miércoles, 17 de febrero de 2010

OFENDIENDO INJUSTAMENTE A LOS LOCOS

Hubo una vez un hombrecito que aparentaba ser muy parco, tranquilo, sincero, sin vicios, honesto, honrado, formado así por sus padres y por los doctrineros de la Iglesia desde muy niño; que decía las cosas como eran y que no era muy bien visto por la gente que tenía la forma de ser muy contraria y que eran de otras maneras de pensar en el jardín de sus libertades.
Constantemente era hostigado, calumniado, vilipendiado, molestado, ya que las cosas que él decía eran molestosas para los demás y no podían soportar, por que las aparentes verdades dichas por él les causaban mucho dolor y pesar que se veían tocados en su manera de ser y en su modo de vivir de la cual él no compartía ni seguía pues consideraba muy desordenado y producto de la crisis social, moral y económica principalmente. Muchas de sus críticas partían de su inexperiencia de vida social puesto que en cierto modo gozaba del apoyo moral y económico de sus familiares y le permitían sobrellevar sus días sin fuertes sufrimientos en su relativa pobreza. Era visto por decirse así como un aspirante a fariseo sin saberlo que lo podría estar siendo dada su temprana edad, inexperiencias e incomprensión de la vida.
Resulta que estas personas ofendidas injustamente o no, deciden ponerle un apodo para que él se sintiera también ofendido, y lo llaman de "loco" para callarlo, para aislarlo de la gente aunque no sea ésta la intención y que no vaya en contra de sus intereses y formas de vida. Incluso llenos de ira llegan a lanzarle piedras a su casa mientras no se diera cuenta o no los viera.
Aquellos actos llegan a oídos de uno de ellos, un enfermo mental que andaba con las mismas ropas andrajosas todos los días, muy sucio, a veces sin calzado y hablando cosas a cada paso que daba en cualesquier lugar, pero que era uno de esos desequilibrados pasivos que no agredían físicamente a la gente. Éste, un poco mayor que aquel, viene un día de domingo por la mañana a la casita blanca de tripley del hombrecito mientras éste dormía y se detiene en frente, a unos veinte metros, y como parapetado entre una ruma de piedras grandes ubicadas en el lote de terreno vacío de enfrente comienza a actuar de la misma manera en que lo hacían los demás. La gente al verlo y oírlo empieza a reírse y a bromear con él burlándose también del hombrecito de la casita blanca. Decía tonterías en forma de amenazas o insultos y hacía los ademanes de querer lanzar piedras a la casita blanca de tripley pero ninguna de ellas llegó siquiera a impactar en el frontis de aquella casita pues ni atravesaron la calle.
Luego de un buen rato el enfermo mental se cansa de gritar tonterías y de arrojar pequeñas piedras (no muy pequeñas ni muy grandes), pide agua a uno de los vecinos que acostumbraba a burlarse de aquel hombrecito (que después de sus sonrisas estridentes y grotescas que se oían a kilómetros calmó su actitud y su voz y le pidió que se retirara diciéndole: “anda para tu casa muchacho, tranquilo nomás”) y se retira luego de haberle dicho a aquel hombre muchas palabras tontas pero no groserías como lo hacían los demás, Incluso el de ponerle el sobrenombre de "Pancho Ulises" (como les gusta a aquellos que desprecian a los demás y esto lo esconden tras muestras de aparente cariño o de presunto afecto simulado por no llamar a las personas tal y como son). Pancho, porque se supone que le quería decir que era un tonto, un quedado, un zonzo, y Ulises porque pensaba que su manera de ser era como el del personaje de la obra de Homero, "La Odisea".
El hombrecito de la casita blanca de tripley que se había despertado por el bullicio que provocó aquel enfermo, en aquellos momentos que pasaron no respondió a sus palabras, pero se había puesto a pensar lo siguiente: primero, llevado por la cólera, pensó en salir y llamarle la atención o insinuarle con su mirada seria y austera como siempre lo hacía, pero no se atrevió porque sabía que el enfermo no era agresivo y no hacía daño como aparentaba en aquel momento, pues también se vería muy mal y ridículo si lo hacía y más por las risas que los demás le harían además de las posteriores burlas. El hombrecito comprendió recién que se vería muy mal llamarle la atención y más aún ofender a un loco reconociendo en aquel momento su potencial error.
Pero luego, acostado sobre su cama, pensó que: "o bien este hombre es tan normal como los demás o estas personas están tan locas como el enfermo mental" y su rostro dibujó una aparente sonrisa enigmática para su propio consuelo, desdibujando así la amargura de su rostro y apagando sus ímpetus violentistas. Mas luego piensa detenidamente y se da cuenta de la inmensa tristeza, hambre y soledad que le embargaría a aquel enfermo mental que vino a sentar algo así como su protesta ante el hombrecito de la casita blanca de tripley y ante los demás, de que no era justo que él fuese así, que los demás lo mirasen con temor e indiferencia, lo considerasen un enfermo mental, tratándolo errónea y despectivamente como un loco. Lo hacía talvés como protesta a sus privaciones, a sus carencias, a su situación miserable de hambre, a protestar por él, por sí mismo puesto que nadie lo haría, por ser un producto de la miseria de los miserables (se notaba a todas luces que este joven había sido lúcido en una etapa de su vida y que por algunas razones perdió el juicio moderado).
Luego de que el enfermo mental se hubiera retirado de aquel lugar, el hombrecito de la casita blanca de tripley se puso a pensar fríamente con sus escasos recursos mentales y se dijo así mismo: "Algo tengo que hacer, algo tenemos que hacer, ¡pero qué con mis grandes y asquerosas miserias de bestia tardíamente racional, qué con mis traumas y mis complejos, qué con mi ignorancia que me asfixia, qué con la pobreza que me rodea!".
Aquel enfermo mental le era conocido a una hermana del hombrecito de la casita blanca de tripley. Ésta comprendió la situación pues conocía en algo a su hermano, pero fue tardíamente hacia su hermano para aconsejarle y darle su apoyo moral diciéndole: "No le hagas caso, estará con su luna"; pero el hombrecito le respondió que aquello no fue así, que lo sucedido era todo lo contrario; que el enfermo mental no estaba con su luna como ella pensaba sino que estaba en su momento más lúcido, más claro, más transparente, porque lo que él dijo e hizo (que los demás consideraban como producto de la locura, incluida ella) lo decían y hacían los demás que se consideraban normales y ese enfermo se daba el atrevimiento más sutil de decirles indirectamente que ellos en cierto modo eran como él y sin embargo los demás ni el hombrecito de la casita blanca de tripley ni cuenta de ello se dieron.
Al final llegó pues el hombrecito de la casita blanca de tripley a darse algo de cuenta aún en su miopía, con una inmensa tristeza, de la presuntamente genial lucidez de un hombre pobre, loco por los demás, loco para los demás y loco para él; pero que desde aquel día el hombrecito de la casita blanca de tripley nunca más lo volvió a ver otra vez y entendió lo estúpido que suelen ser las ofensas, venga de quien venga. Más allá de ello, aquel hombrecito ya no podía ver ni comprender pues su mundo giraba solo alrededor de maderas y eternits, más piedras que tierra, ladrillos; granadillas, higueras, arbustos secos de plantas de uvas, guano de isla, lechuzas, halcones, tórtolas, lagartijas, escorpiones, motor eléctrico, tuberías, tanques de agua en el cerro y canales de regadío, cubas de fermentación de uvas, recuerdos talvés de alguna antigua hacienda limeña a 100 metros sobre el nivel del mar que los hijos con alguna enfermedad congénita en su condición de ingenuos pero físicamente sanos no pudieron sostener; pobre comida fácil, agua escasa de camiones cisternas, resentimientos, odio y miopía, encerrado entre cuatro paredes como dentro de su cabeza legado por su entorno hasta ese día.