lunes, 24 de agosto de 2009

EL CHACCHADOR DE COCA

Por: Saúl S. Mandujano Mieses

Hubo una vez un chacchador de coca que masticaba sus odios, sus penas, sus sufrimientos y sus alegrías; los malos deseos a los demás, sus rabias, su odio de prójimo.

Lanzó la bola de coca remojado con licor a la casa de un vecino suyo mientras éste no estaba y pensó: “¡allí te van mis maldiciones! perro desgraciado”.

Un hombre al entrar en su casa vio las hojas verdes negruzcas cerca a la puerta de su dormitorio y se impresionó de aquella bola de coca desparramada. Se sintió apesadumbrado, pálido y triste. Las piernas le temblaron y temió lo peor. Con sus fuerzas mermadas, apenas podía sujetar la escoba que cogió para barrer su tormento, el mal augurio. No pudo dormir bien y al tercer día, al cruzar una vía rápida no se percató del automóvil que lo atropelló y murió instantáneamente. El chacchador al enterarse de su muerte sonrió extrañamente.

Otro hombre, en el mismo instante en que el otro entró, al ingresar en la misma casa vio la bola de coca y se asustó levemente por motivo de las creencias humanas; agarró el recogedor y la escoba, lo barrió y lo echó en el basurero. Recién había jugado unos números en la lotería y aquella alegría que traía sujetada en su rostro, se cayó. Pero al día siguiente al cotejar sus números con los del sorteo televisado, resultó ganador del premio mayor, ¡20 millones de soles! El chacchador al enterarse de la suerte de aquel hombre sonrió extrañamente.

Otro hombre, en el mismo instante que los otros, al ingresar en la misma casa y por la misma puerta, a la misma hora, el mismo día, el mismo año, vio la bola de coca levemente reventada y humedecida aun con la saliva del chacchador pese al tiempo transcurrido. Miró, calculó su trayectoria por el impacto y el desparrame, recogió con sus manos la bola de coca y la puso en el tacho de basura. Pareció pensar en algo, creo. Se lavó las manos y siguió su camino acostumbrado. El chacchador al enterarse de su indiferencia sonrió extrañamente.

Otro hombre, a la misma vez y en el mismo lugar que a todas luces parecían ser los mismos hombres, ¡uno sólo!; observó detenidamente las hojas chacchadas y desparramadas recogidas por los otros hombres; las recogió con las manos hoja por hoja pedazo por pedazo, sopesó la actitud del que arrojó la bola de coca, intentó adivinar sus sentimientos, sus emociones; comprendió la situación, se compadeció de éste y lo puso delicadamente en el basurero limpiándose frotando sus manos y con el pantalón. Cuando veía por la calle a los miembros de la familia del chacchador, ellos sentían algo diferente en su mirada pero que no podían interpretar ni el chacchador mismo. El chacchador al enterarse de su mirada sonrió extrañamente.