viernes, 18 de marzo de 2011

RÍO DE FUEGO, RÍO DE DIOSES. AMOR DE PRÓJIMO.

Erase una vez un río de fuego sobre el que un individuo flotaba en él y en su corriente se sumergía y flotaba nuevamente con su rostro frío, desesperado pero casi en apariencia indiferente al dolor, bien oculto pero que se veía, alzando las manos como si pidiera que lo sacaran de allí. Lo miraba en ese momento y quise alcanzarle las mías, pero, temeroso de que por la desesperación me arrastrara al fondo de aquel río y también me devorase aquel fuego, llamé al Cristo, a Yavé, a Alá y al Buda para que lo salvaran porque que yo no podía ser, mi poca agua no sería suficiente para apagar ese río de fuego y así poder calmar su tormento.

Se acercaron a la orilla, me miraron con incredulidad y con cierta compasión comprensiva me dijeron que me alejara de allí, que me fuera muy lejos de allí. Así lo hice, solo mi ausencia quedó allí y ya no supe lo que pasó.

Días después me encontré con los cuatro dioses que me cuestionaron mi actitud de indiferencia. Me dijeron que si yo hablaba de moral entre otras cosas entre las gentes, cómo era posible que no haya ayudado a ese individuo a sacarlo de ese río de fuego en que se encontraba pudiendo simplemente tenderle la mano.

Les conté que así lo hice en más de una ocasión y un caso en especial relevante entre ellos de narrar sucedió con otro individuo que una vez fuera y a salvo de ese río de fuego, llegó luego a arrepentirse, a sentirse como un cadáver ambulante, casi sin vida según él. Tal fue su tribulación que en determinado momento me maldecía por haberlo sacado de aquel infernal río y según él hubiera sido mejor no haber salido de allí. Ese fue el motivo por el que no lo ayudé.

Ellos me dijeron que podría hacerlo, que estaba en mi voluntad si era para salvarlos de su sufrimiento, y ante esa observación que sonó a invitación yo les respondí: “es que yo no juego a ser Dios como ustedes, ni me interesa”.