martes, 29 de noviembre de 2011

UNA OFENSA ¿EN EL VALLE DE LOS CAÍDOS DE ESPAÑA?

Las incongruencias filosófico-ideológicas de todas las tendencias religiosas del mundo tienen esta tendencia, es decir, la de sostenerse en posturas militaristas (entre ellas las variantes fascistas) para sobrevivir como ideologías religiosas hasta ahora rectoras (lamentablemente) de la direccionalidad moral de los individuos y de las sociedades. El Opus Dei ante el terror de desaparecer en sus principios rectores religiosos es la viva muestra de este absurdo humano.

Leía un artículo de actualidad.rt (29 nov. 2011) sobre “Una comisión española sobre el Valle de los Caídos recomendó que los restos del general Francisco Franco fueran exhumados y trasladados a otro sitio que deben determinar sus familiares.”. Se afirma que ese santuario solo es para todos aquellos que murieron por causa de la guerra civil española (no por causa natural como lo fue de Franco). El razonamiento es totalmente válido y asequible a todo entendimiento.

A mi modo de ver su permanencia es intrascendente puesto que los muertos físicos son ya intrascendentes. Trascienden mientras viven, caminan, hacen, hablan. El hecho de que sus incompetentes enemigos no le hayan eliminado para convertirlo en víctima trascendente para el Valle de los Caídos es otra cosa.

A los únicos que les preocupa es a los españoles vivos por el legado de divisionismo que representa su memoria y que su presencia provoca en aquel cementerio.

Recordaba también lo intrascendente de la tumba de la combatiente senderista Edith Lagos en Ayacucho que fue varias veces dinamitado por el Comando aprista Rodrigo Franco como lo sería con la de la tumba de Haya de la Torre. Cualesquier acto sobre restos materiales en descomposición intrascendente por más razonadas que parezcan son en sí una reverenda estupidez.

El soporte teórico de la vida en el “otro mundo”, del reposo en el “Cielo”, del concepto del “espíritu o alma” de los muertos nos llevan a elucubraciones mentales estúpidas pero propias de todos los individuos promedio que tienen como soporte teórico de vida a la religión, de allí deriva el soporte teórico de la muerte como si estos restos materiales de vida temporal fuesen a “retornar” mismo trauma psicológico característico de la sociedad norteamericana.

Otra cosa es que individuos de vida temporal asuman los hechos y la herencia ideológica de aquellos muertos para intentar reproducir igual, mejor o peor en contexto materiales distintos (en apariencia) pero similares puesto que en esencia son casi las mismas situaciones de vida material-“espiritual” que a veces emergen sin tener en cuenta el legado histórico de personajes fenecidos.

Bajo esa premisa, es absurdo su traslado o no del fascista Franco del Valle de los Caídos de España. Su traslado solo es una muestra más de las incongruencias político-religiosas del género humano (inevitables por la caduca estructura mental que desarrollan), como si el peligro fuesen los muertos y no los vivos donde la relevancia del enfrentamieto ideológico (político-religioso) sí tiene validez y no como en los recientes afiches gráficos de Benetton donde actores vivos se besan simulando la idea de un mundo ideal, feliz (Obama y Chávez, el Papa y religioso egipcio, Sarcozi y Merkel, entre otros), utópico, único (por no decir unipolar), ajeno a la estúpida naturaleza humana, como si un simple beso en la boca lo resolviera todo ignorando adrede todo lo demás.

UNA OFENSA PARA LOS MUERTOS (¿199… - 200…?)

Es absurdo llorar por un muerto, por una muerta; si lloramos por los actores que dejaron de actuar en esta vida, en el mundo, es más por el fracaso que cada uno aún venimos representando o somos, y como espectadores de este gran teatro, lloramos muy mal; derramamos lágrimas porque frente a ellos no nos descubrimos ni los descubrimos realmente en el intento por hacerlo.

Si solo somos actores en nuestro gran teatro, el mundo, entonces ¿por qué fingir las lágrimas?

Lloramos porque también los demás lloran al sucumbir a la compasión de sí mismos y a la incomprensión de la pobre muerte, como si dudáramos que el Cielo o el Infierno no se nos está demasiado lejos y deseáramos habitar en los dos como almas gemelas para así sobrevivirle al fracaso impuesto muchas veces por uno mismo, al olvido, a lo inevitable, a la muerte.

Admiro si, a los que lloran porque tú y yo como actores de este gran teatro hubiésemos triunfado y no porque hubiésemos fracasado; llorar es fingir un poco de amor tardío que no se les tuvo en vida o que no nos lo dieron.

Si nada bueno dejan los muertos, entonces no hay por qué llorar; si nada malo dejaron, entonces tampoco hay por qué llorar. Lo peor de todo esto es si lo bueno es realmente bueno y si lo malo es realmente malo para decir como actor, que vale la pena llorar si algo bueno o algo malo dejaron.

Quizá lo único bueno que dejaron los actores muertos seamos nosotros mismos para poder descubrir algún día nuestra razón de ser y así dejar de ser los fracasados actores que mueren en el intento por descubrirse a sí mismos y a los demás.

Digo, si yo en el momento que será (del que luego extrañaré a la vida con todos sus sinsabores), pudiera ver a mi estúpido cadáver actor, reiría hasta las lágrimas, de la felicidad de mi vida aunque sea supuestamente pobre, loco desviado, y comenzaría de nuevo a tragar y a beberme al mundo más lentamente; pero, parece ser solo un sueño porque aún sigo vivo actuando revolcándome como un cerdo ebrio en la estupidez de la humanidad.

Siendo actor de este gran teatro, lloraría la muerte de mi amada si nunca lo hubiera sido; y siendo así, solo lloraría del asco por el amor egocentrista y narcisista, herido, florecido dentro de mí ya que un actor realmente nunca ama de verdad a su actor de prójimo hasta el punto de la muerte cuando llega como bala ardiente a acariciarle.

Los que se suicidan por el presunto e hipotético amor es porque sienten que no valen para nada; porque descubrieron talvés que no eran nada en este mundo, que solo serían actores y que no servirían para serlo; y toda la vida de estos, por más dramática y/o sentimental que haya sido, se compara de manera similar cuando los muertos desconocidos son lanzados a una fosa común. Yo tampoco he de extrañarte.

Solo la muerte es el desafío del amor; pero las lágrimas son el fracaso de ese desafío. Si alguna vez alguien amó de verdad, fue por error, por equivocación, por inocencia, por ignorancia (por no decir por estúpido) o por sabiduría talvés. Solo el Cristo fue el único actor idiota que quiso voluntariamente errar pero que no se equivocó en nada al hacerlo, hipotéticamente, ¡en nada!

El cuerpo de un actor muerto carece de sentido, de todo significado; solo es un montón inútil de carnes y huesos que se amontonan llorosa, triste y a veces alegremente en un ataúd. Las lágrimas de los vivos para los muertos son solo ¡nada!; por eso, ¡para qué lagrimas para los muertos!

Y es que en vez de llorar como actores de este mundo, quizá sea mejor orar siempre por todos los que alguna vez han de morir porque al final las lágrimas serán solo ¡una ofensa para los muertos!

Pero, ¿qué hacen los muertos en este gran teatro?, de todo, de todo, incluso rezan por sí mismos para no ser ofendidos y sueñan con algún día caminar libres por el mundo como polvo arrastrado por el viento.