viernes, 6 de noviembre de 2009

RÍO DE PIEDRAS (1)

Me detengo ardiendo en llamas a mitad de este río seco e imagino el discurrir de las distintas aguas con que las piedras de este lecho conversaron sin cansancio, pocos quietos, muchos rodando.
Seco ahora, es un río de piedras que no avanzan, estancados, mudos, resignados al abandono, a la indiferencia de los demás y de sí mismos; esperando el agua de vida, atentos a su regreso y volver a hablar con él.
Miro la carrera de piedras detenida en el tiempo, talvés negándose a sí mismas su ser, y luego pienso en cómo hacerlos correr, darles vida como a los hombres muertos de este mundo seco.
Pero las piedras parecen vomitar casi decorosamente mi ausencia diciéndome: ¡Escucha la voz de nuestro silencio, estamos latentes como tu olvido, no estamos muertos; solo esperamos al agua!
Y pienso luego que las piedras ya adivinaron mis dudas sin que haya corrido el aire de mi boca que pretende abandonarme entre el lecho de estas piedras; saben que vino, saben que viene, saben que vendrá; no importa cuándo pero que vendrá.
Y me siento agua en este río de piedras como llovizna en el desierto, les siento piedras vivas, y aunque el agua vaya a dar a la mar, sabemos que volverá; las piedras también lo saben.
El agua se ha guardado en la memoria de este río de piedras entre sus recodos y en los poros de cada uno; es la madre, el padre, y en cierto modo el hijo adoptivo de las piedras para así ser un río y no solo piedras muertas como los hombres muertos de este mundo seco.
Este río de piedras que me sienten sin sus ojos ni sus oídos no son como los hombres, pues todos están fieles sobre un mismo cauce, como un secreto guardado de mil colores, de un mismo cauce aunque al final sea la muerte la única recompensa al abandono, a la espera, al retorno.
Les hablo sobre la vida que tengo colgando de mis ojos a punto de caerse, les hablo sobre el amor que siento aun en contra de mí mismo, les hablo sobre la esperanza que mantengo zurcido entre los bolsillos de mi pantalón y me siento piedra entre estas piedras sentado a mitad de este río seco.
Me imagino el sueño infantil de la piedra que quiso ser como el agua, mas no pudo, y solo se resignó a dejarse llevar por el agua, por su corriente, dando vueltas y vueltas, golpeándose, rompiéndose, acabándose como yo en el querer.
Pues ya hube empezado a dar vueltas y vueltas tratando de escapar de mis pies que piedras muertas se empezaron a volver, tan pesadas como los hombres muertos de este mundo seco.
Con mis manos pregunto sus nombres y las piedras dicen tener muchos cuando el agua llega, dejando de ser así solamente un río de piedras.
Nuestras vidas particulares son las piedras de los ríos que van a dar a la mar para nunca mas regresar; piedras convertidas en arena, en tierra y en polvo para soñar con talvés algún día regresar.
¡Mar y playa hermana, más que mi inicio, eres mi final, mi tranquilidad, el volver a renacer!, ¡por eso me alegro al contemplarte!
Es la vida y la muerte de este río de piedras, como la de los hombres muertos de este mundo seco.
(1) Como todos en la vida, por algo hemos comenzado aunque sea sin rima o métrica.