sábado, 1 de mayo de 2010

PRÓJIMOS Y ENEMIGOS. EL PUERCO DE MÍ.

Me miran el rostro presuntamente avergonzado de infiel
Para que terminen revolcándose en la cama con su moral.

Mentalmente como perros del hortelano no pretenden dejarme escapar
Del cielo infernal en el que los han encerrado desde adolescentes,
Encadenados involuntariamente en los deseos de sus razonamientos cíclicos
Prójimos y enemigos fatuos argollados.

Sintiéndose felices de encadenarse a sí mismos, entre ellos mismos
Para que nadie escape, para que nadie se pierda
Sea en su elevación a lo más profundo, de su cielo
O en su hundimiento a lo más alto, de su infierno;
Dejarían de torturarse con su moral bípeda, quizá bífida,
Clavado como cuchillo en cruz sobre sus nucas,
Si no se consideraran mis ‘enemigos’; ¡yo no soy tú!, ¡tú no eres yo!
Más, en el dolor, la infelicidad y la desvergüenza, hermanos.

Pero es que les insinúo mi promesa del pecado
Para que no vean uno de sus rostros en mi espejo,
La inutilidad de sus llantos de compasión perversa,
Y se dignifiquen en su gloria, en su moral
Perdiendo así yo la autoridad que me dan
Que gustosamente se las devuelvo, sin concesiones.

Y es que necesitamos mirarnos curiosos en un espejo
Aunque sea roto, quebrado a la mala, rasgado, feo, sin reflejo ni brillo
Porque nadie se siente bien ni satisfecho
Mirándose en el espejo sano y limpio que tienen en casa,
Dentro de sus corazones.

Siento que nuestros rostros nunca están terminados de moldear
Y que finalmente al devolver el aliento final
Al dormirnos para jamás despertar y sin sueños
Sabemos que no sabemos quiénes ni cómo somos
Mientras la muerte nos cuenta y acaricia los inútiles cabellos
Contemplando ella en nuestros rostros al ser que la creó,
Descubriéndonos finalmente nuestro verdadero rostro.

Es el espejo sin brillo que nos consume la mirada
Mientras te reconozco como a un puerco que se revuelca
En el lodo inmaculado de bondad, perdón y compasión
Sin darme cuenta que soy yo mismo, yo mismo soy
El que engendra y permite ese sentimiento dentro de mí
Asqueroso puerco que habita en mí
El que se masturba con la moral de mi prójimo.

Aunque la gente ande persiguiendo a sus demonios propios
Pero en los demás, condenándolos, juzgándolos, sin piedad;
Que sus cadenas no sean motivo para disfrutar mal
De mi incipiente libertad y de sus sufrimientos, que dicen no serlos,
Que más que por fuera, la miseria, la pobreza humana
La gente lo lleva por dentro como rezo
Sin importar las ropas raídas, las vestiduras más caras.