viernes, 13 de noviembre de 2009

UN TITIRITERO LLAMADO "YO"

Erase una vez una cosa indefinida que se introdujo en mi cuerpo de infante por medio de mis ojos, mis oídos, mis manos, mi boca y mi nariz. Creció junto al lado de mis débiles esfuerzos, de mis insignificantes y pequeñas ganas de vivir y de ser feliz sin saber siquiera lo que aquello significaba pero que lo sentía, lo intuía.
Habiendo yo nacido sin saber cómo conocer ni reconocer al mundo de los demás, ante mi soledad él se posesionó de mí como ángel fantasmagórico y me condujo por donde siempre lo hizo seguro de saber los caminos que desde el inicio de la vida y de las leyes físicas recorrió.
Gozó sin que yo lo supiera racionalmente de verdad, de los sufrimientos de los demás así como de mis sufrimientos y me hizo creer de que lo que hacía era la manera más fácil de obtener aquello que parecía felicidad, un consuelo al dolor de niño, y yo me sentía realizado sin siquiera saber por qué, pero me sentía bien, así fue, me sentía bien como gusano en la fruta; desgraciado de mi, aunque no me daba cuenta, mis sufrimientos fueron a causa del sufrimiento de los demás.
Me guió clandestinamente, me indujo por donde quiso y yo siguiéndolo pensando de que eso era lo que había que hacer porque así parecía que deberían ser las cosas y porque mis recursos mentales eran muy pobres y creían de que el mundo estaba al alcance de mi mano sin saber cómo ni por qué.
¡Me hizo creer de que yo podía ser el dueño del mundo sin siquiera ser el dueño de mi mismo!, y yo le creí por que no había otra posibilidad, no sabía cual, no había manera de saberlo por que recién aprendía a creer, a suponer de que pensaba, de que razonaba; ¡pobre de mí!
Nunca lloró por mí, nunca lo vi, nunca lo sentí mas que solo enorgullecerse enmascaradamente de sus actos. Al contrario, después de su satisfacción, de realizado su ego, sus fantasías que también los convertía en mías; me hacía sentir como el ser más vil y desgraciado haciéndome terminar finalmente con los ojos llorosos de fuego que me quemaban la vida, los seres que veía, el mundo del vivir, mi pobre e insignificante mundo.
Se reía de los demás sin siquiera saberlo él mismo; también en el momento del acto más cruel del teatro de mi fantasía de vida parecida a la de un fantasma, se reía de mi sin que yo lo pudiera impedir y sin saber siquiera del por qué se reía, sin siquiera saber de si su risa era tal. ¡Yo tan solo, abandonado a la suerte de él!
Dio vida a un monstruo angelical, delicado, calculador, del que fui su cómplice sin saber, pero que muy en el fondo de mi era un miserable que aprendió a engañar a los demás y más que nada, a engañarme a mí mismo, a mentirme, a estafarme, a hacerme finalmente fracasar personal y socialmente; aunque siempre haciéndome creer lo contrario y yo creyéndole porque eso parecía la vida, parecía agradable y fácil, parecía ser yo; eso se asemejaba a la felicidad, era lo único que aparentaba tener.
Parece absurdo, pero también hizo surgir dentro de mí sentimientos encontrados y contradictorios de justicia y amor por los que recién empecé a otear algo que parecía ser la luz del alba pero que no lo era.
Fue un día en que no me acuerdo, cuando el Dios de los hombres ingresó a nuestras vidas, la vida que yo veía y la vida que él dirigía clandestinamente a su antojo sin que yo me diera cuenta. Sin quererlo, el Dios comenzó a actuar casi análogamente que él pero en forma contraria, antagónica a él, llevándome a tratar de definirme por uno de los dos caminos totalmente opuestos que se crearon, que se abrieron para mí.
Llegó después el día en que se escondía detrás mío como felino tras un ratón y cuando no habían posibles salidas para mí al tratar de conseguir comida y satisfacción, saltaba de mis espaldas y me atrapaba mordiéndome la garganta tratando de asfixiarme para poder devorarme y llevarme a lo más profundo de su abdomen no sin antes primero haber jugado conmigo para excitarse, para entrenarse, para madurar, mas aun dándome posibilidades de escapar inútilmente pues era un ratón que no quiso escapar de sí mismo; que no podía tal como estaba pero que le resultaba agradable ser atrapado por él sin saber por qué.
Sucedió un día cuando tomé el camino abierto por el Dios que pensó en que yo me estaba convirtiendo en una carga para él, en un estorbo, un contradictorio, un rebelde, y que dos personas no deberían caber en el mismo cuerpo y entonces pretendió desalojarme y la única manera de lograrlo era destruyéndome totalmente puesto que yo aun no había nacido y mucho mas a sabiendas de que por evidencias históricas casi toda la especie humana había muerto sin haber nacido. Temió por su vida, por su muerte, por mi nacimiento, por mi independencia porque nunca conoció de una situación similar y dudó de mi llamándolo utopía.
Comenzó a conspirar contra el Dios con más fuerza tratando de recuperarme en un acto de aparente buena voluntad porque sabía que él era yo y que necesitaba de mí para poder vivir. En medio de esa pugna de ser recuperado por ellos es que viví como ciego abandonado y en cierto modo me sentí utilizado por ambos, herido por ambos, castigado por ambos; y en determinado momento los caminos a lo lejos parecieron juntarse en uno solo, parecía ser uno solo porque ya me daba igual ir por uno o por el otro.
Y llegó el momento cruel, no sé realmente si fue cruel, en que el Dios fue derrotado y desalojado de mí con un miedo inmenso como el miedo de Adán al ser desterrado del Edén y su camino abierto quedó invadido por él. Así comencé a vivir dominado por él e inclusive aprendí a utilizar el legado del Dios para aprovecharme de los demás, para chantajearlos, para engañarlos sin siquiera saberlo aunque intuyéndolo puesto que ya había comenzado a estudiar lo que significaba el engaño, la mentira, la presunta verdad.
Parecía placentero esta nueva vida pues conseguía disfrutar del placer en forma fácil e incluso sin darme cuenta de que con ello hería a los demás y que también me hería a mí mismo mas no me importaba por que llegué a creer de que los demás de la sociedad, políticamente eran los culpables de mi desgracia. Él, seguro de sus dominios, no se percató de mi rebeldía enseñada por él cuando se enfrentó al Dios de los hombres y comencé a conspirar contra él mismo en una especie de acto suicida.
Él sintió mis intenciones, aunque no pudo definirlo con palabras, intuyó que trataba de deshacerme de él y en un acto de ser superior, de macho dominante, comenzó a rastrear mis pasos, a medir el ritmo de cada uno de los latidos de mi corazón, a medir mi respiración, a mirarme a los ojos directamente y por detrás, a escuchar detenidamente cada una de mis palabras, a oler mi aliento, a averiguar lo que comía, con quién hablaba, cómo y qué defecaba, qué gestos hacía, qué pensaba.
Previendo mi rebelión, creyó adecuado destruirme y quedarse solo con el dominio de mi cuerpo. No podía saber de sus intenciones, ni siquiera podía entenderlo, pero en un acto de rebeldía auténtico decidí combatirlo y eliminarlo así me costara la vida.
De tanto ir amenazándome veladamente, torturándome solapadamente para no ser descubierto, fracturándome, como hoja seca quebrándome en forma lenta pero segura, destruyéndome incluso hasta el límite de la paranoia esquizofrénica y casi de la locura; él sin darse cuenta, de tanto herirme cual cuchillo, hizo un agujero dentro de mi cárcel aparentemente perpetua, de mi callejón sin salida, por donde pude escapar de él y descubrir nuevamente al mundo que yo no descubrí desde niño sino él, o sea, un alguien que hasta ese día me engañó, alguien a quien llamé: ¡yo!.
Pensar que en medio de la miseria moral y del abandono al que quedé expuesto por los demás abandonados, mi nacimiento se dio entre balas de fusil que no disparé, explosiones de dinamita que no realicé; entre corrupción que no avalé, ignorancia que desprecié, mediocridad que vomité, necesidades por doquier; entre desvaríos y vómitos psicológicos de los que pretendieron hacer de mis desvaríos un instrumento para su bienestar, entre libros y experimentos de laboratorio, y entre las caricias de una mujer abandonada que llegó a mí como esponja empapada de vinagre para calmar mi sed, sintiendo así por primera vez el verdadero sabor del agua, de la vida que nunca sentí verdaderamente.
Hoy he cogido mis huesos quebrados a la mala por él sin querer y sé muy bien que sin saber y mis carnes rasgadas que los cocí con alambre; mas, me parezco a una marioneta escapado de su titiritero, que camina recién a tientas arrastrando sus miles de hilos que caen de mi cuerpo lentamente, uno a uno, reconociendo poco a poco los caminos que siempre recorrí pero que nunca vi.
He mirado a mi alrededor por primera vez y he visto, triste en mi primera impresión, el cadáver del Dios expulsado de mí y crucificado sobre una cruz por él sin que yo lo haya visto, sin que me diera cuenta. Más, detrás de mí viene él tratando de calzar mis pasos con el sueño de alguna vez darme alcance y seguro de sí pretender recuperar los hilos de su marioneta que un día fue, de mala gana siguiéndome talvés para aprender algo de mí para no sufrir más entre los dos y convivir en el mismo cuerpo con el sueño de hacerme feliz, acompañándome desconfiado hasta el día en que él muera y vele temerariamente su ser hasta el día de mi muerte en que moriremos los dos y sea él finalmente la única evidencia, lo único que quede de mi ser, de nuestro ser.