martes, 1 de septiembre de 2009

FLORES A LA FUENTE POR QUE MONEDAS NO PUEDEN SER


He arañado con las pupilas de mis ojos las carnes blandas y los huesos duros literales de Vallejo.
Los he devorado como amado antropófago que moría solitario de un hambre, de una pena y de una sed inciertas para sentirme un poco más humano, ¡un poquitito más!, en este candente e inmenso desierto en flor que inunda mi ser.
Dejando finalmente solo los restos de papel, sudor y tinta que yacen supuestamente olvidados en el librero que se ha cubierto de telas extrañas de una araña que vigila su hogar y sus huevos fecundados por mí esperando que alguna mosca desconocida se detenga a beber los restos de mi macabro y agridulce festín.
Sus mudas voces en lento remolino que cegaban a mi oscuridad han cortado mi alma de vidrio, fracturándola.
Aquellos cortes hechos con un diamante, desgraciado pero solidario, que fue germinado átomo a átomo, molécula a molécula, carbono a carbono, construido vuelta a vuelta cuidadosa y delicadamente, pedazo a pedazo como con las manos de un artesano.
Manos dolorosas que dejan sus huellas en cada trazo, en cada palabra martillada en el yunque de su dolor, de su ser, de su cuerpo, de sus huesos, cuidando que la sangre sea una sola sangre y que el dolor sea un dolor que produzca amor en la médula de sus huesos, en el centro ingrávido de sus palabras que cayó como lágrima diciéndome: “hermano, la vida es posible aún”.
Para quizá recordarnos, cual presunta imagen de un Cristo enfermo de tuberculosis que todo el dolor del mundo fue ya vivido por él aún sin haberlo soñado ni esperado.
A veces su imagen incrédula que me hace dudarme se me parece a una garrapata prendido de sí mismo para no morirse envenenado con el dolor del mundo si lo bebiera de un sorbo, para no robarle a la pobreza lo poco del amor que les sobra que es el dolor que les dejaron sobre la mesa en forma de pan.
Y sentir que es un hijo adoptivo del dolor para tenerla como madre, como padre, como prójimo, como aliento para seguir viviéndose, buscando calculadamente con los ojos cerrados distinguir los hermosos colores del arcoíris y tocarlos, aquellos que solo el verdadero Dios, aquel Dios no humano puede distinguir con sus manos y su corazón.
Mejor hubiera sido que legara una sola palabra importante y necesaria para el mundo y nada más.
Podría haber sido una palabra derecha o una palabra izquierda, quizá una hacia arriba o aquella hacia abajo, quien sabe hacia adentro o hacia afuera.
Podría haber sido de muchos colores o tal vez negra, absurda e insignificante como la luz incierta del mediodía. Pero no.
Aquella palabra fue solo de carne y huesos cultivados amorosamente por su madre dentro de las piedras de Santiago de Chuco para que el dolor de los pobres de aquel lugar florecido hermosamente en medio de las suplicantes y sedientas chacras, pudiera beber de él ante tanta sed de amor, sed de cariño, sed de solidaridad, de libertad y de justicia.