideraban como su mundo normal, el mundo de los idealistas y de los materialistas de siempre.