viernes, 13 de noviembre de 2009

PIEDAD EFÍMERA COMO POLVO DEL CAMINO

Durante los viajes a mi centro de labores aproximadamente en los primeros días del mes de julio de este año, en el camino que sale de Huancavelica antes de pasar por un desfiladero, a casi dos kilómetros y medio, que hace desconfiar a casi todos los automovilistas, una familia se asentó en un escampado aprovechando los materiales del lugar y allí pernoctaron buen tiempo hasta que supongo que por la poca disponibilidad de agua por la temporada de invierno decidieron migrar a otro lugar.
En aquel lugar tenían algunas vacas y que otros caballos cuidados por unos tres perros. Ocurrió tal vez que por el hambre uno de ellos saliese a buscar comida que no alcanzaba para los tres, pero al volver de su correría, en su ausencia ya sus dueños se habían retirado hacia otro lugar.
Al no saber hacia dónde ir, se cobijó en unos montículos de paja que sus dueños dejaron previendo un posterior regreso y como signo de propiedad del desolado lugar.
Por la costumbre, el animal perseguía a los carros que pasaban por allí como recordando y extrañando la compañía de sus perros compañeros. De qué comería, no lo sé, y quizá a la debilidad provocada por la falta de alimentación en espera del retorno de sus dueños es que en una de sus correrías fue atropellado y abandonado moribundo.
Sus lesiones habrán sido fatales. Cierto día lo vi tirado al lado mismo de la carretera y pasamos raudamente como siempre. Al segundo día lo vimos en el mismo lugar y así hasta el tercer día en que se me pasó por la cabeza pedirle al chofer de la combi que se parase y así sacarlo del lugar donde estaba y en un acto de pena y de piedad animal evitar que los carros pasaran por su encima.
A la falta de tiempo para enterrarlo, había pensado en arrojarlo por una pendiente del inicio del desfiladero pero ya alguien casi se había adelantado a mis intenciones.
El can yacía a unos tres metros de la vía fuera de la posibilidad de ser aplastado. Su cuerpo ya estaba hinchado casi como a punto de reventar.
Al cuarto día del viaje cuando pasamos por el mismo lugar, del animal solo habían quedado sus pelos dorados esparcidos por el suelo, ni rastros de huesos ni de carnes.
No sé si habría sido devorado por las alimañas de por allí o si alguien habría terminado de hacer lo que en determinado momento había pasado por mi cabeza. Por los restos abundantes de los pelos cabe la posibilidad de que fuese devorado por animales diversos. Quién sabe si por algún cóndor. Es improbable que el servicio de limpieza pública haya pasado por allí.
De mi pena y piedad inicial no quedó nada, más que solo una satisfacción incierta con sabor a insatisfacción que me hizo recordar las veces en que con mi padre aprendí a enterrar a nuestros perritos y demás animalitos muertos pues decía que sus vidas eran tan parecidas a las nuestras. Fue como el polvo del camino que levantamos al pasar, tan frágiles y efímeras como la vida misma de este animal, como la de nuestra propia vida, pero que para variar tan similar destino, artísticamente se inventa un cielo, un lugar especial dónde depositar el polvo del camino, un lugar dónde soportar la impiedad y la indiferencia de la vida, inútilmente.