jueves, 11 de junio de 2015

EL PROFEZORRO ROBA GALLINAS


Érase, hace muchas décadas atrás, una vez una escuelita rural alto andina a casi 4 mil msnm recién creada, de cuyas aulas, a las puertas, techos, ventanas y pisos quizá se les podía llamar así. Los estudiantes apenas llegaban a los cincuenta quienes se sentaban en algunas mesas bipersonales, en adobes, troncos o cualesquier objeto que sirviera para ese propósito las que tenían que mover cuando el techo de tejas no podía contener las goteras del agua de las lluvias torrenciales. La escasez de recursos era más que notoria sin mencionar a los niños que ni conocían el uniforme y venían a la escuela si bien con pantalón o falda escolar muchos acudían incluso casi sin ropa interior.

Un profesor al finalizar sus labores escolares acostumbraba bajar del lugar algunas veces caminando sólo hacia la capital del distrito, orgulloso él, divisando las cementeras, silbando por los caminos cercados de quinhuales, acompañado por uno que otro riachuelito saltándolo de piedra en piedra y a veces cruzándolas a través de sus puentes hechos de troncos de eucalipto y gruesas chaqllas algunas veces cubiertas de tierra, admirando la belleza del paisaje adornado por plantas de motoy y de hermosas plantitas pequeñas casi imperceptibles con iguales flores coloridas, a veces recolectando fósiles de moluscos, de equinodermos extraños y de algo parecido a plantas que mayormente se hallaban incrustados sobre las piedras que hace millones de años solo fueron barro de algún lecho marino, algunas veces esquivando recovecos, saltando peñascos y muros de piedra simplemente montadas unas sobre otras sin más perfección que sus formas naturales pero que encajaban muy bien sin caerse (que él y sus colegas habían intentado copiar en los muros de la escuela sin poder lograrlo), por cortar el camino en razón a que no había carretera para los automóviles sino tan solo angostas trochas para los caballos o llamas que los lugareños se esmeraban en conservar empedradas con sus trabajos comunales para poder caminar en las épocas lluviosas y evitar también los afluentes naturales de agua sobre ciertas laderas.

Era muy travieso, algo gordito y bonachón, coquetón y alegre pero demasiado facilitoso, que cuando había alguna actividad en la escuela por onomásticos, por recepción de autoridades invitadas o de delegaciones de profesores de otras instituciones educativas, y para preparar algún caldito o algún segundito, echaba mano de las gallinas de los campesinos dentro de su maletín, de la mochila oportuna o debajo del saco o casaca. Siempre llegaba puntual a la escuela con la carne de ave y algunos otros ingredientes más. Las papitas, los huevos y a veces los quesitos para el japchi (ají suave) los solicitaban a cada uno de los niños y niñas de la escuelita rural según lo que se iba a preparar.

Ciertamente por aquel entonces, los campesinos sospechaban de sus vecinos y de todos los que pasaban por aquel lugar que no se atrevían a denunciar a nadie en particular pero sí a poner más celo en sus gallinas que paseaban alegres, dóciles y despreocupadas por el campo de sus casas, en las chacras y que pareciera por arte de magia que un cierto e inexplicable día al parecer se habían echado a volar.

Pese a la cantidades disponibles, pero las gallinas siguieron desapareciendo una a una, lo que no pasaba desapercibido por los dueños de aquellas pues las tenían desde pollitos (habían empollado de huevos incluso), las veían crecer y hasta se encariñaban con aquellas incluso como para haberles puesto nombres (buscándolas llamándolas así), y pese a la incredulidad no era casualidad que coincidía con el paso de aquel profesor de escuela, aunque no lo habían visto pero que llevaba a veces un costalito nada sospechoso, la maleta muy rechoncha o el cuerpo muy gordo de improviso. Para los pobladores era difícil imaginar siquiera que al menos uno de los profesores (mucho menos las profesoras) podría haber echado mano de alguna y preferían creer que podrían haber sido atacadas por algún predador como perros hambrientos, zorros y en el peor de los casos por algún poblador o algún vecino malvado con los que a veces discutían o se llevaban mal. Quizá esa haya sido la razón primigenia a partir del cual cualquier maleta, mochila o equipaje abultado llevado por los profesores haya sido sospechoso de malas mañas y usos de los recursos de las instituciones educativas que por sus ubicaciones tan alejadas y de difícil acceso, en muchas de ellas no tenían control y a los que burlonamente algunos funcionarios de educación regional les conocían como profesores de miércoles puesto que según decían éstos subían caminando los lunes, llegaban los martes, trabajaban los miércoles, regresaban los jueves y llegaban a sus casas los viernes (a veces antes por días de pagos al finalizar el mes para sacar dinero del banco cobrando sus cheques luego de inmensas colas y larguísimas horas de espera, días de pago que pretenden subsistir hoy pese a que existe el cobro con tarjetas por cajeros multired por no hablar de hacer otros trámites personales necesarios pero ajenos a la labor pedagógica).

Los campesinos cansados de perder sus tan gordas, queridas, consentidas y hermosas gallinas decidieron hacer pasear a una gallina señuelo, a la ‘Pintadita’, vigilándola, sin quitarle la vista de encima, casi en actitud exclusivamente policial. Todavía incrédulos y con cierto temor a la vergüenza, todavía un poco desconfiados esperaron la hora de salida de los niños y principalmente de los profesores los días viernes alrededor del mediodía, dos horas antes de la salida programada oficialmente para poder llegar temprano mientras el Sol les podía alumbrar el camino (situación que habría quedado en el inconsciente colectivo pese a que ahora ya hay medios de transporte motorizados y carreteras hasta las mismas instituciones educativas) por temor a que algo les pudiera pasar especialmente a las profesoras.

Intentaron vigilar a los profesores, que muchos de ellos se quedaban allí toda la semana, pero aun así las gallinas se seguían perdiendo y por eso de las casualidades cuando pasaban ellos más de subida hacia el pueblo que de bajada. No había lugar al que no podían ir los profesores sin que algunos ojitos disimulados los observaran incluso hasta de espaldas.

Algunos profesores y profesoras bajaban del pueblo caminando en parejas o en grupos y otros lo hacían solos. Fue así que un día mientras pasaban los profesores y a cierta distancia pasaba aquel profesor casi furtiva y raudamente es que perdieron de vista a la gallina señuelo y a causa de ello pensaron que pillarían al profesor con las manos sobre las plumas.

Al parecer ya puesto en evidencia y requerido por el teniente gobernador del pueblo, casi como de mala gana (como quien no quiere la cosa) fue luego abordado por los vigilantes campesinos que si bien habían visto al profesor meter algo cuidadosamente dentro de un costalito, el profesor sintiendo algo extraño en el entorno, éste había tenido la previsión de revolcar a la gallina sobre la tierra blanca del suelo que la cambió de apariencia y color tal que confundió a los campesinos que dudaron sobre la identidad de la gallina señuelo; no era tan pintadita sino que era casi blanquita. Dicho esto, el profesor pese a la sorpresa del momento se apuró en aclarar la situación y la propiedad del ave (que no pudieron confirmar los campesinos) continuando así su viaje por el camino llevándose a la gallina pintadita, no sin las disculpas del caso, que fue buscada por todos los recovecos del lugar pero que no fue hallada más.

Un poco confundidos y molestos con lo sucedido e inseguros de la explicación recibida y de la incierta certeza de sus miradas y excesiva confianza, sintieron creer que habían sido timados o bien por el profesor o por algún campesino del lugar que sabía del plan y compartieron desconfiadamente, sin querer, el haber pecado de ingenuos, confiados o muy tontos.

Cada vez que el profesor pasaba por aquellos lugares con la mirada despierta y alerta a su alrededor, algunos más desconfiados ya no lo miraban como a los respetables profesores de la escuelita rural de por aquel entonces, los ojos de los campesinos se habían secado casi como pasas de la molestia y parecían como que miraban a un presunto ladrón astuto, mismo zorro pero sin tener la apariencia como para detectarlo y caerle al instante.

Así pasó el tiempo y vino la fiesta del Centro Poblado vecino al que asistió dicho profesor. También asistió una señorita muy hermosa del lugar a la que le había puesto encima los grandes ojotes negros que tenía como que se la comía toda enterita. Dado el calor del momento, tragos vienen y tragos van hasta el amanecer que se aprovechó de la muchacha con la que tuvo amores fugaces y a escondidas incluso en los dormitorios de los profesores de aquella escuelita rural en sus visitas furtivas que no pasaban desapercibidas por los demás profesores y sobre todo de las profesoras.

Su mala fama de roba gallinas (profesor ‘huallpa suwa’ le decían cariñosamente sus colegas en el quechua del lugar), aunque no comprobada fehacientemente, había llegado a oídos de los lugareños de todos los lugares, que lo tomaban burlonamente no solo en referencia de aquel profesor sino de todos aquellos profesores (e incluso profesoras) a los que inevitablemente les gustaba disfrutar de las largas caminatas saludables y del aire puro del campo.

Sus aventuras amorosas sabía hacerlas bien. Las muchachas que caían en sus redes terminaban por ser abandonadas con cualesquier pretexto. Pero eso no sucedió con aquella muchacha que terminó embarazada sin querer. Si bien se comprometió con los padres a reconocer a la criaturita y a pasarles pensión económica encontró maneras para evadir su responsabilidad.

No pasó mucho tiempo y después de encapricharse y enamorar a una linda jovencita del pueblo, terminó por embarazarla también, quien se negó a abortar ante el pedido del huallpa suwa. Consciente de sus actos, del escándalo en su entorno laboral y de la nueva responsabilidad, casi oportunamente consiguió en la UGEL ser reasignado a otro lugar de trabajo escapando así de sus obligaciones paternales y legales. Pudo así respirar nuevamente con cierta tranquilidad en su autoestima.

Sus andanzas ecológicas fueron también con él en el otro lugar, lo mismo que con la mala fama acuñada y sus habilidades de zorro escurridizo y de roba gallinas que le llegó a alcanzar allí pero que creyó había quedado atrás, allá en aquella otra escuelita rural.

Como dicen, no siempre los crímenes son perfectos o la suerte estar siempre de nuestro lado, este profesor fue capturado con las gallinas en las manos. Si bien un delito menor por los que pidió disculpas y se ofreció a realizar trabajos comunales para reparar el daño mas no pagar en dinero argumentando que no le alcanzaba el magro sueldito que recibía, terminó por enamorarse de la hija del alcalde (a la que los profesores del lugar la conocían bromistamente como la ‘nasa’) a la que embriagó y se aprovechó de ella en el aniversario del lugar. Comentarios tendenciosos o no de cierta aventura amorosa con la esposa del alcalde también no pasaron desapercibidos. Pensar que al alcalde le gustaba armar la fiesta de los cuernos o las corridas de toro en la plaza principal del pueblo y era el mayor exponente de los gastos en su organización incluso con dineros de su propio peculio.

Lamentablemente, los pobladores de este lugar menos tolerantes con los robos de sus propiedades, lo descubrieron robando tres gallinas jalacuncas negras, flacas y patilargas que al intentar esconder en su mochila no pudo evitar gritaran como locas del apretujamiento. Mala fama ganada y probada, junto al cansancio por su actitud pendenciera, terminaron por dar sus frutos y los pobladores al enterarse de la nueva burla del ya famoso y comprobado roba gallinas, lo persiguieron a palos en plena fuga no sin antes haberle dado su latiguera con látigo de siete puntas por sinvergüenza y ladrón. Decíanse que en su condición de foráneo, si bien podía mirarlas, no tenía el derecho de burlarse de las muchachas del campo ya que ellas eran solo para los varones de aquellos lugares de las que ellos bien tenían a disponer.

Desde esa vez, todo profesor de escuela rural que pasa caminando por los caminos de pueblos lejanos y casi olvidados por la modernidad y el desarrollo, era visto casi con malos ojos pendencieros o sospechoso no solo de robo aviar al paso, es decir, especializado en robar gallinas casi como profesión: profesor huallpa suwa.

Digo, que quizá esa sea la razón, y no otra, por la que los lugareños netamente quechua hablantes de las zonas rurales no puedan pronunciar bien la palabra ‘profesor’ así simplemente, sino, ‘profezorro’, y por qué no, también ‘profezorra’ por no decir roba gallos en sus casuales alocuciones propias o una alusión tendenciosa y quizá pendenciera de la 'roba maridos', que aquellos lugareños parecieran querer indicarnos que el magisterio sí que da frutos no solo en las escuelas rurales sino también en cualesquier lugar, es decir, profesores que sí dejan huellas, y muchas veces muy profundas.