lunes, 24 de agosto de 2009

EL DAÑO, LA BRUJERÍA O EL PODER DESTRUCTIVO O CONSTRUCTIVO DE LA AUTOSUGESTIÓN

Por: Saúl S. Mandujano Mieses

El “daño” es un término que se emplea en las prácticas conocidas como brujería y se refiere a que el individuo inducido (sujeto al que se quiere provocar algún “daño”) es el único responsable puesto que éste actúa sobre sus propios temores, miedos, traumas, complejos, y es más efectivo el daño si aquella es un(a) ignorante. Cuanto más instruido-educado sea el individuo menos predispuesto estará a ser inducido a cualquier daño psicológico producto de una endeble o débil estructura mental en el individuo.
Desde esa perspectiva, el que aparentemente provoca el daño no tiene responsabilidades legales ni punibles. Las responsabilidades abarcan a todos los miembros de un contexto específico.
Difiere de esto cuando se utilizan sustancias tóxicas o “brebajes” que se le administran por vías diversas al inducido, siendo el inductor consciente de la existencia de aquellas sustancias y de sus efectos (algo similar como el caso de aquellos que inducen a otros a realizar actos reñidos con la moral y las leyes).
No todos los individuos reaccionan de la misma manera a un estímulo dependiendo de si están o no condicionados por experiencias previas y con ellas asocian el estímulo con determinada situación psicológica estructurada en su cerebro que aflora bioquímica-conceptualmente al incidir el estímulo (he ahí el efecto de la brujería como un producto social que no la tiene cuando se tergiversan aquellos productos o se ‘subvierten’ los parámetros sociales).
Quienes hacen las prácticas empíricas y efectistas de la brujería (casi el 100%) les corresponden una estructura mental enferma, en desequilibrio (personal y social) y amerita que se les rehabilite con ayudas psicológicas o con procesos de deconstrucción (incluyendo a los que detentan cierto poder en determinadas esferas del estado, con más razón), excepto aquellos que la practican para ayudar dentro de los términos de la doctrina del Cristo (el del amor al prójimo) u otras aceptadas socialmente.
El caso reciente de acusación de brujería en el Ecuador mostrado por la TV nacional peruana el 22/08/09 nos muestra que tanto inductores como inducidos están entrampados en el mismo círculo de la ignorancia y de la pobreza. El flagelamiento (que los periodistas llaman linchamiento que no se observa) al que someten a los padres y al hijo (desnudando a la madre de la parte media superior), no resuelve nada. Menos ha de resolverlo la presencia de la iglesia (católica, evangélica, incluso de sectas cualesquiera) en aquel lugar y que sí le corresponde en su totalidad al del Estado ecuatoriano. Ni para mencionar a los gringos yanquis con sus cirugías de ojo u operaciones médicas de alta cirugía.
La brujería es un producto social histórico que se desarrolla en cualesquier lugar donde haya pobreza e ignorancia y paradójicamente también la religión de cualquier índole (pero que aunque se quiera negar, ejerce un efecto de respaldo psicológico para quienes les es difícil valerse por sí mismos y/o no han gozado de los beneficios que la ciencia produce). Este argumento no se contradice en ningún modo como por ejemplo con el caso de un multimillonario peruano (fallecido ya) que paralizó las funciones de su cuerpo y solo leía-comunicaba con un puntero láser moviendo la cabeza sobre un tablero alfabético al que los medios referían que había sufrido ‘daños’ de terceros. El dinero en abundancia no los libra de sus debilidades mentales.
Los pobladores ecuatorianos que flagelaban a aquellos miserables, pienso que en cierto modo deberían ser flagelados también pues son los directos involucrados en que las “acciones” de quienes son flagelados tengan resultados. Me involucro.
Diferente es el caso del flagelamiento en casos de robos, asaltos, violaciones, asesinatos, etc. Son situaciones extremas y diferentes al de la brujería. Por ejemplo, en el caso de robos esto es discutible, cuestionable pues muchos están dispuestos hasta de linchar a los practicantes de brujería que a los ejecutores de grandes robos y de corrupción pues ellos mismos están inmersos o proclives a ello y hasta las respaldan.
Cabe la necesidad imperiosa de disculpas recíprocas (llámese conciliación) tanto de los flageladores ecuatorianos así como de los flagelados en el reconocimiento pleno de errores mutuos, recíprocos, dejando así de emitir mensajes a la comunidad internacional de que en el Ecuador, así como en cualesquier otros países, la ignorancia se combate con más ignorancia.