martes, 21 de febrero de 2017

EL DESTINO DE NUESTROS ACTOS, ¿UNA FINALIDAD O UNA AVENTURA DE LA VIDA?

Tomado de la web. Sembrando y cosechando la luna.

Había una vez una niña distraída que ingresó a una casa por casualidad y desapareció. Era un local de venta de cerveza por donde pasaba la niña y sucedió al intentar evitar que el camión de cerveza que retrocedía para bajar su carga la aplaste contra la pared, ella ingresó al local para evitar ser aplastada.
Decía ella que para entrar a su casa había una casa aledaña a la suya de puerta muy pequeña por donde ingresaba. Al ver que no salía, un varón que había estado conversando con ella y con otros niños, observó dicho incidente y pensó que esa era la casa del que hacía referencia la niña y dejó que se fuera pero recordó inmediatamente que aquella niña vivía en una calle con nombre que no correspondía con el lugar a donde había ingresado sino en calle paralela a ésta y en el acto, asustado, decidió buscarla.

Entró a dicho local de venta de cervezas y la buscó junto a sus demás compañeros y amigos pero no la hallaron. Aparentemente nadie la vio ni el chofer del camión que hablaba por su celular. Pidió al administrador del local que le abriera todas las puertas interiores sino daría aviso a los guardias del pueblo. La buscaron y no la hallaron mucho menos salida alguna que diera acceso a alguna otra casa como solía decir la niña.

No la vio salir para nada. Subió al camión, revisó la carga pero nada de nada. Retrocedió asustado pues sabía que si no hallaba a la niña se encontraba en graves problemas. Gritaron su nombre hasta quedar afónicos pero fue en vano, no hubo respuesta.

Dicho local estaba construido al lado de una antigua casa propiedad de una ex hacienda del lugar, con fachada colonial y ambientes de similar construcción en adobes gigantes y madera, otrora lujosa residencia en sus épocas de apogeo pero que ahora lucía como abandonada y algo derruida por acción de las termitas.

Mientras algunas personas y los niños iban a la comisaría del lugar a dar parte de tan extraña desaparición. Un poco más calmado por la primera impresión, buscó entre las paredes algún acceso no distinguido por el apuro de la búsqueda y halló una suerte de plancha gruesa de madera que hacía las veces de puerta pero muy bien confundida con la pared que conectaba dicho local con la vieja casona.

El varón alcanzado por algunos de los buscadores, dando voces de alerta a los probables residentes y pronunciando el nombre de la niña ingresaron poco a poco a aquel antiguo lugar lleno de objetos extraños que solo hallarían en un museo. Al no recibir respuestas y observar rendijas entre algunas puertas y las paredes, abrieron las puertas de otros cuartos muy bien cerrados y asegurados con candados oxidados algunos de los cuales los abrían con solo jalarlos y alertados por algún fuerte olor que percibieron encontraron una habitación donde se observaban restos de animales ya disecados pero sin piel que les dio que pensar mucho a los buscadores.

De reojo el varón observó que una suerte de sombra pequeña se había escabullido por una abertura en la pared en la parte menos evidente de aquella habitación. Se acercó y quiso pasar por allí, resbaló y al caer tiró algunos troncos que sostenían otra pared contigua que le cayeron encima pensando que allí moriría. Acudieron a él y se sonrieron al ver su expresión de susto pues estaba lleno de polvo de madera de los troncos que se deshicieron al caerle encima. Repuesto del susto, les dijo que vio la sombra de un cuerpo pequeño que no pudo distinguir bien que era pero que pasó por dicho agujero en la pared. Siguieron buscando alertados por una persona que llegó diciendo que la guardia ya estaba bajo alerta y vendrían inmediatamente después de terminar otra diligencia.

Alertado por los ruidos y las voces, en ese momento les salió al paso alguien que parecía ser el regente de aquel lugar y al ser referido sobre la niña y el lugar, el presunto dueño de casa adujo que aquella habitación lo rentaba un médico veterinario de la sanidad gubernamental y que así la había dejado al momento de irse pero que le dijo que volvería pero sin especificar cuándo, de eso hace muchos años ya. Adujo que debían de retirarse pues el acceso a aquel lugar estaba permitido solo a personas bajo autorización del dueño del lugar que residía en otro país. El varón le dijo que era prioridad hallar a la niña y que no podían irse ni esperar a que llegue la guardia del pueblo cosa que los otros sopesaron y algunos decidieron retirarse del lugar. Quedaron solo tres personas incluyendo al varón, que decidieron continuar buscando a la niña y asumir cualquier riesgo como consecuencia de ello. El regente adujo encontrarse solo y ocupado en sus quehaceres que pidió los documentos de identidad de aquellos para saber de quienes se trataba y los anotó en una pequeña libreta.

La búsqueda de la niña se tornó en desesperación al ver cosas raras y extrañas.

El varón decidió observar por una ventana que se hallaba en la parte más profunda de dicha casa y al ver a una mujer con vestido largo le preguntó por la niña y ella como sorprendida en su soledad adujo que no había visto a nadie excepto a él. Con extrañeza por lo restringido que era aquel lugar, se asomó más afuera de la ventana y pudo ver a otras personas en su mayoría jóvenes esbeltos a quienes quiso preguntar pero no parecían darse cuenta de su presencia o ni parecían percatarse de él. Otras jóvenes se caían al suelo como desmayadas de estar corriendo y las auxiliaban otras personas que salían en su ayuda que al notar la presencia del varón apresuradamente evitaron tomar contacto con él que se quedó solo en las intenciones de hacerles preguntas. Por las apariencias parecía un hogar de personas con deficiencias mentales de los que se ignoraba totalmente en aquel pueblo.

Sin tiempo para darse cuenta pues estaba absorto mirando a aquella mujer con la que conversó brevemente, de rebote sobre el marco de la ventana, sobre su hombro cayó una piedra de gran tamaño que le hizo pensar en uno de los peores deseos e intenciones de aquellos seres que deambulaban como perdidos, sin rumbo. Hubiera muerto si le caía directamente sobre la cabeza.

Si bien su sentido común le decía que debía retirarse, alertado y más consciente del peligro en aquel lugar, decidió seguir buscando a la niña de la que pensaba que algo peor pudiera haberle pasado y que no iba a esperar a que llegara la guardia local pues había recibido el encargo de sus padres como muchos otros de cuidarlos como instructor deportivo que era.

Reunido con los otros dos, concordaron en que allí sucedían extrañas cosas que no eran del conocimiento de la gente y que adujeron no comprender del porqué de la demora de la guardia del pueblo sugiriendo los otros dos traerlo personalmente ya como dando muestras de no seguir con la búsqueda.

El varón sin dudar, observó una abertura entre la pared y el techo colindante sobre los que estaban arrumados cajas de madera a modo de escalones que alguien habría acumulado apresuradamente para pasar al otro ambiente dado que muchos objetos estaban como regados por el suelo y que extrañamente la puerta estaba trancada por fuera pues notaba que eran frescos los movimientos entre el polvo y las telarañas del ambiente. Uno de ellos, trepando con cuidado, casi a punto de alcanzar divisar el otro ambiente, se precipitó al suelo pese a que era ligero de peso. El varón en rápida acción intentó evitar que su compañero cayera bruscamente al suelo de tierra que una de las astillas desprendidas se le introdujo por el brazo derecho haciéndolo sangrar profusamente al retirarlo. Hicieron un torniquete con una de las camisas de los buscadores deteniendo el sangrado pero no declinó en su propósito.

Tomando más fuerza y valor, gritó como desesperado el nombre de la niña. Soportado por sus dos compañeros, observó por entre el agujero en el techo un bulto pequeño de forma humana echado sobre un viejo sillón que se movió ligera y casi imperceptiblemente al llamado. Comunicando esto a sus compañeros y presionados por el momento y las circunstancias, decidieron ingresar haciendo un agujero más grande en vez de pedir que les abrieran los candados pues al parecer no habían llaves para abrirlos como les había anticipado el presunto administrador. Había una pesada, grande y gruesa escalera recostada sobre la pared junto al lado del agujero por el que descendió sin dificultad la que habría sido puesto solo por alguna persona mayor.

Al entrar y quitar la frazada que cubría lo que se movía, descubrió sorprendido que era la niña buscada que no atinaba a decir nada pero que estaba como asustada. No recaló en pensar nada y la levantó y la entregó a los otros dos buscadores haciéndola pasar por dicho agujero agrandado en la pared. La niña no llevaba ataduras de ningún tipo y solo parecía confundida por las circunstancias pues al parecer descansaba y los gritos la habían despertado. Encontrándola sin heridas ni cosa por el estilo, los otros dos buscadores junto a la niña decidieron retirarse en absoluto silencio, ninguno se atrevía a decir absolutamente nada y solo querían retirarse lo más antes posible de aquel  extraño lugar.

Intrigado por todo en sus pensamientos, confundido por la apariencia de dicha mujer de sonrisa y mirada extraña con la que conversó y por las demás cosas que observó, en su curiosidad decidió quedarse en el lugar alertando a sus compañeros que iba a indagar más en los ambientes de dicha casa recibiendo la alerta y el cuidado de parte de ellos.

Luego de encontrar la vía de acceso y algunos patios, al intentar forzar la puerta de entrada que daba acceso hacia uno de los cuartos donde se hallaba la niña, volvió a observar a aquella mujer que no se percató de su presencia la que casi con un extraño gesto como premonitorio y de preocupación, de susto, adelantándose a él decidió abrir el cuarto retirando los palos de tranca y abriendo el candado con una vieja llave, y una vez dentro dio un grito de desesperación. Decía que no ya estaba su hija y con gritos casi tétricos lloraba por ella poniendo la piel como de gallina a aquel susodicho varón que se ocultó detrás de una pared.

La mujer salió de prisa, el varón intentó esconderse pero sintió una extraña hincazón en el pie pues había pisado un clavo muy oxidado que sobresalía de un gran pedazo de madera tirado a un lado de la puerta. Gritaba por su hija, mientras el varón hacía el esfuerzo por zafarse inútilmente de aquel pedazo de madera que delató su presencia. La mujer quitó los seguros, abrió el candado por entre unos agujeros en la puerta y salió del patio aquel y casi como sorprendida por la presencia de aquel varón, cambió repentinamente su expresión de desesperación por aquella sonrisa y mirada extraña. Al preguntar al sorprendido varón por ella dando otro nombre ajeno al de la niña encontrada, adujo que se la habían robado y gritando su nombre salió corriendo hacia el extremo opuesto de la casa hacia donde casi nadie tenía acceso permitido, gritando que seguramente se la comerían los perros hambrientos del lugar. El varón se percató que la mujer pese a haber intuido la dirección hacia donde podría haber ido la niña decidió correr en sentido contrario sin ocultar su angustia y desazón por semejante pérdida. Ya casi a punto de abandonar aquel patio la mujer volteó la mirada atrás cambiando su expresión repentinamente ante aquel varón que consideraba el culpable de aquella pérdida y miró con un odio vacío, imperceptible, mientras éste sin percatarse se había quitado el zapato para jalarlo con todas sus fuerzas.

Más que por haberse aparentemente resuelto el problema, el varón lleno más de curiosidad pero a pesar de ello temeroso de lo que pudiera pasar se internó en dicho lugar pues deducía que la gente no lo creería ni la guardia del pueblo investigaría dado que la niña ya estaba a salvo seguramente en brazos de sus padres.

Observó que había un camino casi secreto que conducía hacia la antigua hacienda. Caminó tanto hasta casi el atardecer que parecía haber caminado durante días. En cierto punto del trayecto, observó que algunas personas subían a una suerte de balsa que les permitiría llegar hacia el otro lado de una suerte de lago donde había una isla inmensa donde apenas era visible una especie de castillo.

Los demás viajeros ni se inmutaron ni interrogaron al varón por los motivos de estar viajando a aquel lugar. Los remeros con sus rostros y miradas petrificadas no parecían interesados en saber para qué. Llegaron minutos antes de que oscureciera totalmente. Entre la oscuridad preguntó a los remeros si podía quedarse a dormir sobre la balsa lo que le fue negado pues estaba prohibido por ser propiedad del castillo. Le indicaron un lugar de totora seca donde cubriéndose con los mismos se quedó profundamente dormido por el cansancio pues ya no podía permanecer en pie y los inmensos zancudos pretendían hacer un festín con él.

Amanecía y el ruido de las voces de los remeros que se aproximaban lo despertó. Sobresaltado se puso de pie rápidamente pues una serpiente había dormido sobre su pecho sin que se percatara en lo más mínimo de su presencia. Los remeros le dijeron que tuvo suerte pues aquellas víboras son muy venenosas. El varón les dijo que anoche podrían haberle puesto al tanto de ello a lo que sin inmutarse ni decir palabra alguna siguieron con sus actividades pues ya iban a acercarse los nuevos viajeros del día. Antes de retirarse les dijo que avisaran a la guardia de que cosas muy extrañas estaban sucediendo aquí recibiendo como respuesta solo la sonrisa de los remeros, pero uno le dijo que así lo harían. Oyendo esto se dirigió hacia el gran castillo.

Extrañado de que a nadie le importara su presencia pues todos parecían ocupados en sus propios quehaceres, buscó entre los pasadizos y habitaciones a alguien con quien conversar y al acercarse a una que daba hacia un hermoso y bien cuidado jardín de rosas observó a través de las ventanas a una madura mujer que bien vestida paseaba de un lado hacia el otro de la habitación. Al observar detenidamente sus rasgos reconoció a aquella mujer andrajosa que decía buscar a su hija quedando completamente sorprendido.

Mientras caminaba por los pasadizos de aquel inmenso castillo, una suerte de guardia soldado se le acercó y le dijo que si pretendía hablar con aquella mujer perdía el tiempo pues por órdenes reales su gran habitación no le permitía salir de aquel lugar. Que los vidrios eran casi blindados y que no lo podría romper ni una bala. Estaba prohibida la salida de aquella hermosa mujer. Le dijo que si no tenía nada más que hacer que mirar, entonces debía circular y retirarse.

El varón extrañado y dudando de si eran dos mujeres muy bien parecidas, iguales excepto por las ropas y la higiene, se paseó por aquel frío lugar y pensó que si era la misma entonces debía haber alguna manera por la que escapaba dicha mujer y evitando ser detectado por los guardia soldados indagó por el lugar. Así, encontró la manera en que lo hacía cuando de casualidad la mujer empujaba de manera rotativa uno de los vidrios y al hacerlo se encontró imprevistamente cara a cara con el varón aquel que se sorprendió de no ver a aquella hermosa y limpia mujer sino a la que había visto en aquella hacienda abandonada. Sorprendidos, sorprendida de verlo, lo miró con odio ya más definido e intentó atacarlo con un cuchillo que tenía escondido entre sus ropas raídas común para los aldeanos del lugar y del pueblo. El varón intentó impedir que saliera empujando la ventana pero pese a ello, su fuerza no se equiparaba con el de la desesperada mujer, razón por el que comenzó a pedir a gritos ayuda.

Acudieron varios guardias soldados y algunos sirvientes extrañados por el inusual escándalo y detuvieron la fuga de aquella mujer. Revisaron las ventanas y dedujeron que había sido un error premeditado de construcción. Los que parecían los dueños de aquel lugar barajaron responsables y mandaron sellar aquel lugar definitivamente. Hubo un revuelo total que no pasó desapercibido por nadie.

Los ojos hasta ahora indiferentes de los habitantes de aquel lugar decidieron concentrarse curiosos sobre aquel varón que sintió como que lo aplastaba el peso de todas las miradas y no sabía si sentirse bien o sentirse mal provocándole un estado de incertidumbre que no podía entender. Fue la primera vez en su vida que sintió un temor profundo por la seguridad de su vida y no sabía ya qué hacer pues la total indiferencia del lugar se había trocado en plena y máxima atención por todos sin excepción que sintió que no podía circular libre ni tranquilamente por aquel lugar como la había venido haciendo.

El guardia soldado oficial de alto rango ordenó la detención del varón. Fue llevado a una mazmorra y preguntado por las razones de su presencia en aquel lugar, qué es lo que buscaba, cuál era su propósito, contó al detalle las razones de la pérdida de la niña, su necesidad de encontrar una respuesta coherente a sus interrogantes. Lo condujeron a una habitación ubicado en los sótanos del castillo. Lo desnudaron, lo ataron de manos hacia atrás, lo mojaron, y en plena oscuridad fue golpeado sin que pudiera ver quién o quienes lo golpeaban. Cayó al suelo casi inconsciente cuando alguien apresuradamente abrió la puerta y les ordenó detenerse y dejarlo en libertad no sin antes pedirle perdón por el error cometido contra su persona. Oyó lo que le decía pero disuadido por el dolor poco sentido tuvo a sus oídos que entre otras cosas le decía que podía volver a transitar libremente como lo había venido haciendo y retirarse de la isla cuando quisiera.

Por alguna razón extraña e incomprensible para el varón, los carceleros de aquella mujer decidieron dejarla salir de aquella habitación convertida en una suerte de prisión, falsa, habida cuenta. Delicadamente vestida por las empleadas y sirvientas, se paseaba por los jardines, por las habitaciones y pasadizos con total libertad pero ante la atenta mirada de todos y principalmente de los dueños de aquel lugar. Los guardias soldados estaban más nerviosos que nunca pues controlaban de reojo casi al milímetro a aquella mujer que ya no tenía los ojos vidriosos y bosquejaba alguna que otra sonrisa extraña pero más aparentemente dulce ante los demás pero finalmente triste como si hubiera perdido algo más que una hija al ser liberada de su presunta prisión.

Mientras la mujer caminaba por la cocina donde los cocineros y cocineras hablaban casi como a susurro, uno de los dueños de aquel lugar dejó caer un cuchillo aparentemente distraído y sin darse cuenta. La mujer pensó cogerla y esconderla pero observada por uno de los guardias soldados impidió que ello ocurriera y con delicadeza ella se la entregó al cocinero mayor. La charla en la cocina se volvió un susurro más ensordecedor.

En las circunstancias en que el ahora extraño varón acudía a la cocina a través de la puerta de servicio para que le regalaran algo de comida pues no traía dinero y el que le quedaba en el bolsillo no se correspondía con el que se utilizaba en aquella suerte de isla, entró a la cocina y de improviso el susurro ensordecedor se convirtió en una aparente tumba casi como que olvidaron de respirar. Una suerte de miedo detestable invadió todos los corazones allí presentes. Incómodo por lo que pasaba pues la gente trabajaba antes sin hablar ni comentar, aquel varón pareció entender que su presencia no debía seguir allí. Recibió la comida entregada con indiferencia incierta y se retiró.

Mientras recogía disimuladamente algunos de los objetos que consiguió que consideró suyos e importantes divisó entre uno de los pasadizos a los dueños en conversación con aquella muy bien ataviada y cuidada mujer y sintió una incomprensible pena por ella y por algo también incomprensible que él no podía resolver o talvez por algo que ni debía ser de su incumbencia. Sintió como si viviera en un mundo irreal, de fantasía, en otro tiempo e incluso llegó a pensar si no sería tan solo un sueño.

Muy de madrugada del día siguiente buscó aquella embarcación. Ya estaba lleno y al extraño varón del que habían oído rumores, ya no con indiferencia, el remero principal le dijo que por cuestiones de seguridad no debía subir uno más pues sino naufragarían. Los viajeros se extrañaron de que los demás remeros no habían, no había quienes la manejaran. Esperaron, pero al aparecer solo uno más de los conocidos remeros les dijo que no saldría nadie a remar y que si querían viajar tendrían que remar por ellos mismos pues habían sido encargados de reparar inmediatamente una pared del castillo caído en la madrugada por acción de la humedad. Todos se miraron entre sí pues nunca había sucedido algo como esto y terminaron sus quejas mientras observaban a aquel extraño varón quizá como la supuesta causa. El varón preso de las miradas inciertas pero incomprensibles les dijo que podría ser remero. Se miraron entre sí sorprendidos pues hacer aquello era como quebrar las reglas establecidas de aquel lugar. Lo pensaron mucho y el susurro incomprensible volvió a aparecer mientras algunos descendían de la pobrísima embarcación circular de madera. El varón un poco preocupado parecía comprender la situación pero uno de ellos casi como imponiéndose a la ola de susurros dijo que tenía que viajar pues una de sus hijas estaba muy enferma y que si no iba a ayudar a su esposa, corría el riesgo de perderla. Otro, al que no se le entendió lo que quiso decir, dijo que prefería que le cortaran la cabeza a comer de la carne de aquella isla pues era incierta su procedencia dado que aquí no se crían animales, no se les permite comerciar y solo lo proveen los dueños del castillo sin saberse de verdad de qué animales son. Otros adujeron sus propias razones y junto a otros voluntarios que dijeron que volverían por la tarde como lo hicieron en otras ocasiones y no les pasó nada, hicieron de remeros emprendiendo la salida de aquel lugar y no perder su acostumbrado viaje para alivio de aquel varón. Luego de ello sobraron voluntarios para remar.

Preguntas diversas emergieron mientras remaban y oteaban el puerto de la otra todavía lejana orilla pero aquel varón solo atinaba a remar y remar casi a ciegas y como si lo hubiera hecho toda la vida siguiendo el rumbo establecido por los demás remeros que parecían conocer muy bien la fuerza del viento, la dirección del Sol, el destino de sus vidas, el valor de sus fuerzas, la razón de la forma de esta extraña embarcación, el objetivo real de sus vidas. El varón entendió que aquel lugar donde vivía y donde estuvo por breves días eran como dos mundos distintos, como si el pasado, el presente y con algo de atisbos del futuro todavía en apariencia incierta coexistieran simultáneamente, secándose con su mano el sudor de su frente mientras ayudaba a remar a uno de los exhaustos remeros ocasionales ellos en busca de lo que les parecía un día más de vida como cuando sale el Sol cada día y él en busca de lo que consideraba su propia libertad.

Una vez en buen puerto y los pies ya en tierra se preguntó si valió la pena haber ido hacia la otra orilla, a exponerse tanto y haber corrido muchos riesgos contra su vida, es decir, más allá del objetivo concretizado, si así se le pudiera llamar, pues bien que podría haber sido por el rescate de uno u otro niño. Miraba la otra orilla a lo lejos casi con la mirada perdida, recordando casi instantáneamente las extrañas circunstancias del rescate de la niña, el varón quedó bastante desconcertado de la vida y de sus propósitos mientras miraba alejarse a los viajeros tan igual como los conoció, pasajeros de una extraña embarcación circular.


Con cierta seguridad recuperada, la postura más erguida, las manos sobre la cintura y algo más calmado por lo que acababa de dejar atrás, regresó a su mente el recuerdo del momento de la búsqueda y hallazgo de la niña perdida y se preguntaba que si en verdad la niña oía los desesperados gritos, los llamados, en verdad ¿no estaba acaso queriendo huir como parece? Confundido en sus pensamientos, con los ojos perdidos como mirando al vacío exhaló bruscamente aire por la nariz y dibujó simultáneamente una aparente sonrisa sin sonrisa en su rostro. Cogió sus pocas cosas llenas en un costalillo que hacía las veces de mochila y la puso sobre su espalda y en el camino a su casa se cruzó con el jefe de los guardias del pueblo que preguntado sobre el caso dijo que no pudieron ir por falta de dinero para la gasolina además que la niña ya estaba en casa con sus padres. El jefe le preguntó si había visto alguna cosa extraña al respecto aduciendo que la niña tenía malos ojos para con él y no parecía contenta con lo que había pasado pues mostraba incluso cierta indiferencia para con sus padres como le comentaron, sospechando que el incidente la habría afectado fuertemente sin entender por qué y la llevarían a un psicólogo para que la observara. Intrigado aún más incluso por lo que pudieron haber dicho los otros buscadores, el varón sintió como si su cabeza iba a explotar y solo atinó a decirle que estaba cansado, que otro día conversarían más detenidamente y que quizá realmente no había nada que valiera la pena recordar y se despidió del jefe de los guardias diciéndole que se alegraba porque la niña estuviera sana y salva y eso era lo único que importaba a lo que el jefe de guardias asintió afirmativamente y se despidieron.
Tomado de la web. Los signos de interrogación son del bloguero determinando una suerte de "segmento" o cuerda de vida.