viernes, 1 de enero de 2010

EL HOMBRE MORAL, A PRUEBA DE BALAS

Por: Saúl S. Mandujano Mieses

Erase una vez un hombre que juzgaba despiadadamente a los demás y principalmente a sus enemigos con su moral religiosa y que en los casos y situaciones más extremas, hasta les inducía, les provocaba una terrible muerte indirectamente. Era tal su poder y autoridad que solo con escucharlo las piedras se quebraban, la luz se oscurecía, el acero temblaba. Eso le hacía sentirse poderoso y con autoridad frente a los demás.

Un día, su líder político llegó al poder y desde un inicio comenzó a actuar tan igual e incluso peor que sus enemigos que se convirtió en la víctima de los juicios escondidos, subterráneos del común de la población. El hombre, molesto de tal atrevimiento de los enemigos, comenzó a defenderlo buscando los errores de aquellos y atacarlos sin miramientos sin importar si se equivocaba o no, sin importar si sus juicios y condena solo eran producto de elucubraciones suyas o de las apariencias solamente, todo era justificable. No importaba, el fin justificaba los medios pues los ataques a su líder involucraban ataques a él y a su partido.

Algunos atrevidos le llegaron a enrostrar que era un inconsecuente consigo mismo, un individuo anético y llegaron hasta emplear temerosamente el término de fariseo. Él entre los suyos escuchaba estas réplicas y les decía: “es que ellos son enemigos a muerte”.

Según él, para fingir cierta toma de consciencia de la situación, la actitud de su líder era inmoral. Lo decía pero a escondidas, en círculos cerrados, casi clandestinamente procurando pasar desapercibido, a veces callando con cierta incomodidad no puesta en evidencia.

Cierto día escuchó que uno de sus enemigos, que él consideraba como muy peligroso y lo tildaba de terrorista, andaba en situaciones que él consideraba embarazosas y proclives a la promiscuidad según su moral religiosa. Aquel individuo pareció encontrar razones para atacarlo pues decía que “la gente no habla por hablar así nomás, la gente no está loca”. Replicaba frente a la familia de su enemigo sus deslices, sus acciones inmorales al que el otro individuo parecía importarle poco sin saberse por qué. Habíase dado el tiempo de averiguar detalles sobre la situación ante sus amigos de turno; vivía pendiente de la vida de los demás y de éste; en unos para callar y en otros para atacar hasta la desesperación y el éxtasis eyaculatorio.

Decía que se justificaba cualquier actitud frente a su enemigo pues era terrorista, argumentaba que se lo habían comentado sus amigos policías en las reuniones sociales a los que acostumbraba asistir hasta la embriaguez, y que pretendía hacerle ver a éste que era un inmoral y que no tenía derecho para nada ni para juzgar ni tomar acciones que consideraba de terrorismo frente a los suyos, como si hubieran razones para ello.

Así vivía. Cualquier desliz de su enemigo era perseguido para enrostrarle moralmente y hacerle ver así su invalidez personal y social. Buscaba sentirse bien a costa de sus errores. No había recalado en la posibilidad de pensar siquiera si era provocado adrede para hacerle vomitar su moral. Estaba seguro de lo que hacía, de lo que decía, sus experiencias de la vida habían contribuido definitivamente en su actitud y decisión.

Cierto día se enteró por los comentarios de la gente y amigos, que están en las mismas andanzas que él, que aquel enemigo suyo había ya dado muestras fehacientes de infidelidad pues lo habían visto tocando la oreja de su amiga, abrazándola en el carro, caminando juntos, que se miraban cariñosamente, se sentaban juntos, se habían tomado de la mano al cruzarse. Estaban ya seguros de sus sospechas.

Seguro de sí y de lo que había oído, lanzó certeros ataques verbales literalmente frente a su enemigo sin importarle en lo más mínimo las consecuencias de sus actos pues era por todos conocida la situación como si aquel individuo terrorista tuviera alguna importancia política, social, moral o lo que fuera. Su tirria, su odio frente a éste se vio aumentada desde el día en que éste catalogó de delincuente a un ex presidente suyo preso por sus actos al que el hombre moral consideraba como el salvador de su país, el líder eximio en la lucha contra el terrorismo. Llegó a decir inclusive, mientras vomitaba lo que había comido en su acostumbrada franca chela social, que “por culpa de este terrorista de mierda”, y cosas como que “no debió haberse movido este hijo de puta” en alusión a unos comentarios hechos por sus amigos uniformados respecto de sucesos no se sabe si reales o inventados, diciéndose esto mientras procuraba miccionar sin mancharse los pantalones.

Era para él tema de conversación en todas sus reuniones sociales, hablar de las asquerosidades de sus enemigos; especialmente de los actos de su enemigo favorito, de su infidelidad. Nada mejor que hablar de los enemigos que de sí mismos para sentirse bien. Entre tragos y tragos llegó a decir incluso que: “de repente su mujer lo sabe y le gusta la cochinada”, “este tipo merece la muerte”, “no sabe en lo que se mete”.

En esas circunstancias vio por la televisión un informe que hacía evidente las infidelidades de su líder político. Había éste tenido otros hijos con otras mujeres estando aun con su esposa en la presidencia no se sabe si de primera, de segunda o de tercera dama de la nación. El hombre moral solo atinó a sonreírse disimuladamente para sí y decir ante los suyos y los demás que “pero eso a veces pasa”, “que a cualquiera podría pasarle”, que “errar es humano”, que “quién no está libre de cometer un desliz” y que “es bueno que haya reconocido a sus hijos públicamente, es digno de un varón”.

Pero a pesar de ello, él se sentía orgulloso de ser fiel a su mujer y hacérselo saber a los demás, principalmente a ella. Nunca dio muestras de estar interesado en otras mujeres, quizá por que cuidaba mucho de las apariencias y en su condición de hombre moral se decía que a la mujer honorable había que respetarla especialmente a la esposa. Entre sí se decía que los periodistas habían metido la pata, que habían cometido un acto innoble, ridículo e irresponsable propio de imbéciles de mierda como acostumbraba decir, que esas cosas no deberían publicarse, que en cierto modo eran bajezas producto de una mala interpretación del desempeño y de la ética profesional y del sentido común frente a la sociedad. Eso fue tema incluso de una de sus borracheras con sus amigos de siempre.

Mientras estaba echado al lado de su mujer dormida, recordaba sobre lo que había visto en la televisión local y se decía a sí mismo: “qué pendejo es este huevón, je”, “carajo, no en vano pues le dicen caballo loco”, para luego hacer comentarios como “eso es ser macho carajo”, “puta, qué sería si yo tuviera mis queridas”, “ni que yo fuese un huevón para hacerlo en público mucho menos para hacerlas parir”, “pobres niños”, “mejor me culeo a un chancho”, y percatándose de su pesado sueño y las distorsiones mentales que le provocaba pensar en aquello, en ese momento intentó cerrar los ojos pero luego de dar vueltas y vueltas sobre sí solo finalmente atinó a acariciar a su mujer e invitarla a hacer el amor a lo que ella accedió.

Tuvieron que pasar los años para que su líder terminara su gestión en la presidencia para desembozadamente, como acostumbraba con sus enemigos, despotricar con más fuerza de los demás y sin miramientos ni remordimientos. Luego de la gestión de su líder, ya no habría razones para inmutarse ni experimentar remordimientos de ninguna índole. Cabe recordar que ni en esas circunstancias escandalosas para él dejó de atacar sin contemplaciones a su enemigo terrorista pues decía que “la guerra es la guerra, qué podemos hacer”, que “no se le puede dar tregua al terrorismo mucho menos a los terroristas” entre otras cosas que repetía como disco rayado.