martes, 24 de enero de 2012

UN GRAN VIAJE TURÍSTICO

Me despedí de la familia materna pensando en que volvería trayéndoles imágenes en vídeos y fotos de mi paseo como turista nacional por otra región de nuestro país que para mí era todavía desconocida pero de la que si bien había oído mitos, cuentos o leyendas guardaban en mi condición de investigador nato materialista solo mas que elucubraciones de la mente asociadas a creencias bíblicas como aquella del origen de las lagunas que por eso de las coincidencias la de mi tierra natal concordaba casi en su totalidad con la de otras regiones del país y la de ésta (eso la del Dios que vestido de anciano fuera maltratado por aquella población arrogante y egoísta que le negó la comida y el agua, que en castigo inundó con agua que salió de un tamborcito que rodó y luego se rompió, la de la anciana que por voltear y mirar hacia atrás se convirtió en piedra mientras abandonaban aquel pueblo alertados de lo que iba a hacer el Dios como castigo, una rememoración contextualizada de Sodoma y Gomorra). Coincidencias como la de esa quizá excepto la de que en mi tierra la laguna a media noche nos muestra la aparición de una campana dizque de oro que tañe lastimera y al canto de una hermosa sirena que emerge en luna llena para llevarse a sus profundidades a incautos parroquianos (muchos de ellos ebrios) que prendados de su belleza intentan aprovechar la ocasión de un fácil ofrecimiento de amor. No me consta, pero sí la muerte generalmente en extrañas circunstancias de muchos parroquianos que fueron encontrados ahogados (muchos casos reportados por la policía como suicidios) o simplemente desaparecieron.
Cierto, pese a la frialdad de la mirada de la gente y en muchos por sus malos tratos por su condición de dueños del lugar y la mía de foráneo, en aquel fui alertado por un anciano que a sabiendas de mi condición me señaló el camino que une con un pueblito poco o casi nunca visitado incluso por los propios lugareños pero que en su trayecto se hallaba una piedra inmensa como empotrada sobre el cerro que tenía grandes y altos escalones que terminaban en una plataforma rectangular que según él sirvió a los antiguos pobladores para hacer ofrendas y sobre el que se eleva una columna gruesa en forma de muro que parece contener al cerro. No fui advertido de ningún aspecto más, solo el anciano bajó su mirada como si le pesara demasiado y se encorvó nuevamente. Nadie más quiso darme información sobre aquella piedra.
Decidí continuar mi rumbo por ese lugar pues me parecía que no importaba por donde iba, algo así como el conejo en el país de Alicia pero con reloj sin manecillas y sin reina. Acomodé mis cosas comprando algunas otras para el viaje. No había encontrado nada interesante aquí ni mucho menos que me extrañara o entusiasmara tanto, parecía que estaba en mi propia tierra y que había ido a ningún lugar.
Dejé aquel pueblo y a lo lejos pude ver aquella inmensa piedra en forma ovalada de la que pude distinguir a medida que me acercaba que adoptaba diferentes formas ante mis ojos: como clavo en una pared, sombrero, silla, auto, escarabajo, forma que casi a trescientos metros recién pudo perfilarse definida. Subí por aquellos altos escalones de granito que estaban hechas como para gigantes hasta llegar a una gran plataforma que se descubrió de improviso pues a simple vista parecía que los escalones terminaban con el gran muro perfectamente plano y alisado en forma de punta de lanza desgastada.
Apenas pude trepar el último escalón pues por el esfuerzo (la mochila pesaba más de lo que había imaginado) casi a la mitad del trayecto quise ya no seguir y bajarme más aún porque pedazos de roca habíanse desprendido. Mientras estaba sobre la plataforma de piedra descrita volteé la mirada hacia atrás para divisar desde aquella majestuosidad el pueblo en el que nadie mostró interés en mi condición de turista nacional. Sentí la extraña sensación de ser uno solo con aquella inmensa piedra pues parecía ser yo conteniendo al cerro aunque pareciera inútil.
Por esas cosas del destino fabricado por la naturaleza y por el hombre, la luz del sol desapareció instantáneamente. Pensé en algún eclipse y a lo lejos sobre las que las luces de los postes de alumbrado eléctrico se encendieron y apenas se reflejaban en mis ojos. Pensé que había tomado una decisión errónea al continuar el viaje pero el clima estaba tan tibio y se podía divisar el camino con una tenue luz.
Miraba a lo profundo el pueblo sobre el que ya dormitaban las luces y me sentía ajeno a aquella tranquilidad aparentemente hermosa del ande, en el momento en que se vio interrumpida por los quejidos de algún perro hambriento. Por mi costado, sobre el que volteé presuroso divisé la imagen tenue de una persona que se acercaba por el camino en dirección hacia donde iba.
Me invadió la curiosidad pues tenía faldas o waly como le dicen en algunos lugares. Era una mujer alta, de cabello largo aparentemente trenzado, piernas largas, cargando sobre su espalda a un bebé que no pude distinguir por la manta que lo cubría. Me dije a mí mismo sobre la imprudencia de esta mujer que caminaba no de forma muy timorata como para ser tan tarde en mi misma dirección.
Justo cuando se acercaba a la base de la grandiosa piedra para preguntarle y sugerirle que la acompañaría si seguía el mismo camino que yo, aquella me miró con unos aterrados ojos que apenas pude distinguir. Cosa rara para ser de noche pero que me indicaban un pánico inmenso. Pensé que ella iba a hablar pero salió presurosa luego de haber mirado por sobre mi cabeza pues así lo sentí. Apenas dije: “oiga señora”, todo sucedió más rápido que mis pensamientos y mis palabras, al voltear la cabeza hacia arriba por eso de las intuiciones vi que descendía por sobre mí una especie de soga sujetada por las manos de una persona que por la impresión lo parecía más aun por las ropas que llevaba.
Salté de la plataforma descendiendo como pude y luego emprendí carrera tras ella pese al peso de la mochila dejando colgada sobre mi muñeca la cámara fotográfica intentando seguir los pasos de aquella joven mujer. Dada la altitud de la piedra que emergía de la plataforma sobre el que estaba creí que aquel aparente hombre no podría bajar pues había observado previamente que no había maneras. Mientras corría para ponerme en un área de buen recaudo miré hacia atrás para ver cómo me alejaba de aquel que tenía rostro de hombre, pero por eso de las circunstancias que parecía una pesadilla, aquel que se hallaba sobre un tronco seco se elevó montado sobre éste y volando intentaba alcanzarme.
Durante la persecución justo cuando ponía una de sus manos sobre mi hombro izquierdo y la otra acercando la soga detrás mío, de sorpresa di la vuelta y le clavé un cuchillo en la parte superior del cráneo, esas de comando que compré a los vendedores ambulantes de la ciudad del que dudaba de su calidad pero que me permitió detenerlo.
Solo atiné a seguir corriendo de vez en cuando mirando atrás para ver si me seguía persiguiendo, pero luego de unos minutos me percaté que aquel había quedado atrás. Mientras caminaba cansado pero presuroso muy a lo lejos pude divisar las siluetas difusas de algunas casas que parecían congeladas y sentí cierta alegría incierta, dudosa.
Cuando entré a aquel pueblito que no conocía pero que los ladridos de un perro me delataron (no había alumbrado eléctrico y la luz tenue solo de una vela se podía divisar en una de aquellas casas) me invitó a tocar la puerta de aquella humilde casa de adobes. Era extraño pero el perro me recibió alegremente moviendo su cola como si yo fuera algún conocido suyo. Me alegré de aquello aunque todavía sin saber por qué luego de aquella experiencia del camino.
Entre las sombras vi aparecerse a una anciana que presurosa llevaba un lavatorio con agua abriendo la puerta y cerrándola inmediatamente sin recalar en mi presencia. Dudé un momento en tocar aquella puerta pero en razón a que el perro se abalanzó sobre mi lamiendo mi rostro no dudé y toqué.
La misma anciana abrió la puerta y viéndome en la condición en que llegaba como si tuviera familiaridad conmigo me invitó a pasar a lo que solo agradecí y entré. Me hizo sentar inmediatamente sobre una silla que puso a la entrada de la puerta. Era una habitación moderadamente grande y en una esquina en un lecho había una mujer sentada sobre el que sus allegados le limpiaban la frente y le refrescaban alegremente con paños tibios. Había una alegría inusitada que percibí pero no podía asimilar aún menos en distinguirla claramente.
Algunas de aquellos comenzaron a entrar y Salir de la habitación y a una de ellos le pregunté curioso por saber sobre la llegada de aquella joven mujer que había visto en el camino pues temía que algo malo pudiera haberle sucedido. Dicen que no vieron ni sintieron pasar a nadie hasta antes que llegara yo. Que al igual como sienten la presencia de los demás habían sentido mi presencia desde hace más de quinientos metros y más atrás unos ruidos de peleas y gritos a lo lejos y en lo alto del cerro en el camino que desciende al pueblito algo raro para un lugar tan silencioso, como siempre.
Sentado allí sobre una silla de madera escuché que decían que aquella mujer había estado poseída por un demonio por mucho tiempo y que no saben cómo sucedió pero que había recuperado la lucidez después de muchísimos años. Recibí una tacita con agua de hierbas sobre los que no pregunté pues lo que había pasado me había resultado más temerario que cualesquier desconfianza presente y algo debía calmar mi sed. Dejé a un lado la mochila y que por suerte no había perdido la cámara ni el celular pensando que aquí podría recargarlo.
Un poco más calmado, le pregunté a aquella anciana del porqué aquella joven mujer había estado mal. Dudó en darme detalles pero algo excitada me dijo que andaba vagando por las calles, cargando un bulto de madera liviana tallado en forma de huevo del tamaño de un bebé. Por un momento creí que aquella mujer que vi en el camino sería ésta e intenté observarla mejor pero al querer hacerlo la anciana se percató de aquello proponiéndome llevarme a dormir a una habitación contigua pues dijo se me veía muy cansado. Acepté a su amabilidad. Eran cerca de las diez de la noche. Había unos pellejos lanudos de carnero sobre el suelo sobre los que me dormí seguro de que nada me podría pasar ya, me importaba poco.
No soñé nada esa noche. Apenas percibí el canto de un gallo creo a la medianoche. Solo desperté cuando abrieron la puerta y entró el sol como quien inunda con agua. Todo estaba claro, saludé, me puse de pie y quise ver a aquella mujer para conocerla. Seguía dormida. Salí afuera y me mojé la cara con el agua que había sobre un lavatorio viejo.
Mientras el sol me calentaba el cuerpo pude ver salir recién a la anciana seguida de aquella joven mujer. La miré sin reparos pero no tenía ninguna similitud con la que vi aquella noche. Esta era más baja, más gordita y feíta, cabello corto, distinta a la que pude ver. Me saludó, a la que respondí convenientemente. Luego de tomar el desayuno a invitación de la anciana ésta me dijo que su nieta al terminar la luz del sol siempre todos los días y durante años, salía de su habitación dando gritos y amenazando a los demás cargando esa madera ovoide como si fuera un bebé pero justo ayer cuando se ocultaba el sol la anciana dijo que se sorprendió que aquella no saliera de su habitación pero en su lecho hervía de fiebre diciendo a media voz: “cuidado, cuidado, cuidado con mi hijo, no lo rompas”, “auxilio”, “me persigue un hombre”, diciendo esto en todo momento hasta minutos antes en que tocara la puerta.
Impresionado por el relato y asociar las coincidencias, luego de agradecerles por su hospitalidad salí afuera con todas mis cosas acomodándolas para iniciar la marcha hacia otro pueblito a tres horas de caminata. Mientras la joven se acercaba hacia mí le miré a los ojos y sentí la misma sensación que experimenté la noche anterior con aquella joven, sensación que se vio interrumpida cuando un varón del lugar quien había salido muy de madrugada en viaje de compras hacia el otro pueblo entraba en éste gritando entre alarmado y contento. Decía haber hallado en el camino un tronco seco sobre el que reposaba un esqueleto humano entre otras palabras que no entendí pero los demás sí. Dijo que le prendió fuego porque vio que se movía y que no se atrevió a continuar su marcha por aquel camino temeroso de lo que podría haber más allá. Pidió la compañía de otros a la que accedieron los más jóvenes.
Mientras ellos retornaban hacia aquel camino armados con palos yo me dispuse a seguir en sentido contrario. Eran ya casi las ocho de la mañana, me despedí de todos agradeciendo por la cortesía y el buen trato. Inicié la caminata y cuando me disponía a abandonar el pueblito puse la mochila sobre la espalda y sentí algo duro y un frío muy fuerte sobre ella. Sentí la necesidad de sentarme en una piedra del camino, así lo hice. Cerré los ojos e intenté abrirlos pues algo me impedía hacerlo.
Hice todo el esfuerzo por abrirlos y al hacerlo pude darme cuenta de en dónde estaba realmente. Sentí un dolor muy fuerte sobre la cabeza y al sentarme pude ver que había estado tirado sobre la plataforma de la piedra con escalones. Miré bien y noté que todo mi rostro y cuello estaba bañado en sangre. Seguí observando y a mi lado yacía una piedra del tamaño de un puño que no había visto al subir a aquella plataforma. Así pude darme cuenta que la piedra me había golpeado la cabeza. Era ya muy de tarde y el sol estaba en sus últimos hálitos de vida a punto de irse. Me puse de pie acomodando con dificultad mis cosas y me dispuse a regresar al pueblo de donde salí, a pedir ayuda pues sentía como un hueco en la cabeza y aun manaba ligeramente algo de sangre.