lunes, 12 de octubre de 2009

EL HOMBRE QUE SUEÑA

(Versión simple del “Titiritero llamado yo”)

Erase una vez un hombre que nació libre, cuando creció e intentó soñar por su cuenta, por primera vez con sus propios sueños, la cultura, las palabras y la sociedad experimentada lo habían encadenado para salvarlo de su futura posible perdición. Y así empezaron sus tormentos, sus delirios, sus exabruptos.
Miró sus manos y había grilletes invisibles sujetados sobre la nada y se sentía preso en su libertad. Incluso si ayudaba a los demás a ponerse sus cadenas, eso le daba cierta satisfacción algo así como cuando un puerco se revuelca en su corral.
Aquellos grilletes le hacían experimentar sensaciones diversas que hasta las confundía con inteligencia. Si bien le desagradaba aquello pero no podía aspirar a ir más allá de ese aparente corral pues sentía que no podía quitárselos y le hacían sangrar las muñecas de sus manos con sangre real en el intento, a gotas por el esfuerzo.
Cierto día mientras caminaba, cansado de sus vanos esfuerzos por librarse de los grilletes, alzó sus brazos en son de pedido, de oración, de… ¡¡libertad!!... con todas sus pocas voluntades y derramó lágrimas de tristeza, de impotencia.
Ante sus gritos desesperados que todos oían y pocos o nadie entendían, agarró un hacha y golpeó una y otra vez las cadenas, pero nada, seguían allí. Ilesos. Así vivió buscando la manera de romper con sus ataduras para volver a ser presuntamente libre. Todos los días, todas las noches, aun en sueños.
Vivió pensando solo en cómo dejar de ser prisionero y su carcelero pero no pudo hasta el día de su muerte, de tanto sufrir, trágica para los demás.
Una vez muerto, despertó sintiendo frío y vio que las cadenas estaban rotas totalmente y sintió una alegría desconcertante, inmensa, que la gritó alegremente ante todos.
Pero a su pesar, la gente ya lo sentía diferente, ausente, muerto, lo miraban incrédulos y lo percibían entre olores nauseabundos con cierto asco. Apestaba para ellos y él un día lo sintió. Se incomodó, entristeció ante su soledad entre los demás; aislado, marginado.
Deseó no haber despertado y seguir viviendo su mundo de sueño aunque sea infeliz entre los demás, que esta libertad lo sentía como una pesadilla insoportable, sin aparente final.
Cabizbajo y desconsolado, un día recompuso con extraña facilidad sus cadenas rotas y desde allí se sintió feliz de volver al mundo contra el que tanto luchó para liberarse durante toda su corta vida.
Cierto, pero ya no eran las mismas cadenas, ya no sangraban sus muñecas, no sentía el peso ni la incomodidad, parecía como si no existieran. Y sus ojos cambiaron…