lunes, 21 de septiembre de 2009

PAN

Alguna vez leí por allí una verdad INDISCUTIBLE: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar..."

Intento como mono equilibrista inexperto de circo callejero, arrebatarle un miserable pan a esta amarga vida y aún no puedo porque este pan tiene pólvora dentro, que al morderlo puede estallar como vómito, como pus, como miel amarga y venenosa.
A veces lo intento milimétricamente calculado con idas y vueltas, otras veces como asno desbocado, aburrido y anárquico; la alegría de los inocentes. Lo intento como la mosquita espantada que se posó sobre el granito de azúcar caído sin querer al borde de la mesa, a punto de precipitarse; y sigo.
Mas sigo buscando; si ayer no fue, hoy será. Siempre seguiré, hasta hallar algún pan perdido que nadie reclame, que a nadie le duela hasta lo más profundo de sus dientes; quizá el pan que fue extraviado por el Dios y lamentado por los humanos, mendigando alguna miga caída de él y alimentar a este ser nada humano, bestial hasta su corazón.
Quizá halle algún pan delicioso no hecho para mí, caído por descuido de la mesa sobre el que sobrevivientes de algún barco naufragado intentan mantenerse a flote, desesperados por no caer de ella y terminar entre gusanos y tiburones; como si fuera su última cena, entre pan y vino; copulándole con todas sus fuerzas, sudores y gemidos al hambre y a la sed.
Y una vez hallado el pan perdido; como serpiente le morderé, mojándolo con mis salivas venenosas concentradas por la sed y la indiferencia del hambre para que nadie más pueda comer de él y sentirme así que soy un humano más que marca propiedad sobre este pobre pan.
Ya no me quedan lágrimas originales, casi auténticas, ni ojos de pescado para ello; del naufragio solo me han sobrevivido el hambre y la sed que cuelgan como medallas clavadas debajo de mi piel y lucidas con un honor infame.
Sé que puedo, aunque tarde ya, hacer el pan o quizá convertirme en él; pero es que una estúpida terquedad me alimentó el hambre y el alma, me aviva aún como el aire al fuego pues fue algo del que me alimenté desde niño; el pan que no aprendí a hacer, el que solo pedí, compré y comí. Pan de sueños.
Y sediento busco el agua para calmar y no permitirle a esta sed miserable que pretende ingenuamente quemarme el ser por dentro con el argumento de arrebatarme la vida para no morir y rescatarme así con su amor de prójimo; busco el pan para apaciguar este hambre mezquino abortado de mi vientre desde mi nacimiento, un hambre sin forma, sin peso, sin tamaño, un hambre de todo, de luz y de nada.
Y como un rabioso y cojudo perro que vaga por el mercado de compra y venta de los alimentos, carente de ese hueso llamado inteligencia emocional, sigo compitiendo civilizadamente para sobrevivir, incluso hasta con el posible y presunto amor, por el pan que nos vuelve solidarios, que nos convierte en seres humanos, que nos hace ver al Dios, solo después de haberlo tragado. Pan mágico, de metamorfosis, de harina y cal.