lunes, 18 de octubre de 2010

OJO IZQUIERDO OJO DERECHO

Tenía unos 08 años de edad cuando por razones que no recuerdo mi madre se hallaba en algún lugar de la sierra del País de Jauja y era de noche estando fuera de casa y muy demasiado lejos en un lugar que recuerdo vagamente pero no conocíamos bien los dos. Esperábamos algún bus o movilidad cualquiera que nos permitiera subir a los dos debido a las altas horas de la noche y la preocupación de mi madre pues yo tenía hambre y no había nada que comer ese momento.

Pasaron muchos buses y ninguno paró a nuestro pedido, mientras el frío ya congelaba mi cuerpo pese a que mi madre me cubría con el suyo. Si bien autos paraban, mi madre cada vez que escuchaba las respuestas de los automovilistas meditaba un momento sin saber porqué pero yo veía marcharse a los autos. “¿No tienes plata no mami?” decía yo y ella no me respondía, salvo “hay que esperar hijo”. Cerca ya de la medianoche por cosas del destino un bus detuvo su marcha pues éramos más de cinco personas esperando ser misericordiosamente subidos a una movilidad. Estando sentado yo sobre el pasillo del bus, oía las voces de los pasajeros y del chofer en un discurrir de cuestionamientos incomprensibles e insultos. Recuerdo muy bien al hombre de al lado mío que me miró de mala gana y a los demás que íbamos como intermedios y era quien más alboroto hacía en sus reprimendas al chofer por transgredir las normas de seguridad de tránsito y exponerlos a todos a posibles accidentes.

Otras veces pasaba de modo similar cuando ocasionalmente acompañaba a mi padre a diversos distritos de la provincia de Jauja a exhibiciones de danza de la tunantada con un grupo musical y con chutos jaujinos denominada por ellos como los kullucaras. No comprendía por qué eran tan malos los pasajeros que iban sentados cómodamente en sus asientos mientras yo casi dormía tirado en el pasillo ante el cansancio mientras mi padre despotricaba ebrio contra ellos y bromeaba también, pidiéndole yo que se callara sin obtener respuesta positiva alguna por parte de él temiendo que el chofer se cansara de nosotros y nos bajara por el escándalo.

Es bien cierto que en muchos lugares de nuestro país especialmente en las zonas rurales la disponibilidad de medios de transporte es muy restringida retrasando todo tipo de actividades de las gentes.

El reciente retorno a mi tierra el viernes 15 de octubre del 2010 desde Huancavelica me transportó de un modo extraño por el tiempo. A la salida de la ciudad de Huancavelica se presentaron los policías y miembros del Ministerio de Transportes y Comunicaciones que uno dirigiéndose a nosotros nos sugirió no permitir que el chofer o el ayudante dejaran subir a intermedios argumentando que era principalmente nuestra responsabilidad el que ello ocurriera. Es decir, que nos sugería algo así como que éramos los responsables de cualquier inconveniente-accidente que pudiera pasar y me hizo sentir como que ellos estaban por las huevas parasitando los dineros del estado haciéndonos creer con su seriedad como que estaban dando todo por nosotros, por nuestra seguridad.

Obviamente, en el recorrido, el chofer dejó subir a algunas personas que si bien no iban a Huancayo como paradero final, iban a Huando e Iscuchaca. Un profesor que tenía la urgencia de viajar y no habiendo ninguna posibilidad para llegar hasta Iscuchaca se bajó preocupado del bus y tomó la precaución de adelantarse con un taxi y abordar el bus adelantándose unos 6 kilómetros. Cuando subió, la alegría afloraba por su rostro y exhibía una inmensa sonrisa por su grandiosa hazaña. Protesté pero no hubo eco salvo de un profesor de al lado que en un estado moderado de ebriedad mientras hacía bromas con su pareja de viaje dijo que “en algunas zonas de Ayacucho había personas pobres que esperaban horas y horas esperanzadas en ser recogidas para llegar a sus destinos”. En ese momento pasábamos al lado de un camión que hace unos momentos se había volteado sobre su lado izquierdo perpendicularmente a la vía y cajas de cerveza eran recogidas y amontonadas a un lado de la carretera a unos pocos minutos de Sacchapite.

Le tomé con cierta cautela aquellas palabras y me vinieron a la mente las recientes muertes de pasajeros en esta segunda semana del mes de octubre de este año en las cercanías de Iscuchaca y La Mejorada en la vía que une Huancavelica con Ayacucho. Se sabe que murieron muchísimas personas al haberse precipitado el bus al río Mantaro. Dicen que el bus estaba repleto y “había cedido” la tierra al ubicarse demasiado al borde del río; un argumento escuchado por mí por primera vez. Después se sabría que el bus estaba repleto, que el chofer de aquel bus, en su afán de llevarse unos soles más para su familia (o familias) había permitido el acceso de más gente que según algunos también “tenían el derecho de viajar”. Quizá el chofer pensaba que ahora sí con esos soles más podía realizarle la fiesta de cumpleaños a su pequeña hija pues llevaba muchos años sin hacerle una fiestecita social desde que había nacido y comprarle unos zapatos nuevos y una cama con colchón ortopédico para que esté muy feliz.

La alegría de los pasajeros se trucó en tragedia ya casi como sin ninguna novedad. Pensé que quizá “se tenían muy bien merecido” pues ellos habían permitido que esto sucediera en negligencias que incumben a la policía, a los veedores del Ministerio de Transporte y Comunicaciones, a los choferes, a los churres, a los pasajeros. Es decir, a todos. Que me hace pensar que viajamos con una mentalidad de homicidas y suicidas inconscientes obligados por muchas razones válidas o no. El tío de un alumno de mi aula del sexto grado estaba en este bus accidentado, no sé todavía, si vivo, o muerto; y que el lunes nos veremos a los ojos.

Ahora que este domingo 17 de octubre retornaba de Huancayo a Huancavelica, con cautela misteriosa la mujer del MTC en el control de Huancayo se acercó sigilosamente a confirmar el estado de los cinturones de seguridad y verificó, tocó el mío no encontrándomelo puesto. Por cosas de la vida, el hombre que ayudaba al churre e iba a promocionar algunos productos mencionaba que en esta empresa Ticllas (como en todas) “nunca se lleva a personas en intermedio” para luego comenzar como a jalarnos las orejas por no tener puestos los cinturones de seguridad y nos hizo sentir como que éramos los únicos responsables por las consecuencias de los accidentes que ocurren por no obedecer las reglas de seguridad de tránsito. Lo que éste no comprendía era que aquel era como un pasajero viajando en intermedio junto a otros que también como charlatanes ofrecieron productos diversos. Repliqué su intervención haciéndole ver que estaba hablando tonterías y (pues nos estaba tomando el pelo tal y como lo hacen los politiqueros en nuestro país) pues minutos después una mujer subiría al bus y se ubicaría al final del pasillo a lo que él amablemente le dijo que “en Iscuchaca habría asiento libre”. Estos deben comprender que no estamos obligados a escuchar sus tonterías trucadas o no, planeadas o no, con intencionalidad política o no, y que deben escucharnos si así también lo decidimos.

No me extrañan estas situaciones, este domingo 17 subieron en Iscuchaca dos mujeres adultas con dos niños ambos de unos 10 años de edad aproximadamente y un varón de unos 30 años, que al pasar por un tramo a unos 300 metros por encima del río Mantaro se asomaron por la ventana para ver a los familiares de aquel fatídico accidente que buscaban en el lugar a sus familiares entre los escombros y las piedras de aquel río. “¡Pobrecitos!” dijeron que percibí como que lo decían con no mucha seguridad denotando cierta habitualidad-familiaridad casi suicida en ese término y luego sonreí truculentamente repitiendo esa palabra con cierta sorna casi homicida: “pobreciiítos” emulando a aquel hombre que en mi niñez miré con incredulidad y llegué a decir que “cómo es posible que haya gente tan malvada, tan mala que no comprenda nuestras necesidades, carencias y circunstancias”, “que no les importaba que algo nos pudiera pasar si permanecíamos sin concretizar nuestro viaje”.

Definitivamente. En esta vía no hay control serio del peso en los buses. Que la distribución de carga no está supervisada seriamente desde los puertos de embarque y por ende la ubicación del centro de gravedad del bus y cómo éste puede cambiar ante bruscos giros, maniobras temerarias, exceso de velocidad y la disposición de las curvas en la vía. Que en estos accidentes priman negligencias a todo nivel y criterios económicos mercenarios no solo propios del libre mercado ni del modelo neoliberal, ni propias terminológicamente de “nuestra cultura” sino de nuestra realidad social y económica como causa principal.

De uno u otro modo, todos somos cómplices de estos accidentes. Mal pienso que “bueno sería” que solo muriesen los negligentes directos, o que se muera solamente el chofer por negligente y que si en un accidente éste quedase herido le ayudáramos a morirse solamente a él, etc. Pero pensar aquello es solo producto de la desesperación fruto de un hecho concreto: que somos un país muy complicado que ha perdido el verdadero sentido social de las cosas y que es más fácil señalar en los demás criollamente como a los responsables de los accidentes de tránsito y que convierte a la política de “Tolerancia Cero” del gobierno aprista vía el MTC en no más que un chiste serio mediático, clientelista politiquero, cruel y sangriento.

Eso deben tener muy en cuenta los turistas extranjeros principalmente si pretenden utilizar estos medios de transporte que emplea la población peruana común y corriente aunque sabemos muy bien que solo para ellos sí se toman las previsiones de seguridad necesarias con mucho celo y se cumplen estrictamente para evitar riesgos turísticos y principalmente económicos en este sector.

Que en cierto modo el señor Alan García Pérez, su real majestad con la bendición de los cultos europeos y norteamericanos, tiene algo de razón cuando nos califica, nos considera arribista, vengativa y despectivamente como ciudadanos de cuarta categoría, que parece cierto aunque venga de boca de un mitómano, de un aprista mentiroso y cínico por naturaleza-necesidad social y política.