domingo, 20 de mayo de 2012

EL HOMBRE QUE CREÍA TENER LA RAZÓN (Relato)

Nació de padre y madre bien casados por lo civil y lo religioso. Fue concebido dentro del matrimonio y celebrado con alegría su nacimiento bajo la premisa de la protección del Dios, aquel que la sociedad y sus padres le diseñaron para aquel incluyendo el nombre de Juan Luis.

Nació al lado de su casa, en un hogar no constituido legal ni religiosamente otro bebé que trajo desconcierto pero cierta alegría en el momento para aquella madre desconsolada cuya pareja días antes se marchó tras las faldas de otra mujer. Roque se le llamó después.

Desde muy pequeño Juan aprendió que sus padres y su Dios le tenían como regalo y herencia un lugar especial donde podría ser feliz llamado cielo y al que podría acceder si demostraba buenas actitudes para con él y para con los demás. Se aferró a aquellas creencias casi dogmáticamente y en razón de ello emergieron sus problemas. La sociedad capitalista y usurera le enseñó que su prédica religiosa no coincidía necesariamente con la vida social en el que tenía que contrastar sus aprendizajes religiosos y su visión del mundo. De joven se dedicó al trago y a la bebida de mala calidad en razón a que no llegó a compatibilizar sus cuestiones morales con las de su entorno. No quiso ser cínico e inmoral desde su perspectiva. Siempre se le veía ebrio caminando por la calle con la seguridad de sus ideas, de su pensamiento y de sus juicios.

Su sufrimiento provocado por él y por los suyos en su entorno terminó generando en él una suerte de revanchismo vengativo indescriptible e inexplicable por él para con su prójimo y desde allí pretendió colocar una marca, una suerte de correa alrededor del cuello de los demás por el presunto daño que le habían provocado, que le habían entregado desde su nacimiento. Se convirtió en juez de los demás y eso lo hacía embriagarse casi a diario para desfogar sus represiones y frustraciones. Pese a ello muy en lo profundo de su mente mantenía las esperanzas de llegar a aquel cielo donde según sus creencias llegaría su pobre alma para estar al lado de su Dios. Mientras tanto tenía que soportar el dolor, la amargura, la tortura, las dudas e incertidumbres, el sufrimiento suyos y la compasión, la pena, hasta la indiferencia de los demás.

Fue así como Juan diseñó una línea recta según él que unía dos puntos entre su nacimiento y su muerte (habiendo tantas líneas entre ambos puntos). Esa distancia era la corta vida que le entregaba su Dios a su cuerpo de carne y hueso. Le quedaba el consuelo de la vida eterna pues su alma, su espíritu viviría por toda la eternidad en aquel cielo donde no experimentaría hambres, placeres ni carencias de ninguna índole. A veces contestatario se preguntó si su alma seguiría pensando como lo había hecho durante su vida material o se convertiría en un ser fantasmal angelical. Pese a ello y a la vida apesadumbrada e infeliz (algunas ocasiones feliz) que tenía él se sentía ciertamente feliz de que su firmeza, aunque endeble, le permitiría gozar del cielo allá al lado de su señor Dios y mantenía esa creencia, esa suposición mental conceptual traducida en fe religiosa, es decir, a morir creyendo.

Roque creció bajo angustias similares pues se sintió segregado por los demás, ajeno a la felicidad que aquella religión les ofrecía a los demás. Vivió resentido ante la ausencia de su padre que ni siquiera lo reconoció legalmente y hasta muchas veces lo negó diciendo que su madre era una pendeja, que le gustaba el huevo, que era una ruca, casi una puta en ciernes.

Aprendió desde pequeño a comprender con cierta facilidad que la felicidad no es un invento tangible que se pueda coger por allí como si fuera cualquier objeto material, que aquello solo se podría lograr con arduo trabajo, sufrimientos y hasta privaciones de diversa índole. Roque pese a su orfandad religiosa tenía mayores ventajas competitivas que aprovechó para sacar beneficios diversos del sistema capitalista en el que le tocó nacer. Él no tenía la necesidad de colocarle una soga moral y religiosa al cuello de los demás puesto que no tenía necesidad al ser él uno de los marcados y pendiendo sobre su cuello una soga de las que ponía Juan.

En construcción de su éxito económico, Roque un día creyó hallar la felicidad plena y se hizo más solidario con los demás en razón de sus experiencias. Pensó que debía ayudar a los demás, que aquel Dios que le pareció en un momento muy lejano estaba más cerca y junto a él. Que su éxito debía debérselo a éste. Más, temeroso por perder lo que había logrado, decidió acercarse más a aquel Dios educando a sus hijos en una suerte de búsqueda para con este ser pero a veces inseguro por la experiencia propia de que aquello fuera posible e incluso se convierta en inapropiado para ellos en razón a su origen e influencia. Aprendió a vivir temeroso y con neurosis (inherente a su concepción religiosa) permanente de aquel Dios, aquel que aparentemente era casi el mismo que el de Juan, experimentando ambos situaciones de acciones humanas de doble conducta moral que en cierta manera los hacia sufrir pero que comprendieron que era una forma de vivir y de darse la razón del mismo frente a los demás.

En medio de la vida de los dos nació Fermín. Poco se sabe de él pero por las razones de la vida se hizo ateo inicialmente tan solo por contradecir a las ideas religiosas respecto de la idea del Dios negando su existencia conceptual y real catalogándolo hasta de caduco, y en su desarrollo filosófico científico devino en materialista dialéctico científico llegando a comprender que la existencia conceptual-real o la no existencia conceptual-real de cualesquier Dios era irrelevante e intrascendente para él. Conceptualizó la materia bajo los postulados de Marx y Engels y los suyos propios basado en los adelantos científicos de hoy. Comprendió que su vida carecía de un alma o espíritu según la tradición religiosa enseñado desde las épocas de las cavernas y que razonaba o pensaba, que vivía en razón a la organización armónica y casi equilibrada de la materia desde las partículas elementales, los electrones, los átomos, las moléculas concretizados en su cuerpo mediante células corporales y neuronas en su cerebro que le permitían realizar el proceso del pensamiento, el proceso de generación de ideas y hasta la de la creación mental-conceptual de los dioses y de su finalidad.

Llegó el día en que Juan y Roque agonizaban sobre sus lechos. Les asistió un sacerdote para servir de nexo entre sus almas y su Dios en el camino al cielo como prevención para que no se pierdan en el camino y recalen en el infierno. Expiraron tranquilos convencidos de aquella idea y con la seguridad absoluta de que así sería, con algo de tristeza pero con pleno gozo.

Fermín también agonizaría posteriormente. Comprendía que iba a dejar de incorporar átomos de oxígeno a su cuerpo para la realización de procesos de óxido-reducción electrónica en el metabolismo de sus células que le permitían interactuar bioquímicamente con su entorno y que conceptualmente definía como vida. Sabía que su cuerpo había degenerado por la edad, que no era la misma vitalidad, que los genes ya no se replicaban menos regenerativamente y que aquellas ya le habían estructurado evolutivamente esa suerte de vida temporal. Pensaba en su lecho de muerte sobre la insignificancia de la vida en términos concretos, que había resultado en ser algo así como un mero o simple fantasma ideal que caminó por las calles, que lloró, rió, se alegró, disfrutó, sufrió aunque sea en vano pero comprendiendo a pesar de ello que así era la vida que se había organizado alrededor de sus genes y de su cuerpo.

Mientras agonizaba ya casi sin uso de razón sus ingenuos familiares le trajeron a un sacerdote religioso para realizar aquel acto costumbrista religioso tan solo por las seguridades de aquellos (que más parecían sus inseguridades con total certeza). Fermín miraba cómo el sacerdote hacía gestos y señas, tocando su cuerpo, pronunciando palabras diversas que le provocaron unas sonrisas disimuladas, imperceptibles y comprensibles para él, viéndolo a aquel personaje del mismo modo como vio a los payasos en el circo. Comprendió que había vivido bien conscientemente pese a sus experiencias y segundos antes de dejar de respirar comprendió que algo de esa vida caprichosa temporal de organización de la materia se la dejaba a sus hijos en una suerte conceptual de vida eterna.

Murió sonriendo aunque sus arrugas no lo denotaran con la seguridad de que él como personaje real (en un determinado momento) y ficticio (en un momento posterior) simultáneamente en este gran teatro del mundo material ya no habrían más, que él fue único e irrepetible, irreproducible.