jueves, 7 de abril de 2011

YO EL BASTARDO CONTRA YO EL BASTARDO: EL NUDO DE LA VIDA

Érase una vez en el mundo en que se sucedían revueltas y guerras desde las más inteligentes hasta las más estúpidas. Un día desperté caminando en estado de alerta armado con un fusil modernísimo que apenas necesitaba que la transportase.

Estaba a mi lado un río muy profundo que corría límpido y torrentoso pero engañoso. En un lado de la orilla estaba yo y en la otra orilla también estaba yo armado de similar fusil de guerra.

Me disparaba de un lado al otro, lleno de odio y resentimientos, de afanes de venganza y justicia, de ansias de libertad y democracia, revolucionario según la medida, tratando al menos de herirme para sentir algo de realización personal y viendo las condiciones del enfrentamiento se podía deducir que solo uno de alguna orilla debía salir victorioso en esta contienda, es decir, yo.

En medio del combate, se apareció caminando de entre las aguas el Dios de los hombres. Al vernos en conflicto armado, por su condición de Dios quiso tomar parte por uno de nosotros tal y como siempre lo había hecho desde los albores de la humanidad, es decir, apoyar al lado de los buenos para acabar con el lado de los malos.

A decir verdad, dadas las circunstancias, no supo hacia qué orilla dirigirse; o hacia el lado de mí o hacia el otro lado de mí. En su incertidumbre, me miró confundido pero fijamente a los ojos y sin poder decidir hacia qué lado ir, me dijo: “si quieres que te ayude, decídete, o uno tiene que ser el bueno y el otro tiene que ser el malo, porque así como están no les puedo ayudar a ninguno”. Fueron las dialécticas palabras del Dios antes de desaparecer entre las aguas sin siquiera mojar su hermoso manto blanco.

Nos miramos sorprendidos los dos a cada lado de la orilla dada la inesperada interrupción y sin más que pensar o sentir proseguimos los disparos tratando de eliminarme amparado en mi derecho de vivir.

En determinado momento breve de la recarga del fusil, se me venía a la mente la reverenda estupidez del significado del amor al prójimo causa por la que me encontraba en pie de guerra, un conflicto humano entre el bastardo de mí contra el bastardo de mí. Después de poner el ojo en la mira y antes de disparar nos miramos los dos y luego de sopesar la naturaleza de mi enemigo comenzamos a apretar el gatillo del fusil, sin más ni más y esperar a salir victorioso.

Luego de la cruenta batalla por que en fin nuestra presunta vida no es para siempre, logré matar al bastardo de mí y me sentí muy feliz, en la plena realización, con el derecho a toda la gloria del mundo, a planificar la suerte de los demás por que inevitablemente así tienen que ser las cosas, pero que en el despertar de un sueño de éxtasis victorioso y de placer, apareció alguien en la otra orilla armado con su fusil y que inevitablemente también era el bastardo de mí y que venía a combatir contra el bastardo de mí. Pensar que mi paz y la gloria resultó poca y frágil y aquí estamos otra vez enfrascados en la guerra por la vida, como las hormigas, como las aves, como los escarabajos peloteros, como los cuadrúpedos, como los peces, como las hienas, como las ratas, como los perros, en fin, como cualquier ser vivo común y corriente.

Viéndome aparentemente absurdo y nuevamente enfrentado entre dos orillas, solo al apretar el gatillo para tratar de eliminarme comprendí qué tan insignificante y miserable puedo ser que para no sentirme una simple, estúpida e imbécil bestia más de la naturaleza me invento a uno o más seres divinos modernos, morales y éticos que justifiquen mi actitud e incluso a potenciales seres extraterrestres contra quienes poder combatir heroicamente como en las películas.

Llaman a la puerta, ¡quién será!…