sábado, 27 de septiembre de 2014

NIVEL PRIMARIO DE LA E.B.R.: SOLO UN GRAN SIMULACRO DE LA NATURALEZA Y DE LA SOCIEDAD


En lo que se refiere como por ejemplo a las situaciones de aprendizaje, las situaciones comunicativas de comprensión y expresión oral, las competencias ciudadanas y sus capacidades, en el nivel primario se constituyen básicamente en un gran simulacro o situaciones simuladas ante la ausencia de situaciones reales y concretas del contexto social en las que debido al incipiente y progresivo desarrollo físico, cognitivo y emocional del educando a lo largo del nivel primaria en los III, IV y V ciclos, se presentan situaciones reales en las que no podrán desenvolverse adecuadamente  a riesgo de la lesión en su integridad física y emocional. Asumo esto prematuramente pese a guardar mis resistencias a creer que los niños específicamente del V Ciclo no pueden desempeñarse como entes activos y eficaces dentro del contexto natural, social, económico y político por ser precisamente, niños.

Primaria es una etapa preparatoria y simulada de las situaciones reales y concretas de la vida real que se desarrollarán plenamente en el nivel secundario y posteriormente superior. Quien piense que los niños del nivel primario específicamente los del V Ciclo (5° y 6°) pueden asumir roles específicos en situaciones para los que no les corresponde la capacidad de la toma de decisiones que involucran una gran responsabilidad social, está totalmente equivocado (salvo algunas excepciones que se pueden contar incluso con el dedo).

Tomemos por ejemplo el caso de los simulacros de sismo o de terremotos. Sabemos muy bien que todas las instituciones educativas del país realizan necesaria, obligada y ‘planificadamente’ simulacros de sismos con fines preparatorios y preventivos para situaciones inesperadas. La salida ordenada de las aulas, mantener la calma, ubicarse en las áreas de seguridad, realizar acciones de primeros auxilios, me parecen conocimientos y acciones indispensables y pedagógicamente imprescindibles para que los niños tengan una noción o conozcan y ejecuten acciones derivados de probables casos de sismos, es decir, ‘estar preparados’ para situaciones de esa índole.

Cabría preguntarse bajo ese contexto si las ‘competencias’ y las ‘capacidades’ concernientes a hechos relacionados con situaciones específicas (como en el caso de los sismos) que han logrado los niños se traducen en la práctica como hechos reales y concretos o solo son competencias y/o capacidades ficticias, simuladas o potencialmente fácticas asociada a una situación de simulacro (simulacro conceptual) pedagógico. Los textos del anterior DCN (Diseño Curricular Nacional) y del nuevo MCN (Marco Curricular Nacional) no están exentos de palabras que no necesariamente expresan las competencias y capacidades reales y concretas de los niños (muchos de los que no parecen haberlas desarrollado en el nivel primario, en niveles posteriores demostrarán todo lo contrario). Hay demasiado ‘optimismo positivista’ interpretativo en la terminología pedagógica de estos textos respecto de las presuntas competencias y capacidades que desarrollan los niños que incluso se plasman en estándares de aprendizaje exigidos por el MINEDU que deben lograrse a nivel nacional en cada ciclo. Obviamente, en el sentido del presente artículo tampoco pretendo pecar de ‘pesimismo negativista’ interpretativo.

No me cabría en la cabeza que directores y docentes de primaria no consideraran este hecho y tan solo se guiaran por la creencia de que los simulacros y sus acciones preventivas construidos tan solo dentro del contexto interno de sus instituciones educativas y centralizando dichas acciones en los estudiantes (en el marco teórico del desarrollo de competencias y capacidades en los educandos) sean los necesarios y suficientes como para enfrentar una situación real y concreta de un sismo. Se ve muy bonito y como conocimiento pedagógico por parte de los niños que realicen todas las acciones inherentes a un simulacro pero que en razón a su desarrollo físico, cognitivo y emocional (propios del nivel primario) en una situación concreta y real todos sin excepción queden anulados o bloqueados en cuanto a situaciones de gran responsabilidad de los que ya no son situaciones simuladas ni simulacros como los que se realiza con ellos en las aulas o en las sesiones de aprendizaje para el desarrollo de ‘capacidades’ y ‘competencias’.

Cierto, es innegable o indiscutible que son situaciones de aprendizaje necesarios y parte de la labor pedagógica que los niños deben saber (al menos hipotéticamente) de cómo deben actuar en esas circunstancias a peor no ‘saber’ qué hacer o no tener la más mínima idea. Solo contemplemos los simulacros de sismos a nivel nacional como para darnos cuenta de los alcances reales de estos ‘simulacros’ y los reales riesgos que involucran (niños que pueden o no tomar en serio sus acciones entre risas o indiferencia, docentes distraídos y ajenos a los demás niños de ‘otras aulas’, personal administrativo ajeno a estas circunstancias que solo contribuye pintando los circulitos o circulasos sin saberse cuántos deben ocuparlo, áreas de ubicación imprecisas presuntamente seguras que al momento de un gran sismo nos hará ver recién el error de su ubicación, entre otros), es decir, el alto costo de vidas humanas y la improvisación de acciones.

Por ello es necesario que en estos simulacros de sismos, y en situaciones similares de la naturaleza y de la sociedad, para evitar la improvisación y los costos en vidas humanas (para no hablar de costos de oportunidad) es que las instituciones educativas prevean la acción de otras instancias de ayuda y cooperación reales y concretas (no simuladas) como pueden ser: la policía nacional, los bomberos, cuerpos de voluntarios de adolescentes de los últimos grados del nivel secundario entre otros, de acción rápida. Dentro de ello, en términos reales y concretos y no solo como simulada experiencia pedagógica para los niños, los docentes y el personal de servicio y administrativo son los principales agentes que deben programar y ejecutar acciones preventivas bajo su entera responsabilidad sin involucrar exclusivamente a los niños del nivel primario en razón a lo expuesto. Si las instituciones educativas no están tomando en cuenta esto, ya uno puede imaginar lo que sucederá de ocurrir un sismo de gran magnitud y peor aún en horas de labor escolar.

Es obvio que para probar esto no es necesario realizar una carnicería humana frente a los niños ni acciones de demolición real de infraestructuras frente a sus narices para predecir cómo van a reaccionar o no (ni para describir cómo sería una situación real donde los niños tendrán que contemplar niños muertos, otros con el brazo colgando, sin la mano, con la pierna rota o con la cabeza aplastada, en fin, sin contar a muchos docentes en la misma condición que necesitarán de asistencia médica y de primeros auxilios). Habría que determinar hasta qué punto los niños del nivel primario, específicamente los del V Ciclo (5° y 6°) estarán dispuestos a asumir responsabilidades no de manera simulada, hipotética, ficticia o pedagógicamente válida (es decir, no en términos de potenciales competencias, capacidades y actitudes evaluadas en el aula o en simulacros) sino en términos concretos y reales (mucho menos incluso sin la tutela de los docentes).

Para este nivel primario, influenciados por la terminología ‘positivista’ de cambios necesarios en el trabajo pedagógico para que los niños logren desarrollar competencias y capacidades, la permisividad de acciones como estas en situaciones de riesgo (peor aún la ‘asignación’ de ‘responsabilidades’ a los educandos en esas circunstancias) por parte de los docentes devendría en un acto de irresponsabilidad que pondría en tela de juicio el prestigio, la credibilidad, la confianza en las IIEE y en los docentes, o peor aún o más que eso, pondría en juego la integridad moral y física de los educandos.

Mientras que todo el quehacer pedagógico en el nivel primario de la EBR sea un gran simulacro y de procesos de descubrimiento natural y social, no hay ningún problema, al contrario, es una gran valiosa ventaja en el quehacer pedagógico o educativo (la tiendita escolar, dramatizaciones, teatro, simulacros de sismos, convivencia democrática, en fin) y si uno decidiera llevarlos más allá de esto, el docente debe de hilar muy fino y en el peor (o mejor) de los casos hacerse responsable por lo que pudiera ocurrir a riesgo de poner en juego su credibilidad, la confianza en él, su desempeño docente y su estabilidad laboral, o de lo contrario dedicarse solo a reproducir todo aquello que sea de fácil y ‘probada’ aplicación e involucre hipotéticamente el mínimo de riesgo o nada de ello.