sábado, 18 de febrero de 2017

EL ZORRITO, LA VIZCACHITA Y EL PUMA

AUTOR: PROF. SAÚL S. MANDUJANO MIESES.

Había una vez un zorrito muy travieso que por sus habilidades y astucia se escapó de casa mientras que su mamá zorra y su papá zorro habían ido a buscar la comida para él y sus demás hermanitos.

Sus padres le habían hablado de un feroz puma que vagabundeaba por el páramo y al que le gustaba devorar toda clase de animales entre grandes y pequeños sin discriminar. Pero él como no lo había visto nunca ni lo conocía, se sentía fuerte, feroz y malito también.

Consciente de ello, lejos de su madriguera, se puso a jugar con las ramitas caídas, saltar y esconderse sobre los arbustos de ichu, a morder y descascarar los troncos de los árboles de quinhual probando sus dientecitos casi puntiagudos pero aun débiles, a interrumpir el camino de las hormiguitas que llevaban comidita para su hormiguero, intentó morder las ancas de un sapo al que hizo rodar y rodar, dándole vueltas con su hociquito hasta cansarse, persiguió a un ratón que pasaba por allí pero sin que pueda darse cuenta desapareció de improviso entre el pasto crecido, sorprendiéndose pero que no le preocupó.

Encontró a unos pequeños cactus de waraqu casi circulares y a ras del suelo cubiertos de pelos blancos y hermosas flores amarillas que distraído por sus juegos no pudo darse cuenta de las escondidas espinas que pisó suavemente sobre ellas hincándose para luego lamentarse de dolor lamiendo sus pequeñísimas y casi imperceptibles heriditas sangrantes. Recién recordó haber escuchado de su madre que una de sus hermanas mayores murió como consecuencia de haber pisado la planta blanca que pica y dedujo inmediatamente algo preocupado que esta era la susodicha.

Una vizcachita que pasaba por allí se encontró con el zorrito que ya más calmado por la probable ardiente toxina de la espina disimulaba su dolor pero cojeaba. La vizcachita le dijo: “¿por qué caminas así?”, a lo que el zorrito que nunca había visto una vizcachita viva más que solo había comido, sin saberlo, trozos de su carne traído por sus padres y confundido por su sangrecita que lamía, se puso a olfatearlo pues le sabía que alguna vez lo había olido pero no recordaba dónde y le daba una sensación natural de querer jugar con él, sino morderlo.

El zorrito le respondió: “es que me gusta caminar así imitando a los demás”, “acabo de ver a un animal que caminaba erguido en dos patas, cubierto con pieles de colores y con una de sus patas cogía un palo sobre el que se apoyaba para caminar”. La vizcachita le dijo: “¿podría jugar contigo?”.

En eso divisaron entre los árboles que dos vicuñas machos peleaban por una hembra, ellos sin saberlo pero que decidieron imitar. Estimulado por el dolor, el zorrito empujó fuertemente a la vizcachita que lo hizo rodar por una ladera hasta que chocara contra el tronco de un árbol secado por el frío, ya en descomposición. El zorrito se sonrió dentro de sí olvidando el dolor de sus patitas pero disimuló su alegría cuando la vizcachita subió adolorido quejándose por el tremendo golpetón.

El zorrito le dijo: “pobre vizcachita, ¿te dolió mucho?, pues si es así, mejor ya no jugamos más y puedes irte a tu casita a que te cuide tu mamita”. La vizcachita dijo: “sí, me duele mucho pero no hay problema, soy muy fuerte, valiente y ya sé cuidarme solo”.

Dicho esto el zorrito (sonriéndose dentro de sí por lo bonito que le pareció que había caído la vizcachita) quiso jugar entonces con éste animalito ignorante, imprudente y testarudo.

Lo sometió a diversos retos aduciéndole que si en verdad era valiente, fuerte y si quería su amistad debía ejecutar acciones que él le iba a proponer. Subieron por el páramo y agazapados entre las rocas de la puna divisaron a un grupo de alpacas y llamas que pastaban tranquilamente.

Observaron cómo una alpaquita se contoneaba, saltaba y se movía como simulando ser mayorcita frente a sus demás compañeritos y compañeritas. Al ver esto, el zorrito le sugirió a la vizcachita que le mordiera el trasero a aquella alpaquita traviesa a lo que aceptó. Curioso el zorrito se escondió para ver cómo la vizcachita se acercaba por detrás hacia donde la alpaquita se había echado para descansar. Si bien las demás alpaquitas con total indiferencia lo observaron acercarse, la alpaquita no se percató sino hasta cuando sintió que aquella vizcacha loca la mordió en su nalga y gritó. Sorprendidos por lo que veían, todos se echaron a correr hacia sus padres escapando de aquella vizcachita loca no sin antes espantarlo entre todos a modo de juego y uno de ellos propinarle una coz sobre su cabeza que le hizo ver estrellitas.

El zorrito entre risas le dijo, “¿por qué tienes los ojos desviados?, ¡já, parece como si tuvieras dos cabezas!” y para disimular se puso a lamerle la parte hinchada de su cabeza y al hacerlo recordó recién el sabor de la carne que le daban sus padres y concluyó que esta era la carne que más comía. Pensó en morderlo del cuello pero como no paraba de reír, le comenzó a agradar esta ingenua vizcachita a quien mientras descansaba, para disimular sus intenciones, le trajo delicioso pasto verde y algunos que otros insectos como solicitó.

La vizcachita por todo lo que le venía sucediendo, comenzó a observar al zorrito con cierta desconfianza y para probar su “amistad” le sugirió que él hiciera alguna demostración para ver si realmente era más grande, fuerte y hábil como parecía.

Dicho esto, el zorrito pensó y pensó detenidamente en lo que podía hacer para tapar las dudas que emergían en la vizcachita. Recordó que una vez mientras su padre retornaba de cacería, traía a una oveja totalmente viva y tomada por el cuello tal y como lo hacían los pastores de ovejas paseando a alguna que otra oveja atado con soga por su cuello y estas obedecen nada más a donde quiera que se les lleve. Pensando en esto, le dijo a la vizcachita que fueran a buscar una manada de ovejas. “Verás que soy más fuerte y más hábil que tú”. Dicho así, esperó a que las ovejas mayores se distrajeran y tomó por el cuello a la más pequeña de las ovejas y jalándola con el hocico por el cuello la llevó hacia donde estaba la vizcachita mientras a la ovejita la hacía saltar ciertas piedras grandes a modo de cerco pero siempre tomado del cuello y aquella hacía lo mismo.

Sorprendida la vizcachita por la habilidad del zorrito y la facilidad con la que procedió sin que aquella ovejita se quejara siquiera, dijo que también podría hacerlo y con una ovejita algo más grande que aquella inclusive. El zorrito que todavía cogía a la ovejita por el cuello, sorprendido con la respuesta de la vizcachita, asintió con la cabeza a que repitiera similar acción. Observaba la osadía de aquel animalito quien al ingresar sin tomar las precauciones del caso fue detectado por las demás ovejas que lo observaban con algo de curiosidad pues no era natural que se acercara por estos lares siendo su hogar las partes altas y pedregosas. Escogió a uno de las ovejas distraídas y lo tomó por la pata dado que no alcanzaba el cuello y jaló y jaló pero no le hacía caso. Cansada de su presencia, le dio una pata sobre el pecho que aquella vizcachita cayó patas arriba casi privado desistiendo de aquella faena y retornar a donde se hallaba el zorrito y la ovejita cautiva.

Adolorido y sangrando por la nariz le dijo al zorrito, “estoy agotado, demasiado cansado para hacer esto y otro día puedo hacerlo si quieres”. El zorrito sin querer o sin darse cuenta habíale mordido el cuello tan fuerte a la ovejita para que no escapara que sintió el sabor y el olor de la sangre a la que intentó romperle un trozo de carne. De reojo se percató que la vizcachita lo miraba atónito y sorprendido por lo que estaba a punto de hacer y que le confirmaría a la vizcachita sus dudas todavía inciertas de aquella probable acción. Disimulando soltó a la ovejita y la dejó escapar no sin antes gritar de dolor y decir: “esta maldita desgraciada me ha desgarrado los labios y herido la nariz con su lana, mira, me sangra la nariz y la boca como tú”.

Ante el escándalo del zorrito y de la ovejita que se echó a gritar por sus heridas, la oveja macho líder de la manada arremetió contra ambos animalitos corneando al zorrito tan fuerte hasta hacerlo sangrar por la boca y nariz que provocó que se escaparan a toda prisa. La vizcachita más ágil, pudo trepar por entre los peñascos y ponerse a buen recaudo. Ya a salvo los dos, la vizcachita se reía a rabiar de lo sucedido y principalmente por los moretones, chichones y heridas del zorrito que quedó peor que había quedado en ciertas ocasiones la vizcachita. Esta actitud sí que enfureció al zorrito y pensó en matarlo y comérselo de una vez.

Pero no tenía las fuerzas necesarias para ello, el animal le había topado tan fuerte que se le movieron casi todos los dientes y le dolía hasta la cola. El zorrito cansado de las torpezas, de la temeridad e ingenuidad de la vizcachita que quería presumir más de lo que podía hacer quiso ya deshacerse de éste ingenuo y fastidioso aprendiz de bravucón.

Mientras se regocijaban a sí mismos caminando por entre el ichu reseco y el viento silbaba sobre ellos, la naricita aguda del zorrito detectó la presencia de un animal de olor muy desagradable. Decidió acercarse con sigilo a lo que jugando la vizcachita imitó sus movimientos que le parecían divertidos. El zorrito pudo observar a lo lejos con sus buenos ojitos que un puma confundido entre las rocas y el suelo estaba descansando. Pensó que ésta podría ser la ocasión para deshacerse de la vizcachita latosa aunque le había cogido algo de simpatía por su temeridad.

- El zorrito dijo: “vizcachita, ¿tienes miedo de todo?”,

- Queriendo presumir ante el zorrito dijo presuntuosamente: “¡no, de nada!”, “ya te demostré que soy capaz de intentar hacer todo lo que hagas pese a lo que me pueda pasar”.

- “Entonces desde aquí ¿podrás caminar 100 metros en línea recta con los ojos cerrados hasta donde te indique?”. Dijo el zorrito. “Te darás cuenta que aparte del ichu todo está plano y no hay trampas, huecos u otros obstáculos para que te desplaces hasta allá”.

- “¡Uf, fácil! Pero, ¿en qué dirección quieres que camine?”.

- “¿Ves ese montículo que está allá a lo lejos?”, la vizcachita saltaba intentando ver aquel montículo entre el ichu crecido, observándolo solo de manera rápida y sin detalles por los repetidos saltos, “cuando hayas llegado al montículo, yo te silbaré para que abras tus ojitos y regreses en retroceso hasta aquí”, “¿te atreves?”

- “¡Qué aburrido!, pero ¿qué voy a ganar a cambio o qué es lo que vas a hacer tú?”.

-  “Si lo haces, desde el momento en que regreses hasta aquí, seré tu fiel servidor, todos los días te traeré el pasto más rico y los manjares que quieras, haré tus juguetes, obedeceré todas tus órdenes, ¿qué dices?”.

- “¿En serio?”. El zorrito asintió afirmativamente y la vizcachita se alegró grandemente y se puso a pensar detenidamente en aquella propuesta.

La vizcachita con algo de desconfianza, sabedor de lo dificultoso del reto por la altura del ichu y con los ojos cerrados, le sugirió que sea la mitad de lo propuesto es decir, 50 metros. El zorrito para convencerlo y dizque demostrar ser bueno y considerado con su nuevo amigo y futuro dueño, le dio 30 metros, pero le dijo que como parte del reto, primero deberían caminar en total silencio hasta acercarse hasta el punto de partida que le indicaría con tocar su cola con la cola. Enceguecido por las ventajas de tal propuesta, a la vizcachita no le importó el porqué de esa actitud púes aceptó el reto sin más ni más. Mientras la vizcachita caminaba a tientas, el zorrito dio media vuelta y sigilosamente escapó del lugar pues sus padres le habían descrito alguna vez cómo era de malo el puma, a qué olía, cómo era su cuerpo entre otros detalles y principalmente que comía de todo incluyendo zorros.

Ingenuo, la vizcachita muy concentrada en su objetivo, utilizaba todos sus instintos de orientación y medía contando sus pasos casi matemáticamente. La vizcachita siente un extraño olor desagradable mientras caminaba con los ojos cerrados que por su naturaleza lo ponen de alerta, pero recuerda todavía con muchas ansias las palabras del zorrito para tenerlo como eterno sirviente lo que lo motivaba y le confundía cualquier respuesta de alerta. Pero pese a que el olor se hacía cada vez más fuerte que le provocan un terrible y profundo temor creciente que le sugerían abrir sus ojitos a sabiendas que rompería el trato con el zorrito (sus latidos se hacían más fuertes por el peligro pero que interpretaba como producto del reto y la excitación), se resiste a abrirlos pues considera que es bastante valioso lo que está en juego y será motivo de envidia y presunción frente a sus amiguitos. A sabiendas de lo peligroso que es caminar con los ojos cerrados, decide acelerar el paso para terminar de una vez con el trato y oír el cada vez más ansiado silbido del zorrito.

El puma ya había sentido con sus finos oídos el sonidito del ichu y las hojitas de hierbitas secas quebradas por las pisadas de la vizcachita que con su fabulosa memoria de felino le calculó el tamaño. Se puso en alerta. Pensó en levantarse, saltar y atraparlo pero como estaba tan agotado y la presa que seguía acercándose, ya muy cerca, se veía tan insignificante que no quiso levantarse, más todavía si la vizcachita había acelerado el paso con absoluta confianza temeraria y prisa que le sorprendió. Lo dejó acercarse más y más que le provocó de improviso una sonrisa extraña mientras lo veía venir directo a su boca.

Pese al ruido que provocaba con su caminar apresurado, la vizcachita al sentir con sus agudos oídos  la casi tenue respiración del puma, abre sus ojitos y queda como paralizado al observar cómo el puma lo miraba sorprendido con sus terribles ojos. El puma ante la mudez repentina del animalito le dijo:

- “¿A dónde crees que vas?”.

El animalito no pudo responder, luego de reconocer a aquella bestia que hace una semana había matado a sus padres y él solo lo había visto desde muy lejos.

Como no le contestaba, el puma quiso recoger ese bocadito abriendo su gran bocota.

La vizcachita en ese momento comprendió que nunca iba a escuchar el tan ansiado silbido que recién sintió irrelevante, absurdo, inútil, hueco, sin valor, como para pensar siquiera en recibir la ayuda del zorrito ni mucho menos de nadie. Pero pese a ello se le ocurrió decir algo.

- “¡Espere señor puma!, antes de comerme quiero hacerle una oferta importante”.

- “¿Siiiiiiií?, y, ¿qué puede ser aquello que pueda evitar te coma ahora mismo estúpido animal?

- “Es una propuesta muy importante para usted señor puma”. Dijo intentando repetir algo de lo que aparentemente aprendió del zorrito.

Al puma le sonó interesante que un animalito a punto de morir le hiciera semejante propuesta que le intrigó el qué podría ser, quizá algo novedoso que no sabía pero que le dio cierta curiosidad por la experiencia de los años y le hizo recordar sus épocas de juegos infantiles.

Por su experiencia de cazador, lo olió por todas partes al petrificado animalito sospechando que pudiera estar enfermo por tamaña actitud.

- “Bien, apúrate para poder comerte. Dime qué es eso que crees es tan importante para mí”. Sonrió.

- “Si tú no me comes y me dejas libre, prometo ayudarte cuando estés en peligro de muerte con tus enemigos como lo estoy ahora además de ser tu eterno esclavo”.

- “¡Gracioso habías sido!, ja, ja, ja, ja, ja, ja. Y, ¿a quién crees que debería temer como ahora lo estás tú?”.

- “Pues a los salvajes, peligrosos y malvados animales que caminan en dos patas, con pieles de colores como los tuyos y que montan dentro de las rocas caminantes” dijo el asustado animalito creyendo que lo conmovería o entrara en razón.

- “No me asustan, a esos los conozco muy bien de pies a cabeza, sé muy bien de sus mañas, su pensar y su sentir, pues unas veces son como tú y otras veces son como yo”.

- “No entiendo dijo el pequeño animal”. Casi como entendiendo la respuesta final pero sin tiempo para entender.

Escuchando esto, el puma de un zarpazo lo cogió con sus afiladas garras, destrozó su pequeñito cuerpo, de un sacudón arrojó lejos sus apestosas tripas y se lo tragó sin pensar más a este ingenuo animalito que por la cola parecida se creyó igual o más que el zorrito. Echó nuevamente su cabeza sobre el suelo y siguió descansando, pensando que la comida no llega tan fácil como este, que no llega sola sino que tienes que buscarla y cazarla. Diciendo ya casi entre sueños: “si todas mis presas fueran tan tontas como éste, ¡qué buena que sería la vida!”.

Mientras tanto el zorrito regresaba hambriento a su casa después de haberse ausentado por buen tiempo y sus padres y hermanos lo recibieron con alegría pues pensaron que había muerto. Alegres le ofrecieron carne diversa que estaban recién comiendo. Sus padres le dijeron que debía tener cuidado de otros animales malos y perversos que podrían hacerle mucho daño, engañarlo, sino matarlo y él solo asintió con la cabeza como diciendo “ya, está bien” mientras comía casi atragantándose por el hambre.