lunes, 11 de octubre de 2010

NO HAY HUMANIDAD

Érase un pueblito del valle del Mantaro de hace más de dos décadas que no menciono para no herir susceptibilidades.

Érase una calle muy angosta y desolada por el que raras veces transitaban personas y era tan separada de la ciudad que los ruidos que allí ocurrían no se escuchaban más allá de aquel lugar. Parecía como si los árboles y el entorno de los tapiales que la rodeaban las absorbieran.

Pernoctaba por allí un varón mayor de unos 60 años de edad o un poco más, que recostado sobre el pasto, al ver pasar solamente a mujeres de su agrado les pedía ayuda para incorporarse. Una vez que alguna mujer accedía a sus súplicas, con una gran fuerza más que propia de su peso, derribaba a la mujer sobre sí y procedía a violarla.

De nada le valían sus gritos. La violación se había consumado. Lo raro era que no lo denunciaban a este individuo de tez blanca y había hecho ya de aquel lugar algo así como su morada.

Algunas mujeres víctimas de este anciano habían puesto al tanto a la población en general que se negaban a creer que un anciano haya podido abusar de aquellas mujeres.

Cada vez que pedía ayuda a determinada mujer y no accedía a su llamado, por dejarlo tirado en el suelo en estado deplorable, decía en un último intento: “NO HAY HUMANIDAD, NO HAY HUMANIDAD” antes de ver perdida su presunta última oportunidad.

Cansado de permanecer recostado o en posición similar de lástima, ya entrada la noche, con facilidad se incorporaba, limpiaba y acomodaba sus ropas y se marchaba.