lunes, 21 de septiembre de 2009

¿PARA QUÉ TANTAS PALABRAS?

Quiero elucubrar una palabra retorcida, bien quebrada, sinuosa como los pliegues de tu piel, que suene bien y me haga sentir auténtico, genial, como aquel único cólico estomacal de mi vida que un día me agradó.
Y es que llegado a este punto y coma; muchas veces digo:
¿Para qué tantas palabras?
si por más alto que salte, las nubes nunca las alcanzaré saltando;
si la supuesta verdad no me da ni me dará de comer;
si cuando las oigas con tus ojos, ellas sentirán morir;
y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?
¿Para qué tantas palabras?
si en lugar de que halles tranquilidad en ellas, solo aumento tus temores;
si el silencio sujeta al mundo desde su abdomen y sostiene a la vida;
si mi madre no me vio nacer y aún así el dolor le embarga y sigue gestando;
y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?
¿Para qué tantas palabras?
si cuando la cópula me alcanza, la costumbre me quiere tomar prisionero;
si cuando las digo por primera vez, ya fueron dichas por más de décima vez;
si mi levadura ni siquiera tuvo la oportunidad de fermentar algo, fuera de mí;
y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?
¿Para qué tantas palabras?
si talvés sea el último aliento que aplaudas para mi ridículo ego muerto;
si naciste con el pan que yo intento arrebatártelo contra tu voluntad;
si no pudiera agradarte, si no pudiera hacerte feliz;
y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?
¿Para qué tantas palabras?
si para saber que sonrío, solo tengo que mostrar ampliamente mis dientes;
si para saber que lloro, solo basta con que veas caer lágrimas de mis ojos;
si no te han de llenar los bolsillos de dinero, mucho menos los míos;
y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?
¿Para qué tantas palabras?
si para llenar algo en el que nada tiene, tengo que morder algo de su nada;
si aquel perdido vagabundo se encuentra, más luego se vuelve a perder;
si muchas veces me embriago con mi indiferencia, pero me quejo de ti;
y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?
¿Para qué tantas palabras?
si mi gato no las va a comprender si no lo comprendo a él;
si un simple y sincero beso no requiere de tantas de ellas;
si en la mesa se tiende y se come con las manos;
y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?
¿Para qué tantas palabras?
si solo valemos por lo que nos damos de comer, sin importar qué;
si solo vivo pensando en la gracia del Dios, sin importarme la vida de los demás;
si mientras no te veo desangrar, pienso que todavía puedes ser feliz así;
y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?
¿Para qué tantas palabras?
si mi poesía es solo una verdad verdadera o sea una mentira mentirosa;
si no tienes la certeza de las verdades que alquilo o vendo de mi lengua;
si no le gusto al que me saborea en su boca y luego me escupe;
y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?
¿Para qué tantas palabras?
si con el filo de la palabra moral corto tus ropas íntimas y poseemos;
si mis palabras sinceras podrían perderte de mí;
si tus errores me mantienen unido a ti, aquello que llamaste amor;
y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?
¿Para qué tantas palabras?
si deseas sin decirlo, que el silencio me sepulte con tus dulces terrones de amor;
si quisieras que dejara de ser una mosca de piedra más, debajo de tus pies;
si el ser o no ser no tiene ninguna importancia, más que solo para ti;
y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?
Entonces, ¿para qué tantas palabras? si aquellas no interpretan ni descubren nuestras verdaderas historias, nuestro verdadero ser, nuestros reales sentimientos; ¡para qué!, ¡para qué!; ¡para qué tantas palabras!
Y así, cansado ya de masticarlas y no poder tragarlas, dispuesto a enmudecer a mis dientes cómplices de todas las horas y habiendo llegado a este punto; siento que estoy como un suicida que muere o cree que muere pues bien que sabe que no se puede recorrer la larga senda y mucho menos llegar a la meta final viviendo solo de palabras que ni siquiera come el mundo.
Que el silencio me ha puesto en sus fauces para así dejar de ser yo por siempre, mudo, ciego, sordo, mierda; dispuesto a procrear muertos que no sientan el llanto de los mudos, las lágrimas de los ciegos; que no perciban la cordura de los locos, la hermosura ocultada por la misma mala hierba para sobrevivir; que no huelan la desgracia de los inmorales y asesinos, el dolor y quizá el goce de las víctimas; que no sepan saborear las derrotas y cuestionar las victorias; en fin, ¡que estén muertos!
¿Pero quién soy yo para hacer un genocidio de las palabras?, ¿quién eres tú para silenciarlas en cualquier medida?; si no han de gustarte mis palabras, entonces vive en paz copulando con tu silencio, simplemente no las veas como cuando escondes tus ojos ante el dolor; si no las quieres oír entonces has como el viento, arranca las hojas que las lleva quizá como se rompe una flor del jardín, como se arranca una hierba del campo, como se arrancan las alas a la mosca y te alcanza la felicidad.
Pero cuando el silencio y las palabras se envuelvan entre sí, se estrellen, se enreden ferozmente, incluso intenten violarse; solo así sabremos que estamos vivos, que sentimos que hasta las piedras sufren, que con palabras se enderezan, se tuercen, se amarran las calles, se mueve al hierro, se enciende al corazón y al hígado, se tuerce a la luz, se agita al silencio, se aprende incluso a ser negociante y a decir verdades.
Y es que en esencia, nuestro mundo está construido de palabras y será así hasta el día en que el silencio se haga y seas feliz aunque sea en vano, no importa; pero mientras haya palabras, ¡sabré que vivo!
¿Para qué tantas p-a-l-a-b-r-a-s?, y aun así, ¿por qué esperar algo más que esto de ti?