sábado, 1 de agosto de 2009

EL CORREDOR DE AUTÓDROMO

Para quien lo necesite. Por: Saúl Mandujano Mieses

Erase una vez un hombre que sin saber cómo ni por qué, un día llegó a soñar que vivía dentro de un autódromo. El, aún a pesar de estar dormido pensaba que aquello era un sueño, que esa supuesta vida era un sueño, que aquello no se parecía en nada a la vida que él había deseado desde niño; pero cuando abrió los ojos vio que era así y que realmente estaba viviendo en un autódromo. Se preguntó del por qué y para qué estaba allí pero no encontró respuestas; por más que pensaba no las hallaba, no habían. No entendía cómo es que había llegado hasta allí.

Muy intrigado, se levanto del asiento trasero del automóvil malogrado en el que estaba durmiendo, abrió la puerta y al salir divisó a lo lejos a tanta gente sentada en los palcos escalonados para espectadores que se hallaba a tres metros de alto de la pista, pero que guardaban un silencio sepulcral y parecían no moverse o que lo hacían de una manera tan lenta algo así como lo hacen las tortugas como si trataran de no ser percibidos por los demás.

Creyó por conveniente comunicarse con ellos puesto que el circuito estaba vacío, no había nadie, pero que para suerte suya a su lado se encontraba la torre de control sobre el que sobresalía un altavoz.

Subió a la torre de control pero no encontró a nadie, estaba vacío. Encendió el parlante que retumbó como trueno y preguntó por el potente altavoz a los espectadores del circuito para averiguar porque razón se hallaba allí y ellos sintiendo la vibración del potente parlante le respondieron muchas cosas e inclusive en todos los idiomas. El trataba de entender las respuestas pero finalmente no comprendió ninguna de ellas puesto que todos gritaban a su manera y en tonos distintos; creyó que el público parecía que lo invitaba a competir, a participar de esta carrera y ganar.

El bullicio espectador era tan incomprensible así como también la forma tan entusiasta con que se manifestaban, casi como desesperados que se confundieron todos como si fuera un grito de ánimo que le entusiasmo a competir y siguió deambulando por el circuito sin poder salir de allí porque en sus sueños muchas voces le dijeron que salir del autódromo era encontrarse con un mundo incierto, vacío, desconocido, y quién sabe sería devorado por animales monstruosos que flotaban por allí y que las paredes del autódromo eran el límite de la vida y que mas allá de ella solo estaban precipicios infinitos, interminables, y que si él llegara a caerse, nunca terminaría de llegar al fondo.

Se preguntaba acerca de quién podría haber sido el responsable de haberlo puesto en aquella situación que no le gustaba, que no le parecía agradable puesto que ese tipo de vida no era lo que él había deseado desde niño, no correspondía con sus sueños; buscó responsables e incluso comprometió al Dios de los hombres por su destino pero en esa incertidumbre de no saber por qué, sus pensamientos le traicionaban, le torturaban, le lastimaban, le desvariaban y le excitaban también. Le extrañaban el animoso bullicio incomprensible de la gente así como sus gritos y entonces optó por querer retirarse de allí más aún porque entre aquellas personas y él se interponía una gran malla metálica muy fina que no le permitía verles bien el rostro ni reconocerlos.

Quiso salirse de allí, miró por donde podría hacerlo pero en ese momento no había ningún tipo de salida, ninguna puerta de entrada o de salida, ninguna vía alterna o de escape, extrañándose por completo; solo vio como única salida el camino del circuito, el camino que visto en perspectiva parecía demasiado lejano o distante en su trayectoria como para ir caminando. A pesar de sus dudas, a pesar de que algo le decía que sería mejor esperar sentado en algún lugar, comenzó a caminar; pero a medida que cuanto más recorría, más lejano e inútil parecía el hallar alguna salida posible.

Con sudor en los ojos y con un hambre extraño en el vientre y en su corazón, se sintió muy fatigado pues el camino parecía interminable y algo muy en el fondo de sí le insinuaba a desistir de seguir caminando, pero a pesar de aquello siguió adelante. El bullicio de la gente no cesaba y a la distancia parecía que lo incitaban a seguir en su empeño y a la vez que sentía como que lo empujaban a competir puesto que sino sería muy tarde ya, pero que a pesar de ello él no se sentía muy seguro sobre lo que estaba sintiendo desde que el bullicio comenzó. Aquello lo animó a desistir de su pesimismo a seguir caminando y forzó la marcha puesto que algo dentro de sí también le insinuaba que no era casual su presencia en aquel autódromo; de que por algo estaba allí pero sin entender por qué. Se decía así mismo: “por alguna razón estoy aquí, no sé si por una razón casual o por alguna razón especial, pero por algo estoy aquí y voy a averiguarlo”.

Fue así que en su trayecto halló estacionado un automóvil de carrera que llevaba inscrito su nombre y apellidos, tenía su fotografía además de una tarjeta de propiedad a su nombre. Se extraño sonriéndose, pero al ver las llaves puestas y no encontrar a ninguna persona a quién preguntar, decidió subir al automóvil con la creencia de ser él uno de los participantes y que recién lo acababa de comprender. Así, él entendió del por qué tanto bullicio cuando habló a través del potente parlante al público presente de quienes sus rostros él no los podía distinguir ni lo podía ver por la malla especial.

Pensó que los demás corredores ya habían partido puesto que no se les veía por ningún lado. Quiso preguntar a los asistentes para saber dónde estaban los demás corredores pero la malla especial no se lo permitía y dado que suponía que era uno de los corredores, por una vergüenza incomprensible no se atrevió a preguntar y decidió que sería más prudente o pertinente darles alcance y preguntárselo a ellos pues se suponía que eran parte de la carrera y sabrían por donde estaba la salida de aquel autódromo.

Encendió el auto y pisó el acelerador a fondo saliendo disparado casi como bala de cañón haciendo remecer los asientos de los asistentes que sintieron sus carnes casi quietas y temblorosas palidecer del susto.
En el trayecto vio señales de peligro que a veces le insinuaban a no obedecerlos pero que sin saber cómo ni por qué, pero que el auto no le permitía salirse de la vía aunque él lo intentaba adrede. Miró a todos lados pero no se cruzaba con nadie.

Sucedía que cuando él se acercaba a la meta, se percataba de que el público reventaba en un bullicio y que había llevado a pensar de que posiblemente ya les estaba dando alcance lo que lo animaba a seguir corriendo; le hacía experimentar sensaciones nunca antes vividas por él como creer que podía ser el ganador, y ganando, salir de aquel lugar con el premio, con el reconocimiento de ser el mejor aún sin quererlo.

Luego de haber dado más de cincuenta vueltas al circuito no cruzarse con ningún otro corredor; cansado de no verlos, por cierta explicable intuición pensó que quizá era mejor esperarlos en un lugar levemente alejado de la meta puesto que en algún momento tenían que hacerlo. No le importó en ese momento si llegaba a perder aquella carrera, no le importó siquiera lo que llegara a pensar sobre él el público asistente, ni el premio que allí estuviese en disputa, no le importó absolutamente nada más que solo hallar una salida de aquel autódromo, de aquel lugar que parecía estar convirtiéndose en una especie de pesadilla.

Cuando se detuvo a un lado de la pista, observó el medidor de combustible y se asombró de que el medidor siguiera marcando “full”, lleno. Todo parecía absurdo, abstracto, incierto, irreal, inmaterial, como un sueño.

Sentado sobre su automóvil, fumando un cigarrillo también interminable, esperó y esperó horas, casi un día entero pero nada; no habían otros corredores, solo una ruma de colillas de cigarro dispersos por todo el automóvil y sobre la pista del autódromo. Decidió dar una vuelta más, la última vuelta, la más lenta de su vida que ni cuenta el tiempo se daba. Repasó nuevamente el camino, observó todo, ya lo conocía todo al revés y al derecho, hasta la clase de viento que soplaba sobre su rostro.

Luego, sin darse cuenta ni sin quererlo, con un cierto temor de no hallar a alguien con quien hablar, llegó a la meta con una cierta vergüenza dudosa que más parecía miedo. Apagó el motor de su auto, bajó del automóvil y sentía como los asistentes gritaban eufóricamente, parecía que daban vivas por alguien pero él sin saber a quién. Ansioso y algo angustiado, pero casi alegre al fin, despertó de su letargo y en la confusión de aquella realidad que parecía irreal, pensó que alguien se acercaba a la meta y que sería el ganador resignándose a ser el perdedor de aquella carrera, sin importarle en lo más mínimo haber perdido la carrera y sin saber aún ni por qué ni para qué. Muy en el fondo de sí, se sintió algo triste por haber perdido puesto que sabía que había corrido a velocidades que nunca en su vida nadie imaginó ni podría imaginar y que lo hicieron sentir estar casi al borde de la locura inclusive.

Observó a todos lados pero no había nadie a pesar de que la algarabía y los gritos de la gente continuaban; sintió una atmósfera muy cargada y extraña que le provocó una cólera, una ira incomprensible no solo de él sino también del público. Ante lo amargo de su aliento, le parecía ideal y sublime sentir el olor del alcohol del champagne espumante que ansiaba beber para así saciar su sed, para calmar su ira, para apaciguar su incierto dolor.

Buscó, pero no halló a nadie y se preocupó aún mucho más que sintió que su mente y su corazón iban a estallar. En su desesperación de no hallar a nadie, con incredulidad confirmó sus temerosas y dudosas sospechas, de que realmente él era el único corredor y que no habían otros mas y que eso explicaría el por qué no se cruzó con ningún otro. Ya muy angustiado, subió nuevamente por la torre de control y formuló tantas preguntas por el altavoz pero las respuestas fueron casi las mismas de las que oyó la primera vez; solo voces disonantes, algo raras, sin sentido, a veces con cierto sentido pero que lo confundían aún más.

Viendo que no conseguía nada e inclusive habiendo solicitado en vano que alguien se acercara hacía él para explicarle cual era la razón de su presencia allí en el autódromo y le señale la salida de aquel lugar, bajó las escaleras de la torre de control casi cayéndose y se acercó al palco de los asistentes para preguntarles uno por uno. Gritó desde abajo pero la gente parecía no oírlo, parecía ni siquiera entenderlo que lo llevó a pensar que tal vez su idioma no era el mismo que el del público y que por eso no lo entendían ni él los entendía.

Con cierta esperanza en el corazón de hallar arriba a alguien que entienda su idioma, se trepó como pudo por la pared de seguridad y por la malla metálica que le impedía ver claramente y comunicarse directamente con la gente; mas ya arriba colgado sobre el borde superior de la malla, grande fue su sorpresa al observar de que todos ¡no tenían ojos ni oídos! Espantado, asustado, les gritó con todas sus fuerzas pero nadie lo oía, se acercaba a ellos pero nadie lo veía. En su desesperación cogió a varios de ellos y los samaqueó, les arañó, les golpeó y a uno de ellos lo dejó inconsciente al golpearlo no se sabe si de forma casual o no con la cabeza de otro asistente haciéndolos sangrar profusamente, sin que ellos entiendan por qué ni por quién pero que les dolía demasiado tanto golpe en su condición de ciegos y de sordos. Pero a pesar de ello, el bullicio ahora un poco tenue, más leve, aún continuaba.

Percatándose de lo que estaba haciendo y viendo lo que sucedía, retrocedió asustado de sí mismo, pasmado casi hasta la muerte por lo que estaba haciendo allí. Salto hacia la pista y salió corriendo lleno de terror, gritando con todas sus fuerzas como si se hubiera vuelto loco casi seguro de que nadie lo oiría, convencido de que nadie lo comprendería. En su huida tropezó con una piedra que lo hizo caer estrepitosamente golpeándose fuertemente la cabeza; se retorció de dolor y aún tirado sobre la pista del circuito, gritaba desconsoladamente: ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué yo?; y con los ojos llorosos miraba el cielo tratando de hallar alguna respuesta tal vez divina pero fue una vez más en vano.

Sin saber por qué, él había competido consigo mismo, sólo; había ganado la carrera puesto que creía que los demás así lo sentían y así se lo hacían sentir, pero finalmente él vio, comprendió que había perdido su propia carrera, que realmente estaba sólo y al lado de tanta gente pero sin salida posible que lo haga sentir verdaderamente libre.

Aterrorizado, abordó su automóvil para abandonar a como dé lugar ese autódromo de pesadilla pero no pudo; no sabía cómo salir de allí. Pensó que debería estrellarse contra las paredes del circuito a gran velocidad y así salir de allí a pesar de las advertencias reveladas en sueños sin importarle si acababa su vida con aquel impacto, pero extrañamente el automóvil otra vez no se lo permitió.

Detuvo el auto en medio de la pista seguro de hallarse solo y apoyado sobre el timón lloró hasta perder todas sus lágrimas, y no pudo llorar más. Finalmente comprendió que quizá ese era su destino, ser un eterno corredor de autos en aquel autódromo; entonces pensó que sería mejor resignarse a vivir así y terminar siempre siendo el ganador y el perdedor de su propia carrera y acostumbrarse a ser supuestamente alabado por todos los espectadores sordos y ciegos por sus victorias, por ser el primero de la carrera y también ser supuestamente compadecido por ellos mismos ante sus derrotas por ser el último de la carrera.

Y así fue, se acostumbró a ello y vivió de la vida antes que la vida viviera por él, sintiéndose así encontrado consigo mismo, auténtico, a veces casi inevitablemente genial, que muchas veces ni le importaba por qué ni para qué. Aprendió a convivir con los ciegos y los sordos que no podían saber ni entender de la razón de su presencia, de su existencia, de sus padecimientos; vivió con ellos aunque sin entenderlos pero que comprendió que a pesar de ello él necesitaba estar en contacto con ellos y ellos necesitaban de él también para no sentirse solos e inútiles, para no sentirse ciegos y sordos en su propia soledad. Lo necesitaban como su guía y él así lo comprendió; no le quedaba otra salida congruente con sus raciocinios, con su necesidad de vivir.

Aceptó ese destino a pesar de no haberlo deseado nunca; y cierto día sin saber cómo ni por qué, mientras dormía en el asiento trasero de su auto soñó que se hallaba sentado en medio de los espectadores del autódromo, sin ojos y sin oídos. A pesar de estar dormido, él en sueños pensó otra vez de que aquella vida realmente era un sueño; que ¡todo era un sueño! Y despertó sobresaltado pero no veía nada, no oía nada; y con cierta seguridad de su temor más profundo se llevó las manos hacia los ojos y no los halló, ni oídos tampoco.

Creyéndose aún en sueños de pesadilla, extendió sus brazos y pudo sentir por las formas de sus cuerpos y por el calor que emanaban, de que otras personas habían a su alrededor sin poder verlas ni oírlas. No supo si debería llorar o no pues no había manera de saber el significado de aquello más que solo sentir su corazón palpitante en extremo, quiso preguntar pero inmediatamente un silencio sepulcral fue parido dentro de sí que lo hizo enmudecer y sintió por primera vez la urgente necesidad de tener el contacto con la piel del cuerpo de los demás ante su terrible soledad; sin pudor, sin malicia, sin vergüenza, sin complejos ante nadie, con una inmensa necesidad de amor por el prójimo y por sí mismo, comprendiendo recién en ese momento a cabalidad el verdadero significado de la vida, del amor, de la compañía de alguien, de un ser vivo varón o mujer, y también de un ser humano que realmente vea y oiga aunque sea por ellos, que tal vez también sufra por causa de ellos.

Fue que en medio de uno de esos silencios habituales, cierto día todo el público espectador, entre ellos él, sintieron en sus pieles la vibración provocada por el potente parlante y casi de inmediato brotaron de sus bocas palabras y mas palabras, frases y mas frases que no podían oír, pero diciéndolas a la manera de cada uno: “libérate", "la salida está dentro de ti", "tú eres la solución a tu problema", "busca la salida en ti", "ayúdate a ti mismo", "tú eres el conductor de tu vida", "el problema solamente eres tú", "mira en qué hemos terminado por buscar la salida", "tú eres el futuro del país, de nosotros y de ti", "abre bien tus ojos y escucha nuestras palabras", "no caigas en nuestros mismos errores", "tú eres nuestra guía, nuestro líder", "no compitas contigo mismo, perderás", "ama a tu prójimo como a ti mismo", "escucha y mira más allá de ti mismo"; y todos los gritos se confundieron en un solo grito muy extraño que parecía como de aliento, como de ánimo, como que invitaban a competir...