domingo, 18 de junio de 2017

WALTER, EL NIÑO QUE TODAVÍA NO SABÍA BIEN DEL CÁLCULO MATEMÁTICO, NI ESTADÍSTICO, NI DE LA MEDIDA DEL TIEMPO


Ya repetía por dos años en la primaria. Sus compañeritos de aula decían de él que era un relajado, que desobedecía a sus padres, que era malcriado y abusivo con ellos porque no tenía las demás cosas que tenían sus amiguitos de la escuela. Era muy astuto aunque tenía demasiadas dificultades para la lectura lo que demoraba su aprendizaje, afectaba su propia estima y por ende su relación con los demás.

Salía muy de noche al baño y se quedaba viendo las estrellas que titilaban ante él como si tuvieran frío. A veces las veía ocurrentemente como que bailaban y al contárselo a sus compañeros ellos se reían de sus chistes pero no le hacían caso porque preferían aprovechar el tiempo para jugar pues por las tareas domiciliarias de la escuela, la ayuda en casa a papá y/o a mamá, entre otros deberes, les quedaba algo de tiempecito para reunirse con los amigos y amigas, algo que siempre buscaba Walter pero que le generaba la irritación y la mala vista hacia él por parte de sus padres que no habían tenido escolaridad alguna, no sabían leer ni escribir y no querían que Walter siguiera sus pasos.

Así, sus padres trabajaban de lunes a viernes en su estancia y los días sábados y domingos tenían la ocasión de retornar a su hogar que tenían en la ciudad donde sus hijos pernoctaban. La madre preparaba los alimentos del día, muy de temprano, antes que saliera el Sol y despertara el hambre de las alpacas. Por las noches mientras preparaba las cosas para mañana, acostumbraba mirar a la luna y rezarle a su otra madre (“mama luna”, “madrecita linda” le decía) y pedirle que la ayudara en su diario trajinar rezándole con las palmas tomándose, juntas y alzadas a la altura de su mentón, de pie ante el fulgor nocturno de las estrellas. Walter la había visto hacer eso en muchas ocasiones antes de irse a dormir y le daba cierto miedo escalofriante al verla en ese trance y pensaba si estaba loca por hablarle a la luna o algo así pues eran cosas sin vida, inertes según él, que no se atrevía a molestarla en sus rezos pues no la entendía por lo muy alegre y sonriente que se ponía cuando hablaba de aquella indescriptible y confusa mamá si él veía que no se llevaban bien y a veces discutían e incluso le hablaba en tono muy duro, a veces áspero que no se correspondían con sus palabras en dicho rezo. Eso había aprendido de su madre sin querer, como se dice casi por imitación, pero todavía no entendía por qué había que agradecerle a la luna ni mucho menos al Sol pues las estrellas solo le provocaban cierta meditación sin meditación, nada más y no tenía ni la más remota idea de por qué estaban allí pero que en pocas ocasiones a algunas que siempre las había visto, desaparecieron de improviso sin saber por qué pero que quiso saber la razón.

Para aprovechar el sábado y parte del domingo, sabía que tenía que subir a su estancia el viernes por la tarde inmediatamente después de salir de la escuela. Sus temores de salir más tarde eran por si ese día al tiempo se le ocurría hacer llover con descargas eléctricas y eso sí era peligroso para él e iba a retrasar estar junto a su mamá y papá que le llevaba a pedir permiso en más de una ocasión pensando su profesor que lo hacía solo por faltar por gusto u ociosidad y que a sus padres no parecía importarles si perdía clases.

Un día, motivado por su interés personal de proseguir con más tiempo para sus juegos en el pueblo o en su estancia, se le ocurrió pedirle que los días viernes, el profesor se fuera más temprano pues al no haber carretera ni trocha, él debía ir andando a su estancia situado a más de cinco kilómetros de su casa del pueblo y debía caminar buen trecho de fuerte subida junto a su hermano y hermana para apoyar a sus padres tomándolo como una manera de salir de la rutina escolar y que sus padres descansen un poco con su ayuda en la estancia, a la vez de acompañarlos e informarles de los hechos sucedidos en los días que pasaban durante la semana escolar en el pueblo, los gastos que habían realizado y que debían de realizar entre otras cosas. Walter ya no tenía tiempo para hacer sus tareas escolares pues iba corriendo tras las alpacas disfrutando a su modo de momentos de relajo que no los encontraba en su salón, en su aula escolar, sentado permanentemente en su silla de los que solo le motivaban las horas de recreo y los días del área de educación física en los que el profesor de dicha área no les exigía ejercicios controlados y sistemáticos sino que los dejaba jugar a su antojo, a su albedrío.

Su profesor escuchaba dicha sugerencia con cierto cuestionamiento, sorprendido, pues el ministerio de educación les había sugerido, sino ordenado bajo sanción legal, que no se podían perder horas lectivas por los que se les estaban pagando. Horas trabajadas, horas pagadas. Era cierto que el profesor también terminaba cansado de trabajar durante la semana pero que inspirado por su deseo personal y ministerial de mejorar la calidad educativa en el país, olvidaba sus propias motivaciones y les presionaba a los educandos a llegar a cubrir laboralmente sus horas de trabajo que a Walter le importaba muy poco y hasta desafiaba a su profesor queriendo jugar con sus daños o canicas dentro del aula lejos de las miradas recriminadoras pero exigentes de la dirección de la escuela. También era cierto que el peor día de la semana era el lunes pues apenas había aprovechado del sábado y parte del domingo no solo para llegar a su casa en viaje de más de dos horas en auto sino para ponerse al día y al tanto de lo que sucedía principalmente en su hogar, en la ciudad y el país, recibiendo las quejas u observaciones de su esposa y de las necesidades de sus hijos de quien decían que era un papá por horas, algo así burlonamente como suerte de padre soltero en tono de burla como solía decirle sarcásticamente su mujer. Comprensible en su condición humana y también buscador de soluciones a la crisis educativa pues estando éste soltero y sin hijos pensaba que el magisterio no debía estar conformado por profesores casados, con esposa e hijos, pues los distraían de sus deberes escolares, algo así como una suerte de inteligentes sacerdotes y curas encargados de la educación del país, ahora convencido de lo contradictorio que significa ser padre y lo que significa ser profesor a la vez.

Dicho profesor entendía perfectamente las necesidades del sistema político y económico inmerso en un contexto nacional e internacional llamado como globalización de la economía y de las relaciones sociales, políticas y militares del poder involucradas. Sabía que el domingo debía utilizarlo para elaborar sus materiales de trabajo, pensar en tomar el bus de la tarde si es que no habían trabajos ni problemas que resolver en su hogar u otras necesidades propias de la vida familiar, o levantarse el lunes muy de madrugada para en auto llegar a su centro de labores antes del ingreso de los educandos a la escuela. Era su peor día pues no había dormido bien y los educandos también lo podían ver en su cara sino entenderse del mismo modo pues aquellos también muy probablemente habrían llegado muy temprano al pueblo para retomar sus labores escolares. Había que manejar su irritabilidad.

Walter no sabría cómo explicarle a su profesor el no haber hecho sus tareas encargadas. Muchas veces había ensayado eso de que su chancho se había comido su tarea, que su perro lo había roto en pedacitos, que se le había perdido en el camino, pues sus ensayos de dejar olvidado su cuaderno en el aula, de haber dejado sus copias dentro de su mesa tampoco iban a funcionar, que el profesor ya no le iba a creer nada y que quizá era mejor decir que no lo había hecho sin tener que dar más explicaciones que no eran de la incumbencia de su profesor. Lo más creíble que le dijo al profesor fue que como su padre era campesino, obrero eventual, él iba a ser como él y no tenía por qué esforzarse mucho para eso.

Pensando más que solo decir mentiras piadosas que su implacable profesor no iba a escuchar ni entender, pidió la palabra y le propuso según su propio entender dizque de su observación de las estrellas y de los días solares como repitiendo torpe y atropelladamente las palabras de su quechua hablante madre (el profesor, sorprendido, casi a punto de reírse a carcajadas pero controlándose por no herir susceptibilidades, pensaba que Walter hablaba tonterías pues ya lo estaba considerando, a su modo de ver, como resultado de ser un vago, un ocioso potencial), que no debía de haber la semana sino otra manera de contar los días del cíclico año solar, que en todo caso no tomase en cuenta su opinión, debían de descansar tres días a la semana y solo trabajar cuatro días. El profesor al no poder controlar sus emociones, al momento con dificultad se sonrió de aquellas palabras y le dijo que hablaba erróneamente, que aquello no era factible, que lo que se buscaba en el país eran más horas de trabajo, de menos ocio para que esta nación prosperase y se convierta con el trabajo de todos en una suerte de potencia económica mundial como ya sucedía con otras naciones del mundo y que la educación jugaba un papel muy importante para el logro de estos objetivos definidos desde el gobierno y ejecutados a través del MINEDU (Ministerio de Educación), que no había nada que nos iba a parar, o mejor todavía, que nadie debía quedarse atrás y que el sacrificio lo valía. Los demás educandos convencidos de la sapiencia de su profesor, asintieron con la cabeza riéndose de las palabras del loquillo Walter como solían llamarlo y no atinaron a cuestionar las correctas palabras del profesor.

Si bien pasó desapercibido por lo absurdo de la idea, el profesor preparó la sesión definida del día siguiente sobre algunas culturas ancestrales peruanas domesticadores de animales que recordó que tenían ocho meses al año por ende meses de días diferentes a los actuales y se le vino a la mente lo propuesto por Walter diciéndose a sí mismo que aquello se correspondía con otro contexto, con otras intencionalidades, con otras necesidades, con otros intereses, con otras realidades, con otras formas arcaicas de organizar las sociedades, sus actividades y el poder, que ya no tenían absolutamente nada que ver con las necesidades actuales y modernas de la industria, del comercio ni de la tecnología actual y dejó de lado dicha sugerencia dándola por primitiva, propia del pasado ya fenecido y superado pues la ciencia y la astronomía habían calculado la duración del tiempo con una precisión tal del error casi cero de la duración del tiempo solar diario y anual era incluso controlado por relojes atómicos, pues sabía incluso que el Sol podría ser afectado en su vuelta alrededor de la galaxia la Vía Láctea por fuerzas externas e inmersas a dicha galaxia que alteraban el ciclo solar y por ende la medición del tiempo y el hombre tenía la capacidad de ajustar dicho reloj atómico. Pensó que Walter perdía el tiempo con esas divagaciones supuestamente astronómicas, que el tiempo ya era medido con tecnología de punta, que los astrónomos ya tenían todo el conocimiento de los astros y galaxias por ejemplo gracias al telescopio Hubble entre otros argumentos que pasaron por su mente para sostener y consolidar la idea moderna de la medición del tiempo.

Resuelto el aparente problema surgido por una pregunta ingenua y ajena a la realidad, terminó de preparar su sesión de aprendizaje, alistó sus materiales de trabajo y se fue a dormir pensando en que mañana era viernes y que todos los educandos sin excepción debían estar sin falta en la escuela para el trabajo escolar, que era un compromiso a garantizar y a la salida del trabajo debía abordar raudamente el auto que lo llevaría a casa para reunirse con su esposa e hijos pues de no hallarlo tendría que llegar demasiado tarde para algún trámite en el banco, en la UGEL u otro similar sino esperar la madrugada del sábado para reunirse con ellos bromeando ingenuamente perversa para sí en que si no iba, sus hijos podrían decirle “vecino” en lugar de papá. Ni para pensar en capacitaciones serias, cursos, estudios que no involucren la improvisación, la obtención de un mero cartón para el file. Así como Walter alguna vez le había insinuado abandonar la escuela, éste había meditado más de una vez en dedicarse a otras cosas y dejar que la educación escolar esté a cargo de los más aptos e idóneos según la evaluación de desempeño por parte del Minedu. Todo debía ser por la mejora de la educación en el Perú, el pilar fundamental del desarrollo y el progreso.

Walter, pensando en su madre y en su padre, que dijeron que no irían a visitarlos al pueblo el fin de semana, en sus alpacas, en su perro favorito Cometa, en lo que iba a decirles al llegar a su estancia, en el cerco caído la semana pasada por culpa suya, en las cuotas para el desayuno escolar que le exigían para que compraran gas que habían dejado de pagar por más de dos meses, en la alpaca que se perdió y la hallaron muerta por el ataque de un zorro que merodeaba la estancia, en el ichu que habría de quemar con ayuda de sus hermanos para evitar que se escondiera dicho predador, terminaba de hacer su tarea encargada con ayuda de su hermana, desanimado ya por la respuesta contundente de su profesor de elevada escala magisterial, convencido de lo inútil y absurdo de su propuesta, prefirió olvidarse del asunto y seguir la rutina del desarrollo y el progreso establecido en su país que no iba a contradecir solo porque sus propias necesidades, facilistamente le habían llevado a pensar de esa modo. El peso de la historia era mayor que cualesquier especulación.


Pero sin embargo, pese a su convencimiento de estar pensando tonterías, seguía diciéndose a sí mismo mientras cerraba sus traviesos ojitos para dormir: “si sábado y domingo fueran dos días feriados, y si incluso pudiéramos cambiarles de nombre aunque sea eso nomás”, y se durmió con una sonrisa en los labios seguro de su ingenuidad e inocencia, indiferente a las burlas de sus compañeros, del cuestionamiento del profesor o de quien sea.