martes, 29 de octubre de 2013

¡SÍ!, YO QUIERO SER PRESIDENTE



Estando tomando yo mi desayuno escolar en el nivel primaria allá por el gobierno de Velasco a inicios de los 70, se armó todo un alboroto con respecto a la llegada por avión de dicho presidente al aeropuerto Francisco Carlé de Jauja.

Diré a mi condición de que fue un gran alboroto que inflaba las pechugas de mucha gente incluyendo a profesores de dicha institución primaria.

Por alguna razón de mi actitud de niño escolar se me dio la curiosidad de saber de lo que se trataba ser el presidente del Perú. Recuerdo haber escuchado comentarios tan halagadores que me contagiaron de dicha personalidad en ciernes que alguno de los más mayores me criticó o algo así y me dijo: “¡qué!, ¿tú quieres ser presidente?” y se sonrió escandalosa y burlonamente hasta sus adentros. Pero pese a ello, con mi decisión de niño me dije para mí ¡que sí!

No sé si realmente haya llegado en esa ocasión dicho presidente pero tan ingenuo podemos ser los niños que si yo hubiera podido viajar en el tiempo hasta los días nuestros y hubiese podido ver todo lo que hoy veo no me hubiera atrevido siquiera a decir que sí, que “¡sí, quiero ser presidente!”.

Por eso de las suertes extrañas, menos mal que no aspiré a ser Papa de la Iglesia católica o sikiera Cardenal como Cipriani, pues de haberlo hecho, allí sí que la cagaba todas con mi inocencia de niño, como para limpiarme el culo.

Lo que no entiendo bien es cómo es que hay profesores que todavía les insuflan semejantes barbaridades a los niños (como lo hicieron conmigo) con eso la de ser los “grandes dirigentes del país”. Imagínense insinuarme (si pudiera yo viajar por el tiempo desde los 70 a los días de hoy) que yo pudiera ser como Velasco, Belaunde, Alan García, Fujimori, Toledo, Humala o cualesquier huevón o huevona por venir.

Obviamente no pretendo desmerecer las aspiraciones de los demás. Cada uno tiene sus propias particulares vivencias y sueños y hay que respetarlas sean cuales sean nuestras opiniones al respecto pues nuestras libertades empiezan donde terminan las de los otros, se dice algo así con los derechos.

Solo pretendo recordar lo que un día en la mente angelical, inocente, pueril e ingenua de un niño puede pasar influenciado por datos incompletos, borrosos, genéricos, confusos como para que lleguen a decir a decir: “¡sí, quiero ser presidente!” y giren todas sus aspiraciones y expectativas políticas alrededor de ello sin tener una idea clara del significado de aquello.

Ahora que soy un individuo frustrado de presidente y no por voluntad popular ni electoral, me hubiera gustado que de niño mis profesores me hubieran orientado en otros sentidos y no en el que entusiasmados por sus costumbres lo pudieron haber hecho.

Cierto, debemos respetar los pensamientos de cada uno.

Por ejemplo, en la institución educativa mis colegas y otras personas me “insisten” en que dado mi condición de profesor sin religión ni Dios (ni dioses de ningún tipo) debo respetar las costumbres religiosas de la población y de los niños bajo mi cargo o responsabilidad, es decir, hablarles de su Dios, de su religión, de sus costumbres, promoverlas, afianzarlas y en fin todo a lo que debo estar obligado por la costumbre y las experiencias de la historia de la humanidad.

En respeto a mi pensamiento también se me pasa por la cabeza el “exigirles” trato similar para con mi hija y que será posteriormente con mi hijo por parte de sus profesores. No sé si estarán a la altura de las circunstancias y de mis exigencias conceptuales científico religiosas y no hablarles con ambigüedades, con cuestiones borrosas, repetitivas y contradictorias como bien los podría hacer cualesquier sacerdote o profesor de religión de cualquier nivel. Si bien hay la libertad de “escoger por una u otra opción religiosa”, no hay la libertad constitucional para no tener religión ni Dios (algo que Siagie mismo expresa como ya comenté en un artículo anterior).

Mi hija ya me ha preguntado sobre por qué no tengo Dios pues en su escuela sus compañeritas y compañeritos le han observado y ella quizá ha “cometido el error” de decir que su padre no tiene Dios ni religión causando pavor y desasosiego (incluyendo en la familia de mi esposa) e intuyo algo de superioridad marginacionista por parte de sus compañeritos(as). Pienso yo que ha “cuestionado” la posición de su profesora tomando como referencia la de su padre y hemos optado los dos de que ella como hija respete las opiniones de los demás y no pretenda imponer “las suyas”, que las mías le explicaré cuando esté en la universidad y mínimamente haya llevado cursos relacionados con la bioquímica en general.

Es muy pequeña para comprender. Le dije que hasta los y las peores delincuentes de este país creen en Dios, que muchos están presos en las cárceles y ella se ha preocupado mucho más pero está más tranquila pues ya sabe que aunque no tenga Dios ni religión su padre, a ella por ese motivo no le da ningún derecho a hacer lo que se le venga en su regalada gana, o mucho menos a ser ociosa, ladrona o mentirosa. Ella misma me lo ha dicho (no me interesan las razones o causas), “sí papá, yo creo en Dios” (además de estar bautizada) y de acuerdo a las costumbres religiosas las debo respetar hasta que ella decida qué hacer o qué no hacer conscientemente; eso ya no es preocupación mía aunque como buen observador no debo dejar de lado mis responsabilidades.

“¡sí, yo quiero ser presidente!” y punto. ¿Algún problema?