sábado, 26 de diciembre de 2009

EL HOMBRE DURMIENTE

(Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)
Erase una vez una ciudad pequeña enclavada en un inmenso campo fértil que permitía que todos los campesinos y citadinos vivieran en armonía; mas esto no duraría por siempre ya que cierto día el clima cambió casi severamente y desde entonces hasta nuestros días provocó que las cosechas rindieran muy pobremente y apareció una plaga de extraños insectos que devoraban los brotes y las flores de todos los cultivos.
Un hombre solitario y aparentemente bueno que vivía en una casa de campo en los extremos de la ciudad, había tenido una vida muy holgada dado la abundante producción de alimentos diversos, pero con los cambios producidos, a partir de esa fecha sus cosechas fueron escasas y no le abastecían para su supervivencia, y ante la necesidad de dinero para comprar los alimentos que le faltaban tuvo que ir a la ciudad para buscar cualquier trabajito que pudiera ayudarlo a sobrevivir.
Trabajaba desde temprano hasta altas horas de la noche; era agricultor oriundo de aquel lugar, pero por la necesidad y la miseria que allí comenzó a aumentar, hacía todo tipo de trabajos sin importarte el esfuerzo llevado a cabo y retornaba agotado a su morada para descansar de su ardua labor, pero llegaba satisfecho de traer para su mesa buena y sabrosa comida que le hacía sentirse al menos algo feliz.
Cada mañana muy temprano al salir a ver sus pobres cultivos, miraba cómo la plaga de insectos trepaban desde su escondite subterráneo y se comían poco a poco los brotes y las flores de las plantas dejando intactas apenas unas cuantas. Rezaba al cielo pidiéndole a su Dios para que enviase a aquel lugar algo que acabara con aquella plaga y todo volviese a ser como antes.
Miraba las chacras vecinas del lugar y sentía cierto consuelo inexplicable de saber que no era el único perjudicado, pero no compartía sus apreciaciones de los problemas ni expresaba sus sentimientos con los demás habitantes de aquel lugar y solo se dedicaba a trabajar y trabajar todos los días ganándose la imagen de hombre frío, de poco hablar, aburrido, serio a pesar de su buen porte, rostro jovial y agradable.
Un vecino suyo, un hombre malvado por alguna razón desconocida y casi pobre por la crisis económica que también tuvo que experimentar, poco acostumbrado al trabajo duro pero mas que nada acostumbrado a la vida fácil y holgada, envidiaba sus logros y éste pretendía alcanzar todo lo que obtenía aquel hombre trabajador pero solo hablando, calumniando, mintiendo, estafando, aprovechándose de la ingenuidad de la gente del campo, usufructuando de cualquier manera sin importarle el qué dirán puesto que decía, que todo lo hacía por sus hijos; a pesar de ello, en su orgullo y al buen apellido de antiguos aristócratas y de conquistadores que llevaba, frente a los demás adoptaba ciertos aires de petulancia, respetabilidad y de sobriedad por lo que obtenía, sintiéndose orgulloso de lo que él llamaba como producto de su inteligencia, de su habilidad.
Cierto día, mientras el hombrecito trabajador caminaba apresurado para almorzar en una fonda donde le daban pensión, iba distraído y pensativo por el exceso de trabajo; él y aquel vecino se cruzaron por el camino y tropezaron al doblar por una esquina muy concurrida pero para tan mala suerte de su vecino que éste cayó de bruces sobre un charco de agua pestilente donde flotaba un montículo de excrementos de perro.
A pesar de su mala reputación y del miedo respetuoso que le tenían, la gente desató una risotada estruendosa mientras aquel vecino se incorporaba y se limpiaba el excremento de su nariz, escupía pedazos de un par de dientes y algunas porciones de aquella suciedad de los que la gente no se percató.
El hombrecito trabajador se dio cuenta tardíamente de aquella situación y de la consecuencia de su actitud de distracción; quiso pedir disculpas pero no supo qué decir, su mente estaba en blanco en ese momento y solo atinó a querer auxiliar a tientas a su vecino pero que éste rechazó bruscamente por la cólera y la vergüenza pública sintiendo para sí unas ganas de querer matarlo en aquel mismo lugar, pero dado cierta intuición, solo atinó a salir apresuradamente, casi como corriéndose de aquel lugar. Para cuando el hombre trabajador se percató de lo que había provocado y por el apuro de seguir con su trabajo, ante las carcajadas de la gente y la apariencia cómica de su vecino solo pudo dibujar en su rostro adusto una sonrisa incierta, inesperada e indescriptible.
Aquel vecino llegó a su hogar molesto y furibundo hasta ya no más poder, pateó la puerta de madera de su casa rompiendo el cerrojo; su mujer y sus hijos se asustaron de él puesto que parecía que hubiera sido poseído por algún demonio. Del terror y del miedo que había producido en su familia, el hombre se percató de aquello y a la fuerza de sí mismo guardó cierta calma y les contó lo sucedido jurando todos vengarse por aquella afrenta, premeditada según aquellos.
Debido al poco trato social de aquel hombrecito trabajador, cometió el error de no ir a disculparse con aquel vecino ni dar excusas ante la gente para lograr alguna disculpa pública debido a que andaba tan ocupado en su trabajo que no se percató de aquel detalle y creyó que ya todo había pasado, puesto que cuando tuvo la oportunidad, aunque con cierta vergüenza, de divisar desde lejos a su vecino, a éste le parecía que aquel vecino ya no le daba importancia a tal incidente, lo veía tan calmado e indiferente y daba muestras de haber olvidado lo pasado y entonces dedujo que era mejor olvidar lo que sucedió, darlo por superado y seguir trabajando como siempre.
Aquel vecino en su rencor escondido, sin que la gente se enterase, acudió ante un inescrupuloso brujo malero, muy reconocido en aquel lugar por su eficiente y eficaz arte, para pedirle que le hiciera brujería a aquel hombre para castigarlo de aquella afrenta y así terminar con el resentimiento y el odio que le estaba consumiendo la vida; le exigió un elixir venenoso para matarlo, pero el brujo en su responsabilidad a pesar de aceptar tal propuesta, sin decírselo, le ofreció un elixir que no iba a matar a aquel hombre trabajador pero lo haría dormir en vida por el resto de sus días. El brujo en su sabiduría a pesar de su maldad, le advirtió a aquel hombre que si por cualquier motivo llegara a tocar aquel elixir con las manos, debería tener muchísimo cuidado de no tomar alimentos con las manos contaminadas ni mucho menos llevarse las manos a la boca puesto que el solo contacto de residuos del elixir con sus labios era suficiente para envenenarlo a él también.
Y así, convencido de la justicia en ciernes de aquel elixir venenoso que manipulaba con cierto temor placentero, se retiró agradecido en su dignidad mientras el brujo lo despedía sonrientemente con sus dientes pues sabía que aquel elíxir no era un veneno letal para matar a nadie y que solo provocaría que aquel que lo ingiriese, experimentaría un sueño eterno; pero, quien tan solo se contaminara de algún modo con el elíxir residual de sus labios, por cuestiones de la brujería, él despertaría de aquel sueño, pero que en aquel mismo instante ambos experimentarían una grandiosa transformación en sus formas de ser, de sentir, de amar, de comer, de caminar, de pensar, de ver el mundo, de actuar o de vivir.
Creyendo que su venganza estaba por realizarse, el vecino aquel instruyó a uno solo de sus hijos para la manipulación de aquel elixir, venenoso según él, advirtiéndole a este hijo que los demás miembros de su familia no deberían de enterarse; y cuando todos estuvieran dormidos, los dos saldrían a un poco más de la medianoche para que mientras él vigilase cualquier eventualidad, su hijo echara aquel elixir en el barril de donde el hombrecito sacaba agua para su desayuno. Una vez realizada aquella tarea, ambos retornaron a su hogar tomando siempre las precauciones para no ser vistos por nadie aún a sabiendas de que eran solo unos cuantos los vecinos que vivían por aquel lugar.
Muy temprano como de costumbre a pesar de ser sábado no laborable, el hombre trabajador preparó su desayuno con aquella agua contaminada con el elixir; bebió el café de siempre hasta terminarlo totalmente sin sentir nada de extraño en aquel. De improviso, sintió un sueño muy terrible; confundido, somnoliento, casi tambaleándose y con unas ganas inexplicables de seguir durmiendo creyendo que era por el excesivo trajinar de la semana de trabajo, logró regresar a su dormitorio y se dejó caer de espaldas como si fuera un pesado saco de papas sobre el centro de su cama; apenas miró el techo de su dormitorio y cuando sintió como que se precipitaba sobre él, se quedó profundamente dormido.
Pasaron los días y su vecino esperaba que sucediera algo, que apestara inevitablemente y que su familia y los vecinos se percataran de aquello; pensaba que quizá podrían hallar el cadáver si alguien entrase por alguna razón o por mera curiosidad, pero al no verlo salir por mucho tiempo y a sabiendas de lo que había sucedido, a pesar de sus dudas sobre la efectividad del veneno y de su miedo por ser descubierto si es que alguien los hubiera visto, en su incertidumbre ni siquiera se atrevió a verificar si aquel hombre había muerto o no pues ya no le importaba nada, todo le daba igual, mas si aquel hombrecito muriese o sobreviviese.
Pasaron los días, los meses y se olvidaron de aquella situación que ni llamó la atención en las gentes, y como aquel hombrecito trabajador era muy poco comunicativo, muy huraño, pensaron que el hombrecito se había mudado de aquella ciudad para buscar nuevos rumbos y tentar mejor suerte para vivir como él solía decir, puesto que además, todos sus vecinos veían cómo su siembra había sido destruido totalmente por la plaga de insectos y dejado al abandono como muchas otras personas lo habían hecho. A pesar de aquello, en aquel pueblo la gente respetaba la propiedad ajena y no se interesaron siquiera por ingresar a aquella pobre casa para ver qué cosas de utilidad podrían hallar; no tenían esa costumbre.
Aquel vecino, aprovechó la incertidumbre por su ausencia diciendo que el hombrecito trabajador se habría marchado muy lejos, ya que si bien no recuerda, alguna vez oyó decir a alguien, que aquel hombrecito tenía familia muy rica y acomodada en otro lugar, y que tenía razón en haberse marchado puesto que aquel lugar era cada vez mas triste, mas pobre y que era un hombre afortunado por vivir solo y no tener familia que mantener. Así, en su empeño asolapado logró generar una cierta opinión pública que hizo que todos se olvidaran prontamente de aquel hombrecito trabajador.
Los años pasaron y aquel vecino a pesar de haber instruido a todos los miembros de su familia para que nadie se atreviese a asomarse ni a entrar siquiera por curiosidad en aquella casa vecina abandonada; mas, una de sus hijas solteras muy entrada en años que desconocía aquel suceso y que por alguna razón que ella no entendía, si bien no era muy fea, no encontraba marido por mucho que lo intentaba puesto que según su familia no habían hombres idóneos para ella y que no permitirían que se casase con un cualquiera ni mucho menos con los hombres pobres de aquel lugar. Pero ella en su desesperación por tener familia, ansiaba encontrar a algún hombre con quien realizar sus sueños de amor, sus fantasías; y ante tanta presión ejercida por su familia, incluso llegó a amenazar a sus padres con desobedecerles y algún día marcharse para siempre. Muy dentro de sí, soñaba con que un caballeroso hombre viniera por ella y contra todo y contra todos la llevara muy lejos pero muy lejos donde pudiera ser feliz por decisión de ella misma. Sus padres y hermanos conociéndola muy bien, solo atinaban a sonreírse de lo que decía.
Un día, mientras paseaba por los linderos de su chacra con su engreída conejita blanca, ésta saltó de sus brazos y entre juego y juego pasó por una abertura hacia la chacra de aquel hombre durmiente, agujero que algunos animales nocturnos habrían hecho en el muro de un metro de alto que dividía celosamente ambas chacras. Recordando las advertencias de su padre, pero viendo que por su edad nada podía sucederle y que ella con seguridad podría enfrentar cualquier eventualidad, traspasó el muro y persiguió a su conejita que entre salto y salto juguetón se introdujo en la casa de aquel hombrecito.
A sabiendas de que nadie vivía desde hace mucho tiempo en aquella casa abandonada y en su curiosidad natural por saber qué había dentro, logró abrir la puerta principal semicerrada y se internó en el lugar, pero al ingresar al dormitorio se quedó pasmada. Sorprendida, observó al hombre dormido con cierta perplejidad y sin darse cuenta de que no podía oírla, ella en sus modales atinó a disculparse por su atrevimiento aduciendo que ingresó por que pensaba que aquella casa estaba abandonada, que nadie vivía allí y que lo hizo solo por recuperar a su conejita blanca que en algún lugar de la casa, escondida debía estar; pero la mujer al no recibir respuesta alguna a sus disculpas, salió avergonzada y apresuradamente de aquel lugar olvidándose inclusive del motivo que la llevó a ingresar a aquella casa.
Mientras regresaba a su casa aún desconcertada, entre asombrada y pensativa, ella se extrañaba del por qué de la presencia de aquel hombre que parecía profundamente dormido, y se preguntaba, que quién podría ser aquel hombre tan bien parecido que la excitó y ruborizó como nunca le había sucedido en su vida; y temiendo las recriminaciones molestosas de siempre de sus padres y hermanos, aquel suceso no lo comentó con ellos para evitarse así comentarios innecesarios según ella o interpretaciones maliciosas a la que estaban acostumbrados sus hermanos y que a ella le molestaban mucho.
Al día siguiente, mas calmada de la impresión y resuelta a disipar sus dudas, decidió hacer averiguaciones por su cuenta; tenía en mente pedirle disculpas por su actitud del día anterior y a la vez solicitarle le entregase a su adorada y consentida conejita blanca que más quería en toda su vida. Con cierto temor por ella y por su conejita, tocó la puerta entreabierta de madera hasta cansarse y sintió dolor en sus manos; ante ello, cogió una piedra para seguir tocando y también por precaución, pero al no recibir respuesta y suponiendo que aquel hombre no se encontraba, con cierta duda y ligero temor ingresó a la casa creyendo que encontraría a su conejita blanca en algún lugar para luego retirarse y posteriormente dar por olvidado este bochornoso incidente. Pensó que era lo mejor y después averiguaría sobre aquel hombre.
Dándose fuerzas de valor pero un poco asustada, buscó en la sala comedor y en la cocina, mas no la halló, pero al asomarse cuidadosa y nerviosamente al dormitorio ocultando la piedra en una de sus manos, se percató de que aquel hombre echado sobre la cama en la misma posición del día anterior, parecía seguir dormido; pero en su curiosidad y al no haber respuestas a sus palabras de atención, con un temor que aceleraba su respiración y la hacía palidecer al creer que fuese cierta su terrible sospecha, con mucho cuidado se acercó hacia aquel hombre y lo movió levemente pero no hubo respuesta alguna. Asustada como nunca, al borde del pánico pero manteniendo una calma casi a punto de traicionarla, en su madurez y en su experiencia tomó el pulso en la muñeca de sus manos percibiendo un latido casi imperceptible que le hizo regresar su seguridad a medias; casi segura de sí, tocó el cuello del hombre y presionó su yugular percatándose de que aquel hombre estaba vivo pero profundamente dormido. Ya mas calmada pero viendo extraña esta situación, se acercó mucho más y comenzó a registrarlo desde los pies hasta la cabeza golpeando suavemente su rostro intentando despertarlo pero sin lograrlo. Así estuvo la mayor parte del día pero sin hallar respuestas, observándolo permanentemente como alguna vez pretendió mirar fijamente a un hombre sin tener que desviar su mirada; más, cansada de no hallar respuestas ni poder despertarlo, decidió retirarse una vez más, y pensó que debería regresar. Pero antes de retirarse, en su incredulidad, cuidadosamente ató uno de sus cabellos entre los zapatos de aquel hombre para saber si es que de noche salía o en algún momento se movía; dejó otras señas para salir de dudas.
Ya en el dormitorio de la casa de sus padres, mientras pretendía dormir, dedujo que quizá era mejor avisar de aquel extraño hecho a su familia y a las autoridades del lugar, pero a sabiendas de que aquel hombre estaba sano completamente y por no pasar vergüenzas innecesarias frente a los demás según ella, decidió que debería regresar por aquel hombre y llevarle algo de comida y agua por si al momento de despertarse lo solicitaba; y que si en caso no lo consiguiera, buscaría la manera mas adecuada de que los demás se percataran de este hecho y así rebelar este aparente misterio.
Sin decirles nada a sus familiares y creyendo que por primera vez iba a hacer algo bueno por sí misma, por temor a ser rechazada y reprimida nuevamente por ellos, y teniendo la certeza de que todos habían salido a trabajar, al tercer día regresó al lugar; y ya dentro de la casa con una presunta felicidad inexplicable, se sentó a un lado de la cama y observó que todas sus señales dejadas por ella habían permanecido intactas y en su seguridad trató nuevamente de que despertara, tocó su cuerpo suavemente, tomó sus toscas manos y las frotó, palpó sus pechos endurecidos por el trabajo tratando de sentir los latidos de su corazón, acarició sus cabellos despejándole el terso rostro, le susurró palabras suaves y dulces para que despertase, acercó sus oídos hacia su nariz para sentir su respiración, pero en un instante casi sin saberlo ni darse cuenta, sintió las ganas de besarlo y así lo hizo delicadamente y mientras alejaba su cabeza enjuagó sus labios con su lengua y tragó de su saliva.
Respiraba aceleradamente, y al darse cuenta, vio que aquel hombre despertaba de su profundo sueño, y un tanto en su rubor, se emocionó fuertemente, pero alegrándose como nunca lo había sentido en toda su vida. El hombre al percatarse de aquello, como si todavía estuviera en sus sueños, solo atinó a tomarla entre sus brazos a lo que ella accedió y se amaron en aquella cama sorda y olvidada desde hace mucho tiempo.
Llegó la noche y en la casa del vecino todos se preocuparon por ella y salieron a buscarla pero no la hallaron. Al día siguiente la buscaron por todo el pueblo y la ciudad, preguntaron por ella en todas las ciudades vecinas y no la hallaron creyendo que esta vez sí había cumplido con su promesa de irse para siempre pero sin que nadie la haya visto; absolutamente nadie, ni siquiera la luna ni siquiera el sol, como si hubiese desaparecido por un arte de magia. En su desesperación, el padre mandó a sus hijos a registrar la casa de su vecino pero aquellos no encontraron nada, ni siquiera los huesos de un muerto ni nada que les llamase la atención que le sorprendió mucho al papá y lo asustó,
Aquel hombre entrado en años fue a confirmar lo que le decían sus hijos y al no hallar rastros de su hija ni de ningún muerto, sintió que el mundo se le venía encima a aplastarlo con todo su peso; y creyendo que recibía algún castigo en medio de todas sus miserias, quizá por su forma de ser frente a los demás o por la creencia de haberle provocado la muerte a su vecino del cual no estaba seguro, se sintió destrozado totalmente al saber que había perdido a la niña de su vida, a quien más quería y cuidaba en toda su familia, de quien esperaba para él y para su esposa algo mucho más que sus demás hijos. Entre las dudas de si aquella mujer estaba viva o muerta, puesto que parecía que la tierra se la hubiese tragado, todos lloraron amarga y desconsoladamente su pérdida añorando a través su regreso para pedirle perdón por todo lo malo que pudieron haberle hecho, sin saber, sin querer.
Pero algún tiempo después de aquella pérdida, cierto día se percataron de que su chacra y principalmente la de su vecino, se vieron infestados de sapos que se comían a la plaga de insectos y posteriormente vieron que también como consecuencia de ello sus cosechas habían mejorado en algo; y conscientes de aquello, a pesar de no saber cómo es que habían aparecido, puesto que nunca hubo sapos de ningún tipo por aquel lugar, ¡no se conocía de su existencia!, era para ellos un acontecimiento extraordinario. Desde aquel día, cuidaron celosamente de aquellos sapos puesto que fueron como un regalo del Dios que disminuyó la miseria, el sufrimiento y la desdicha de los pobladores de aquel lugar y pudieron ser un poco más felices a pesar de todos sus problemas.