viernes, 25 de abril de 2014

UN JUEGO INFANTIL WANKAWILLKA



José David (promovido invicto) y Emerson (repitente del grado) estudiantes del turno diurno del quinto grado del nivel primario, llegaron muy tempranito a la escuela y bien aseaditos por la acción preocupada de sus madres esperanzadas en que en el futuro sean buenos profesionales y personas de bien.

Si bien José David no tenía al padre cerca desde hace muchísimos años sino a su padrastro, recibía las recomendaciones como quien recibe sus propinas diarias de los que Emerson no gozaba puesto que su padre era agricultor, pastor y en ocasiones minero eventual pues no tenía un trabajo estable ni el ingreso asegurado más todavía por la alta carga de hijos que tenía que mantener.

Cantaron a todo pulmón la marcha de la escuela dado que el profesor de turno les dijo que pasaría primero el grado y sección que lo hacía mejor mientras José David y Emerson apretaban en sus manitas las canicas que habían preparado muy bien (casi milimétricamente) antes de irse a dormir la noche anterior puesto que habían dado vueltas y vueltas en sus cabecitas sobre lo que debían de hacer con respecto de la posición y la postura de tiro, la fuerza de impacto que debían de imprimirle a la canica, el dedo más apropiado para realizar dicha acción, las palabras que iban a decir, las acciones que iban a tomar si las cosas no salían bien, y ¡ganar!, pues esa era la única motivación concreta de los dos en este juego.

Ingresaron al aula corriendo pese al pedido de orden y calma de sus maestros, y una vez dentro, mientras el profesor acomodaba sus cosas, los dos comenzaron a reñir casi de manera súbita sin aparente causa evidente y se trenzaron a los golpes como perro y gato puesto que José David trataba de morder a Emerson quien por ser mayor un año más, tener más fuerza y mañas lograba cogerle del cuello apretándole la cabeza y aplicarle una llave que lo llevaba al piso a José David quien finalmente terminaba llorando en posición de rezo árabe sobre el suelo.

Si bien el profesor hizo las indagaciones de la pelea y habló a todos intentando esbozar y plasmar la técnica de solución de conflictos que había recibido en una charla al inicio del año a cargo de un psicólogo de la posta de salud local, y pese a sus aparentes caritas de atención y agitar positivamente la cabecita en señal de comprensión de las indicaciones y sugerencias, poco intentaron los dos niños por escucharlo seriamente puesto que en sus cabecitas estaban las imágenes de las canicas, sus planes, sus sueños nocturnos y objetivos, y no mostraban el menor atisbo ni la menor intención de perderlos pues en ellos estaban radicadas sus esperanzas de triunfo, las satisfacciones del éxito, de realización y estima personal.

Le llamaron al profesor a la dirección por alguna razón siendo éste el motivo aprovechado por el que José David, Emerson y los demás varoncitos se pusieron de rodillas sobre el piso de losetas del aula del segundo piso a iniciar una partida de canicas. Sin embargo, el profesor no los sorprendió al abrir la puerta puesto que ellos tenían sus mecanismos de vigilancia y raudamente se sentaron antes que se diera cuenta el profesor.

Tocó el primer receso y los niños debían tomar el desayuno escolar. Los niños designados trajeron en un balde el producto lácteo del que se servían ellos mismos. El profesor solo observaba dado que eran niños y niñas de entre 10 y 11 años y habían venido bien aseados o eso era lo que aparentaban. Cogieron sus galletas y las comieron sin recordar siquiera las recomendaciones de higiene hechas por el profesor ni las normas de convivencia escritas en papeles de colores que figuraban pegados sobre la pared. Ya no eran los pequeñitos de primer grado a los que sus profesores acostumbraban lavarles las manos inclusive y había que recordarles siempre dicha acción de higiene antes de comer. Había que tener en cuenta también la disposición emanada desde la dirección que trataba de evitar que los niños con el pretexto de lavarse las manos y sus tazas dejadas sucias el día anterior, aprovechaban para salir a la calle a comprar dulces diversos, estar más del tiempo necesario en los lavaderos, perturbando el uso de los servicios higiénicos a los más pequeñitos, cualesquier cosa que se les pudiera ocurrir en el aprovechamiento consciente de su ‘recreo’ o para permanecer fuera del aula en juegos improvisados de canicas en lugares ‘ocultos’ a la mirada del profesor para luego retornar al aula a tomar su desayuno mientras otros ya estaban terminando o habían terminado ya prolongando así más de lo necesario el tiempo del receso.

Pese a las hipotéticas medidas tomadas, a muchos les produjo malestares estomacales que no le comunicaban al profesor pero que éste pudo observar en razón a que habían disminuido la cantidad de leche que acostumbraban tomar. Los niños en su razonamiento empírico habían deducido que era por el tipo de alimento mezclado con la leche y comenzaron a observar dicha regularidad de los preparados y como no había una respuesta lógica a su desorden estomacal decidieron disminuir la cantidad ingerida asociándola a una presunta intolerancia a la leche o similar.

Durante las horas de salida, los niños aprovechaban algunos lugares de la escuela para continuar con el juego de las canicas pues durante los recesos no habían concretizado sus expectativas planificadas ni sus deseos de ganarles las canicas a los demás. Alejados por el personal de servicio, muchos niños decidieron continuar con el juego en las calles de la ciudad sin cambiarse el uniforme. Continuaron jugando a las canicas, entre ellos José David y Emerson, hasta bien entrada la tarde a eso de las 4 p.m. dado que no tenían hambre después de haber comido el bien pensado almuerzo escolar.

José David, Emerson y otros amigos de turno continuaron empecinados en lograr la victoria y la admiración en las calles de la ciudad. Dicen que nuestro mundo en cuestión da vueltas como una canica quizá y sucedió un tiro no muy bien ‘aceptado’ por los contrincantes del que José David quiso sostener a viva voz ante el rechazo de Emerson y al intentar quitarse la canica en discusión se trenzaron nuevamente en forcejeos del que los demás se hicieron a un lado dado que le daban la razón a uno de ellos o simplemente no les afectaba.

Nuevamente se agarraron a golpes. Emerson terminó con el brazo mordido y José David tirado sobre el piso con los labios ensangrentados y llorando desconsoladamente casi como gimiendo por su desgracia de no haber logrado concretizar su mediático y más caro anhelo, la de tener la satisfacción de haberles ganado muchas canicas para jactarse y ostentarlas ante todos: “estos son de fulano, estos son de zutano y estos son de mengano”.

Interrumpido así el juego bruscamente y habiéndose percatado todos de la probable hora de la tarde y recuperando algo de consciencia de la circunstancia, del tiempo y del lugar, todos se limpiaron las manos de polvo como pudieron sobre sus ropas y decidieron que continuarían el juego entre mañana u otro día.

Emerson al llegar a su casucha de tapia, calaminas y de paja de ichu, ubicada en un anexo cercano a la capital del distrito donde estudiaba, casito entrando la noche, fastidiado pero muy convincente él para justificar su tardanza en casa, le dijo a su madre que el profesor les había hecho realizar ejercicios sobre la loza deportiva y por eso se había ensuciado reclamándole airadamente a su madre por no haberle comprado su buzo escolar ya que tenía que hacer ejercicios con el uniforme cuyo pantalón por eso también tenía desde hace mucho tiempo un agujero a la altura de la rodilla y además adujo que a ella no le importaba dado que ni siquiera le compraba un pantalón nuevo. La madre conociéndolo muy bien no dijo palabra alguna y continuó con sus quehaceres para evitar encolerizarse y perder el tiempo.

José David, estudiante de la céntrica ciudad aunque casi rural, luego de limpiarse y lavarse lo más que pudo, no pudo ocultar algunas manchitas de sangre del que su madre se percató y a consecuencia de ello descubrió la pequeña herida en el labio. JD (como le decía su madre) Justificó su herida ante una caída casual por las escaleras pues se había resbalado sobre la leche que algún ‘¡tonto y estúpido niño!’, (como él dijo), había derramado mientras él regresaba de la cocina al salón con su taza llena de leche y se había golpeado sobre la baranda metálica pero que ella no debía preocuparse pues no era gran cosa y el profesor oportunamente lo había atendido y curado su herida. Por eso de las casualidades, los dos niños coincidieron en argumentar también que el profesor les había castigado por no haber hecho bien el trabajo encargado de matemática, quedándose trabajando hasta tarde con el profesor como en algunas ocasiones y esa era la razón por la que habían llegado muy tarde a casa. La madre de José David ya se había acostumbrado a que su hijo retornara con la ropa sucia motivo por el que no le prestó atención a ello. Por la casi frescura de la sangre detectada al intentar acariciarle la blanca y delicada oreja, sospechaba que le estaba mintiendo dado que sabía que era como un ‘fosforito’ que se ‘encendía’ muy fácilmente ante el menor roce, pero le creyó ante la total serenidad, tranquilidad y actitud convincente que mostraba el niño y la seguridad en sus palabras.

Al día siguiente llegaron a la escuela y ya en el aula al requerimiento de las tareas por parte del profesor, José David las presentó hechas improvisadamente y a las claras realizadas por alguna persona preocupada por él, mientras Emerson simplemente adujo que se olvidó su cuaderno pero el profesor al revisar su mochila lo encontró entre sus cuadernos sin siquiera haber copiado completamente las preguntas de la tarea. Emerson se sonrojó pero ya estaba acostumbrándose a ese tipo de sensaciones de vergüenza, como se dice, ya casi ‘le llegaba’, sustentado por su poca habilidad y práctica en la lectura y su condición de extrema pobreza. Él en su racionalidad de infante casi adolescente juicioso y por su difícil experiencia personal en la escuela, le había dicho a su ‘profe’ durante el desarrollo del tema de lenguas nativas del Perú, con algo de razón o no, que tenía problemas de aprendizaje porque ‘los profes no enseñaban en su idioma materno’ (dicha escuela estaba oficialmente declarado como hispano por ser capital de distrito).

Como si no hubiera pasado nada aparentemente, en el receso ambos y otros muchachos volvieron al juego de las canicas pero esta vez haciéndose las promesas de no pelear ni reclamar ni hacer ‘trampas’. Pero inevitablemente terminaron por forcejear nuevamente pero esta vez ante los ojos del profesor quien preocupado en sus quehaceres documentarios y pedagógicos no entendía bien las razones del forcejeo y al que ni los niños tenían el menor interés en aclarar pues eran sus razones, sus sentimientos, su mundo propio, actitudes sobre los que el profesor otra vez ‘les llamó la atención’ y les habló de los muchos valores habidos y por haber casi hasta quedarse sin voz ni ganas para seguir hablando.

Así, José David terminó con el orgullo herido, la cólera partida y aislado de los demás pues Emerson había impuesto su fuerza, sus razones y sus términos en el juego de las canicas que quizá por eso de las casualidades tiene un nombrecito muy sugestivo o sugerente en esta región Wankawillka conocida como la ‘Tierra del Mercurio’ o la otrora y nostálgica ex ‘Villa Rica de Oropeza’, en razón a las circunstancias involucradas: ‘Daño’.